Mini relato — Crónicas de Caelyndor
Un día con María en Glaciem
Parte I
María terminó de ajustar el último botón de la manga y alisó con ambas manos el frente de su vestido de servicio.
Al otro lado de la habitación, Victoria estaba inclinada frente al pequeño espejo que compartían, intentando decidir si un mechón rebelde debía considerarse parte del peinado o una declaración de independencia. Sobre las dos camas estrechas descansaban las mantas ya dobladas; entre ambas había una mesa pequeña, dos tazas vacías de la noche anterior y una ventana donde la claridad azulada de Glaciem comenzaba a sustituir a la oscuridad.
—María, mañana es la fiesta. ¿Me vas a acompañar o no?
María revisó su cuello en el espejo.
—Vicky, no tengo vestido. Sabes que soy de pueblo.
Victoria giró sobre los talones.
—¡Ay, María! Lo hablamos mil veces. No necesitas algo elegante. Solo tienes que acompañarme. Además…
María la miró de reojo.
—¿Qué?
—Además, vas para darme apoyo moral. Lo prometiste.
—Sí, sé que lo prometí. Pero no he alcanzado a ahorrar lo suficiente para un vestido decente.
Victoria volvió al espejo y acomodó una horquilla.
—¿Y le dijiste a Manuel sobre la fiesta?
—Sí. Sabe. Le cuento todo.
—¿No le contaste que iremos porque me fijé en el hijo del embajador de Fulganova?
María dejó de acomodarse la manga.
—Victoria.
—Solo estoy confirmando.
—No le cuento esas cosas.
Victoria sonrió a través del espejo.
—Más te vale, o le digo al herrero que todavía estás soltera.
María se volvió de golpe.
—No te atreverías.
—Entonces, ¿me acompañas?
María entrecerró los ojos. Victoria sostuvo la sonrisa con absoluta tranquilidad.
—Déjame revisar mis cuentas y te confirmo. Hoy pagan al final de la jornada.
—Estaré esperando, María.
Las dos hicieron una última revisión frente al espejo.
Los uniformes estaban perfectos. Cuellos limpios, mangas rectas, telas sin una sola arruga. Victoria llevaba medias finas, casi translúcidas bajo el borde de la falda; María, en cambio, había elegido unas más gruesas, opacas y abrigadas.
Victoria recogió una pelusa invisible del hombro de María; María corrigió una cinta torcida en la cintura de Victoria.
—Hoy la reina tiene demasiadas visitas —dijo Victoria—. Tendrás mucho trabajo.
—Lo sé. ¿Y tú?
La sonrisa de Victoria murió.
—Me tocó lavadero.
María hizo una pequeña mueca solidaria.
—Ánimo.
—Suerte.
Abrieron la puerta.
El castillo ya estaba despierto.
Criados cruzaban los corredores con bandejas cubiertas, escribanos caminaban deprisa abrazando carpetas contra el pecho y dos muchachos transportaban entre ambos un arreglo floral tan grande que apenas podían ver por dónde iban. Desde las escaleras inferiores llegaban voces de cocina, golpes de puertas y el sonido lejano de algo metálico cayendo seguido de una disculpa demasiado rápida.
María y Victoria avanzaron juntas hasta el corredor principal.
—Nos vemos luego —dijo Victoria.
—Sobrevive al lavadero.
—No prometo nada.
Se separaron.
María apenas había dado unos pasos cuando reconoció a su tía entre el movimiento del servicio. Venía en dirección contraria cargando una pila de sábanas limpias que le llegaba casi hasta la barbilla, con dos toallas dobladas encima y una pequeña cesta enganchada en el antebrazo.
María cambió inmediatamente de dirección.
—Tía, dame algo de eso.
—Estoy bien.
—No puedes ni verme.
—No necesito verte para caminar. Llevo veinte años haciendo esto.
María alcanzó las sábanas superiores.
Su tía giró el cuerpo para apartarlas de sus manos.
—María, estoy bien. Pero gracias.
—Al menos déjame llevar la cesta.
—No.
La mujer inclinó ligeramente la cabeza hacia el extremo del corredor.
—La reina te está esperando.
María miró hacia el ala real.
—Todavía tengo tiempo.
—Entonces úsalo en llegar antes. Vete, vete, vete.
—Pero…
—María. Por los glaciares antiguos.
Aquello bastó.
María levantó ambas manos en rendición.
—Está bien.
Su tía continuó caminando bajo la montaña de ropa.
—¡Y endereza ese cuello!
María llevó inmediatamente dos dedos al uniforme.
El cuello estaba perfectamente recto.
Sonrió.
—Está recto.
—¡Ahora sí!
María negó con la cabeza y retomó el camino hacia el ala real.
No llegó muy lejos.
Al doblar el corredor encontró a Lyzi saliendo tranquilamente a través de una pared.
María redujo el paso apenas lo necesario.
—Lady Lyzantha.
Hizo una pequeña reverencia sin detenerse.
—Buenos días, María.
María continuó caminando.
Diez pasos después, Lyzi atravesó otra pared frente a ella.
María volvió a inclinar ligeramente la cabeza.
—Lady Lyzantha.
Lyzi parpadeó.
—Hola de nuevo.
María siguió adelante.
No quiso preguntarse cómo Lyzi había conseguido adelantarse. Con ella, había preguntas cuya respuesta solo producía preguntas adicionales.
Doblando el siguiente corredor escuchó un ruido metálico.
Se detuvo.
Miró hacia arriba.
Lyzi estaba atrapada en un candelabro de pared. La mitad superior de su cuerpo había atravesado la piedra; la otra mitad permanecía en el corredor, con las piernas suspendidas y varias de sus colas agitándose en direcciones poco compatibles con la dignidad.
—María…
—Lady Lyzantha.
—¿Me puedes… ayudar? Estoy atascada.
María miró hacia el ala real.
Después miró a Lyzi.
—Sí, Lady Lyzantha.
—Solo Lyzi.
María tomó a Lyzi por los tobillos.
—¿Lista?
—Sí.
María tiró.
—¡Ay! ¡Espera, espera! ¡La cola! ¡La cola!
María soltó inmediatamente.
Una de las nueve colas había quedado demasiado cerca de las velas y comenzaba a humear en la punta.
María miró alrededor, encontró un florero sobre una mesa auxiliar y, sin vacilar, arrojó el agua sobre el candelabro.
Las velas se apagaron con un siseo.
Lyzi dejó escapar el aire.
—Gracias.
María dejó el florero vacío en su sitio.
—¿Está bien, Lady Lyzantha?
—Por quinta vez, solo Lyzi.
María volvió a sujetarla por los tobillos.
—Está bien, señorita Lyzi.
Desde el otro lado de la piedra llegó un suspiro largo.
—Eso tampoco era exactamente lo que quería, pero estamos progresando. Jala un poco más fuerte y…
María tiró una vez más.
Algo cedió arriba.
Lyzi se desprendió de la pared de golpe.
—¡Ah!
Ambas cayeron al suelo.
Lyzi terminó encima de María, rodeada por una confusión de cabello negro, mangas y nueve colas.
Durante un segundo ninguna habló.
—Gracias, María.
—Por nada, Lady…
Las nueve colas se agitaron.
María corrigió inmediatamente.
—Lady Lyzi.
Lyzi quedó pensativa.
—Lady Lyzi…
Movió una oreja.
—Me gusta. Tiene musicalidad.
Se puso de pie, acomodó su ropa y comprobó rápidamente que todas sus colas siguieran en condiciones razonables.
—¡Buen día! Ah, ya sé dónde encontrar las toallas. Rubí me lo dijo.
Lyzi ya había desaparecido.
María permaneció sentada en el suelo durante un segundo.
Sacó su pequeño cuaderno y anotó:
Toallas: revisar inventario antes de las 20:00.
Miró hacia el lugar por donde había desaparecido.
Después miró hacia el ala real.
Se levantó.
Alisó nuevamente la falda.
Revisó el cuello.
Y echó a andar un poco más rápido.
Parte II
María aprovechó que nadie parecía estar mirándola para tomar una pequeña rebanada de pan de una bandeja.
Después otra.
Ricardo la vio justo cuando intentaba alcanzar un trozo de queso.
—¿Qué haces? Eso no es para ti.
María retiró la mano.
—Tengo hambre. Todavía no he almorzado.
Ricardo volvió a la olla.
—Pero si es temprano, María. Cuídate de comer a deshoras. Después llegas a la comida sin apetito.
María lo miró.
—Son las tres y diez, Ricardo.
La cuchara dejó de moverse dentro de la olla.
Ricardo giró lentamente hacia el reloj de pared.
—…Merde.
Durante un segundo nadie se movió.
Entonces Ricardo golpeó dos veces el mesón con la palma.
—¡Muévanse todos! ¡Estamos atrasados!
La cocina explotó.
Un ayudante levantó una bandeja. Otro abandonó unas verduras a medio cortar. Alguien apareció desde la despensa preguntando qué faltaba y recibió tres respuestas distintas.
—Prueba esto.
María mordió el pan que todavía tenía en la mano.
—Aún no llega el gobernador.
Ricardo se volvió hacia ella.
—¡Por eso mismo! Abre la boca.
María obedeció con la resignación de quien sabía que discutir solo alargaría el procedimiento. Ricardo acercó una cuchara, sopló una vez y le ofreció apenas una muestra.
María probó.
—Está buena.
Ricardo retiró la cuchara con indignación.
—¿Buena?
—Muy buena.
—Eso está mejor.
Ricardo volvió a la olla y probó una última vez.
—Fuera de mi cocina. ¡Platos!
—¡Ya van!
—¿Dónde está la crema?
—¡En frío!
—¡Pues sáquenla de frío antes de que se convierta en patrimonio histórico!
María terminó el último bocado de pan mientras la cocina recuperaba un orden que solo Ricardo parecía comprender.
Una bandeja cruzó frente a ella. Después otra.
—María.
—Ya me voy.
—Eso dijiste hace un minuto.
—Tenía hambre.
—Ahora tienes trabajo.
—Tú también.
Ricardo la apuntó con la cuchara.
—Fuera.
Ricardo ya no estaba de buen humor.
María salió de las cocinas mientras Ricardo continuaba impartiendo órdenes detrás de ella.
El ruido la acompañó durante el primer corredor. En el segundo ya era apenas un murmullo.
Dos corredores después, el castillo parecía otro.
Antes de doblar hacia el comedor real, se limpió una miga de la manga, comprobó que el cuello seguía recto y alisó el frente de su uniforme.
Cuando llegó a las puertas, nadie habría podido adivinar que hacía menos de un minuto estaba robando pan.
Frente al comedor real, los mayordomos aguardaban erguidos, con las manos a la espalda y la vista al frente. Nadie corría. Nadie levantaba la voz. Los pasos se reducían espontáneamente al entrar en aquella parte del palacio, como si incluso el suelo exigiera mejores modales.
María ocupó su lugar junto al muro segundos antes de que se abrieran las puertas.
—El gobernador de Fulganova.
La comitiva entró entre saludos medidos y reverencias perfectamente calculadas.
Yuki ya esperaba junto a la mesa.
—Gobernador. Bienvenido a Glaciem.
—Su Majestad. Es un honor volver a encontrarla.
—Confío en que el viaje haya sido tolerable.
—Mucho más de lo que nuestros informes comerciales permitirían suponer.
—Entonces tendremos que mejorar los informes.
El gobernador sonrió.
—O los caminos.
—Los caminos son más caros.
Una risa breve y cuidadosamente diplomática recorrió la mesa.
María no sonrió. Las damas de compañía no debían reaccionar a cada broma de Estado.
Tomaron asiento.
A partir de allí llegaron cifras.
Toneladas de grano. Tarifas fronterizas. Permisos de tránsito. Dos puentes que Fulganova quería reparar con fondos que, según Glaciem, correspondían enteramente a Fulganova. Una diferencia en el precio de la madera que el gobernador llamó «circunstancial» y Yuki llamó «un incremento del once por ciento».
Ninguno elevó la voz.
Por algún motivo, aquello hacía que la discusión pareciera más peligrosa.
Los criados entraron con el primer plato.
María reconoció el aroma antes de verlo.
La sopa de Ricardo.
Las bandejas descendieron frente a cada comensal con precisión idéntica.
Yuki continuaba hablando.
—Podemos aceptar la modificación del arancel si Fulganova garantiza el mantenimiento de la ruta oriental durante el invierno.
—Eso supone asumir costos que benefician también a Glaciem.
—Por eso he dicho «podemos aceptar» y no «aceptamos».
El gobernador se quedó mirándola un instante.
Después sonrió.
—Siempre es agradable negociar con usted, Majestad.
—Me alegra que al menos uno de los dos lo encuentre agradable.
María vio entrar a Victoria por una puerta lateral con otra bandeja. Se suponía que estaba en el lavadero.
Sus miradas se cruzaron.
Victoria terminó su recorrido, dejó la bandeja y consiguió acercarse a María sin abandonar la postura impecable que exigía el comedor.
—Mírala. Está haciendo eso otra vez.
María siguió discretamente su mirada. Yuki conversaba con dos visitantes al otro extremo del salón. Frente a ella, la sopa apenas había sido tocada.
—¿Qué cosa?
—La ceja. Creo que no le gustó.
María frunció ligeramente el ceño.
—¿Lo de la ceja?
Metió una mano en el bolsillo y sacó un pequeño cuaderno doblado por las esquinas.
Victoria abrió los ojos.
—¿Tienes eso anotado?
—Claro.
María pasó un par de páginas.
—Si le tiembla tres veces, está demasiado caliente.
—¿Tres?
—Tres.
—¿Y una?
—Le gustó el sabor.
Victoria volvió a mirar a Yuki.
—¿Y si queda arqueada?
María bajó los ojos al cuaderno.
—Si queda arqueada y después vuelve lentamente a su sitio…
Cerró el cuaderno.
—El cocinero tendrá que dar explicaciones.
Victoria miró hacia las cocinas.
—La dejó arqueada.
María observó un segundo.
—Todavía puede salvarse.
La ceja de Yuki descendió de golpe.
Victoria soltó el aire.
—Qué alivio.
Entonces Yuki dejó la cuchara.
María volvió a abrir el cuaderno.
—Ah.
—¿Qué?
—Eso no lo tengo anotado.
Victoria miró hacia la mesa de la reina.
—¿Es malo?
María cerró el cuaderno.
—Le diré a Ricardo que hoy se retire antes. Por si acaso.
María entró en la cocina.
Ricardo estaba junto a la mesa de preparación, con un paño entre las manos. Las tenía limpias. El paño también. Ni siquiera estaba húmedo.
—Ricardo.
Él levantó la mirada.
—¿Qué pasó?
—La ceja.
Ricardo apretó el paño.
—¿Cuántas veces?
—Una.
Ricardo soltó un poco los dedos.
—Entonces le gustó.
—Después la dejó arqueada.
El paño volvió a tensarse.
—¿Cuánto tiempo?
—Tres segundos.
Ricardo dejó de respirar.
—María…
—Y después dejó la cuchara.
Hubo silencio.
Ricardo miró el paño entre sus manos como si acabara de descubrirlo allí.
—Mis manos están secas.
—Lo sé.
—No necesito esto.
—Lo sé.
Ricardo no lo soltó.
—¿A qué hora termina mi turno?
—A las seis.
—¿Y qué hora es?
—Tres y veinte.
Ricardo miró hacia la puerta trasera.
—Siempre he considerado que tres y veinte tiene energía de seis.
Ricardo dejó por fin el paño sobre el mesón y comenzó a revisar los ingredientes uno por uno.
Hierbas secas. Raíces. Sal. Un pequeño saco abierto junto a la tabla de cortar.
Metió dos dedos, sacó una pizca y se quedó mirándola.
—Maldita sea.
María levantó la vista.
—¿Qué?
—Les dije que era hierba nalga de ángel, no cola de diablo. ¡No es lo mismo una nalga que una cola!
María hizo una pequeña mueca.
—Me ha pasado. Por pudor no saben pedir las cosas como Su Majestad exige.
Ricardo dejó caer la hierba sobre el mesón.
—Se acabó.
María esperó.
—Mi carrera se acabó aquí, María.
Ella bajó la mirada hacia el suelo.
Ricardo apoyó ambas manos sobre el mesón y quedó mirando hacia ninguna parte.
Pasó un minuto.
Después otro.
Ninguno dijo nada.
Finalmente apareció un mayordomo en la puerta con una comanda en la mano.
—Por favor, repetir sopa al gobernador de Fulganova.
Ricardo levantó lentamente la cabeza.
María miró la comanda. Luego a Ricardo.
—Parece que lo de la cuchara es bis.
Ricardo cerró los ojos.
—Fuera de mi cocina, María. Tengo que trabajar.
María anotó algo y salió.
Desde el pasillo escuchó a Ricardo gritar:
—¡Y TRAIGAN NALGA DE ÁNGEL! ¡NALGA!
Alguien respondió desde la despensa:
—¡Sí, chef!
—¡Y NO ME DA VERGÜENZA DECIRLO!
Parte III
El gobernador se despidió frente a las puertas principales del castillo con una última reverencia y una promesa de enviar las cifras corregidas antes de finalizar la semana.
Yuki respondió con la misma cortesía medida con la que había sostenido el almuerzo entero.
Esperó a que la comitiva comenzara a descender las escalinatas.
Entonces habló sin mirar atrás.
—María. A mi oficina.
Nada más.
Un soldado apostado junto a la puerta miró a María.
Después hizo una pequeña mueca de condolencia.
María tragó saliva.
Hasta aquí llegué.
Siguió a la reina manteniendo los tres pasos reglamentarios de distancia.
No sé en qué fallé.
Yuki caminaba delante de ella con las manos a la espalda, sin apresurarse.
Pero seguramente tendrá un informe completo. Diecisiete páginas. Con anexos.
María miró de reojo los ventanales mientras avanzaban.
He ahorrado bastante. Quizá alcance para un terreno pequeño. Si Manuel sigue trabajando y yo encuentro algo en el pueblo…
Doblaron hacia el ala real.
Mi tía va a matarme.
Al cruzar el umbral del despacho, el frío le mordió las piernas a través de la falda.
Dos grados. Tal vez tres.
Yuki ocupó su lugar detrás del escritorio.
—María. Té.
María parpadeó.
—Aquí está, Su Majestad.
Tomó la taza que había dejado preparada antes del almuerzo y la acercó.
—Manzanilla. Sé que la sopa de Ricardo le deja un gusto pesado en la lengua y prefiere algo más suave después.
Yuki tomó la taza.
Bebió.
—Impecable.
María permaneció inmóvil.
Yuki ya había abierto una carpeta.
—¿Ocurre algo?
—No, Su Majestad.
María se volvió con toda la dignidad que pudo reunir, dio dos pasos y sacó discretamente el pequeño cuaderno del bolsillo.
Pasó las páginas hasta encontrar la lista.
«Correcto» = hice lo que correspondía.
«Bien» = está satisfecha.
«Aceptable» = el trabajo pasó su estándar sin observaciones.
«Buen trabajo» = realmente destaqué.
«Excelente» = ese día me jubilo.
María sacó el lápiz.
Añadió una línea.
«Impecable» = nuevo. Estudiar más.
—Creo que no has almorzado.
El lápiz se detuvo.
María cerró el cuaderno.
—Todavía no, Su Majestad.
—Baja a la ciudad y come algo. Ricardo seguramente ya desapareció.
María hizo un esfuerzo por no sonreír.
—No creo que haya llegado tan lejos.
—Entonces estará escondido en alguna despensa.
Yuki volvió a la carpeta que tenía delante.
—Pediré que preparen un carruaje. Será más rápido. Dile a Victoria que te acompañe.
María dudó.
—Aún tengo trabajo pendiente.
—Puede esperar.
La respuesta llegó sin que Yuki levantara la vista.
Pasó una página.
—Y es mejor que estén acompañadas.
María hizo una pequeña reverencia.
—Sí, Su Majestad.
Antes de retirarse, dejó una hoja sobre el extremo despejado del escritorio.
—También preparé el informe de la tarde.
Yuki bajó la mirada.
Baño real: 20:00.
Observación: la señorita Rubí puede haber utilizado tres toallas limpias únicamente para el cabello. No se descarta el uso de otras cinco alegando que eran para Su Majestad.
Acción: Victoria tendrá un juego completo de toallas limpias preparado antes de las 20:00.
Yuki permaneció mirando la hoja durante un instante.
—¿Ocho?
—Como mínimo.
Yuki dejó el informe sobre el escritorio.
—Entiendo.
María salió antes de descubrir qué significaba exactamente aquel «entiendo».
Encontró a Victoria poco después, todavía ocupada con las tareas del lavadero.
—Vicky.
—Si vienes a pedirme algo, estoy muerta.
—Su Majestad nos mandó a comer a la ciudad.
Victoria levantó la cabeza.
—¿A las dos?
—Son casi las cuatro.
—…cierto.
El carruaje llegó pocos minutos después.
Apenas subieron, Victoria miró a María de lado.
—¿Hiciste algo bueno?
María acomodó la falda antes de sentarse.
—Dijo «impecable».
Victoria se quedó inmóvil.
—¿Dijo qué?
—Impecable.
Victoria apoyó una mano en el respaldo.
—Listo. Es oficial. Te agarró cariño.
María soltó una risa.
—No creo.
Victoria se acomodó mejor en el asiento.
—Entonces te explicaré la vez que despidió a seis sirvientas en menos de dos horas. Acomódate.
En el pescante, el cochero paró la oreja para escuchar también.
—La primera lloró.
—Vicky.
—La segunda no lloró, pero tampoco volvió.
—Victoria.
—La tercera dijo que la reina era imposible.
—¿Y las otras tres?
—Ahí se pone interesante.
El carruaje las dejó frente a un pequeño café cerca de la plaza central.
A esa hora había poca gente. La mayoría ya había almorzado hacía bastante, y el salón olía a pan recién calentado, mantequilla y café fuerte. Los ventanales estaban ligeramente empañados por dentro.
María eligió una mesa junto a la ventana.
—Tengo tanta hambre que podría comerme una bandeja de Ricardo.
Victoria dejó caer el cuerpo sobre la silla frente a ella.
—No digas eso. Todavía estoy pensando en la sopa.
Una camarera se acercó con dos cartas, pero María apenas necesitó abrir la suya.
—Quiero el pastel de carne con papas, crema y queso. Y pan.
Victoria levantó lentamente la mirada.
—¿Todo eso?
—No he almorzado.
—Son las cuatro.
—Precisamente.
La camarera miró a Victoria.
—¿Y para usted?
Victoria observó la carta durante unos segundos.
—El sándwich de ensalada.
María la miró.
—¿Eso es todo?
—Eso es todo.
—Vicky.
—El vestido ya está comprado.
María entendió inmediatamente.
—No vas a subir de talla de aquí a mañana.
—No necesito lógica. Necesito que cierre.
La camarera bajó la cabeza para ocultar una sonrisa y se alejó con el pedido.
El almuerzo de María llegó primero.
El pastel ocupaba casi todo el plato. La superficie dorada se abría por un costado dejando escapar vapor, y debajo de la masa había carne, papas y una salsa espesa que todavía burbujeaba. A un lado descansaba una porción de pan tostado con mantequilla.
Victoria observó el plato.
Después miró su sándwich.
Dos rebanadas de pan. Lechuga. Tomate. Pepino.
Volvió a mirar el plato de María.
—Te odio.
María ya tenía el tenedor en la mano.
—Pediste eso tú sola.
—No necesito que me recuerdes mis decisiones.
María cortó una esquina del pastel.
La salsa salió lentamente sobre las papas.
Victoria dejó de masticar.
—No hagas eso.
—¿Qué?
—Que se vea rico.
—No puedo controlar eso.
—Pues inténtalo.
—No es justo.
—¿Qué?
—Comiste crema.
—Sí.
—Queso.
—Sí.
—Pan.
—También.
Victoria miró la cintura de María.
—Te odio un poco.
—Termina tu ensalada, Vicky.
—¿A qué hora empieza mañana? —preguntó María.
Victoria levantó los ojos del sándwich.
—A las siete.
—¿Y de verdad necesitas que vaya?
—Sí.
—Vicky…
—María, voy a intentar hablar con el hijo del embajador de Fulganova. Necesito a alguien cerca por si hago el ridículo.
—Vas a hacer el ridículo conmigo o sin mí.
—Exactamente. Pero contigo puedo retirarme con dignidad. Ya sabes lo que dicen: cuando la alegría se comparte, se multiplica y…
—Cuando el dolor llega, se divide.
Se tomaron de las manos.
—Tú sí que me entiendes, María.
—Lo intento.
—Inténtalo más.
Las dos rieron.
—Aún es temprano para volver —dijo Victoria.
—¿Qué tienes en mente?
—Tengo que afinar algunas cosas. Un peine, maquillaje… Nos juntamos a las cinco en el reloj de la plaza.
—Está bien. Así aprovecho de pasear.
Victoria dejó el sándwich sobre el plato.
—Nada de pasear. Compra el maldito vestido.
—Sí, sí. Lo iré a ver.
Victoria levantó una mano hacia el cochero, que esperaba junto al carruaje.
—¡Cochero! Llévela a la sastrería de Constanza, por favor.
—¡Sí, claro! —afirmó el cochero a lo lejos.
María entrecerró los ojos.
Iba a decir algo, pero Victoria ya había desaparecido calle abajo.
Sobre la mesa solo quedaban las monedas de su parte de la cuenta.
María las miró.
Después miró hacia donde su amiga había desaparecido.
—Cobarde.
Parte IV
El carruaje se detuvo frente a la sastrería de Constanza y María reconoció el escaparate antes incluso de que el cochero bajara para abrirle la puerta. Había pasado demasiadas veces por aquella calle como para fingir que no sabía exactamente dónde quedaba.
—Aquí es, señorita María.
—Gracias. A las cinco tengo que reunirme con Victoria en el reloj de la plaza. No hace falta que me espere.
El cochero asintió y María descendió. Esperó a que el carruaje retomara la calle y solo entonces volvió la vista hacia la vitrina.
El vestido seguía allí.
Constanza había cambiado los maniquíes de posición, reemplazado dos abrigos y llenado una esquina con guantes nuevos desde la última vez que María se había detenido frente al escaparate, pero aquel vestido seguía ocupando prácticamente el mismo lugar. No era especialmente ostentoso. Precisamente por eso le gustaba. La falda tenía suficiente vuelo para una fiesta, el corte era elegante sin parecer propio de una dama de la corte y los detalles estaban trabajados con el cuidado suficiente para que se viera caro sin necesidad de anunciarlo desde la otra acera.
María se acercó un poco más al cristal. Por un instante se imaginó entrando con Victoria al salón al día siguiente. Victoria fingiría serenidad durante unos cinco minutos, localizaría al hijo del embajador de Fulganova y olvidaría inmediatamente todos los discursos que llevaba semanas preparando. María sonrió al imaginarla buscando su mirada desde el otro lado del salón para pedir auxilio sin mover los labios.
Después pensó en Manuel.
Él probablemente se reiría cuando le contara que había acabado en una fiesta diplomática únicamente porque Victoria necesitaba «apoyo moral». Seguramente preguntaría qué se había puesto y, si María le enseñaba aquel vestido, diría que estaba bonita con esa sencillez suya que siempre conseguía que ella creyera que hablaba completamente en serio.
Su mirada se deslizó hacia el interior de la tienda y encontró otro vestido, más al fondo. Blanco, sencillo, con pequeñas flores bordadas en las mangas. No tenía nada que ver con la fiesta de mañana, pero María se quedó observándolo un poco más de lo necesario. Se imaginó a Manuel con su mejor ropa, a su madre llorando antes de que comenzara la ceremonia y a su tía enderezándole el cuello por última vez aunque, por supuesto, estuviera perfectamente recto. Victoria probablemente lloraría más que todas y después aseguraría que había sido por el frío.
María bajó la mirada, divertida consigo misma.
—Algún día —murmuró.
Sacó del bolsillo su pequeño cuaderno y buscó las últimas páginas, donde las anotaciones dejaban de hablar de horarios, reuniones y expresiones de Su Majestad. Allí estaban sus cuentas, ordenadas con la misma disciplina con la que mantenía el escritorio real: una cantidad para los viajes del fin de semana, otra para regalos y una tercera, bastante más pequeña, para ella.
Revisó la última cifra. Después abrió el monedero y contó lo que llevaba consigo. Lo hizo una segunda vez, no porque desconfiara de sus cuentas, sino porque el vestido seguía al otro lado del cristal y quizá las matemáticas hubieran decidido cambiar de opinión durante el trayecto.
No lo habían hecho.
La sonrisa que todavía conservaba fue apagándose poco a poco. Podía comprarlo, técnicamente. Bastaba con tomar una parte del dinero destinado a los viajes, reducir lo reservado para regalos y pasar algunas semanas sin darse ningún gusto. Nadie se enteraría. El dinero era suyo.
María cerró el monedero.
No. Así no.
Volvió a mirar el vestido y soltó el aire lentamente.
—Todavía no.
María dejó atrás la sastrería de Constanza y tomó el camino hacia la plaza. Todavía faltaba un buen rato para las cinco, así que no tenía motivo para apresurarse. La tarde había enfriado un poco y las calles comenzaban a llenarse de gente que salía de talleres, tiendas y oficinas antes de que la luz terminara de retirarse detrás de los edificios.
Guardó el monedero en el bolsillo y decidió no volver a pensar en el vestido durante, por lo menos, los próximos diez minutos.
Duró tres.
Al pasar frente a una herrería volvió a calcular mentalmente cuánto le faltaba. El sonido del martillo contra el metal la sacó de las cuentas.
—¡Señorita María!
Ella giró la cabeza.
El herrero trabajaba junto a la entrada del taller, con las mangas remangadas y el delantal de cuero cubierto de pequeñas marcas oscuras. Dejó el martillo sobre el yunque cuando la vio.
—Hoy viene especialmente bonita.
María siguió caminando, aunque más despacio.
—Eso se lo dice a todas.
—No. A algunas les digo que tienen bonitos zapatos. Hay que administrar los elogios.
María soltó una risa.
—Pierde el tiempo conmigo. Ya tengo pareja.
El herrero apoyó un brazo sobre el marco de la puerta.
—No soy celoso.
María se detuvo y lo miró.
Él sonrió con absoluta tranquilidad.
—Descarado.
—Pero honesto.
—Eso está por verse.
El herrero se llevó una mano al pecho como si acabara de recibir una acusación gravísima.
—Algún día va a romperme el corazón, señorita María.
—Manuel puede reparárselo.
—¿Es herrero?
—No.
—Entonces prefiero sufrir.
María volvió a reír y retomó el camino.
—¡Hasta luego!
—¡Hasta la próxima, señorita María! ¡Y dígale a Manuel que sigo sin ser celoso!
María levantó una mano sin mirar atrás.
—¡Ni se le ocurra!
El martillo volvió a sonar apenas unos segundos después.
Cuando María llegó a la plaza, todavía llevaba una sonrisa pequeña. El gran reloj marcaba unos minutos antes de las cinco. Junto a él, en lugar de Victoria, encontró al cochero esperando con el carruaje.
Miró alrededor.
Victoria no estaba.
—¿Qué pasó?
El cochero se quitó la gorra apenas lo suficiente para rascarse la frente.
—La señorita Victoria tuvo que adelantarse.
María frunció el ceño.
—¿Adelantarse adónde?
—Al castillo. Dijo que hubo un… incidente textil en los baños.
María guardó silencio.
—¿Incidente textil?
El cochero encogió los hombros.
—Esas fueron sus palabras.
María miró hacia el camino de regreso.
Después al cochero.
—¿Dijo algo más?
—Sí.
—¿Qué?
—«No dejes que María se entretenga mirando vitrinas».
María entrecerró los ojos.
—Por supuesto que dijo eso.
El cochero abrió la puerta del carruaje.
—¿Volvemos?
María echó una última mirada hacia la plaza y subió.
—Volvemos.
El carruaje apenas había cruzado las puertas del castillo cuando María oyó gritos en el patio principal.
Se inclinó un poco hacia la ventanilla y vio pasar a Rubí a toda velocidad con una caja apretada contra el pecho. Media docena de guardias corrían detrás de ella, distribuidos con una coordinación que parecía haber comenzado siendo militar y terminado convirtiéndose en pura desesperación.
—¡Nunca me atraparán, soldados heladitos! —gritó Rubí sin dejar de correr—. ¡No tienen el fuego para hacerme frente!
Uno de los soldados, bastante más joven que los demás, reunió valor para responderle mientras intentaba recuperar el aliento.
—¡La reina nos dijo que devolviera esos postres!
Rubí miró por encima del hombro.
—¡NUNCA!
—¡A ella, muchachos! —ordenó el soldado de mayor rango.
Los guardias aceleraron.
Rubí giró justo cuando el carruaje terminaba de detenerse y vio a María bajar.
—¡María!
Metió una mano en la caja, sacó un conejito, una pequeña masa dulce horneada y rellena, y se lo lanzó.
María lo atrapó por puro reflejo.
—¡Toma! ¡Por soportar a esa estirada!
—¡Señorita Rubí! —protestó uno de los soldados.
Rubí ya había esquivado al primero. Dio un paso lateral ante el segundo, se agachó cuando un tercero intentó cerrarle el paso y apareció detrás de ellos todavía abrazada a la caja.
—¡Díganle a su reina que los entrene mejor!
Y salió corriendo hacia el corredor occidental con los seis guardias detrás.
María permaneció junto al carruaje mirando cómo desaparecían. Desde algún lugar del interior del castillo volvió a escucharse la voz de Rubí.
—¡CASI!
Después un golpe.
—¡ESTOY BIEN!
María bajó la mirada hacia el conejito que tenía entre las manos. La masa todavía estaba tibia.
Sacó su pequeño cuaderno.
Sugerir entrenamiento militar más estricto o crear escuadrón anti-Rubí.
Contempló la anotación durante unos segundos.
Después miró el conejito.
Le dio un mordisco.
Era de manjar.
María masticó lentamente, volvió a mirar la nota y trazó una línea sobre ella.
Guardó el cuaderno.
El cochero, que seguía junto al carruaje, la observó en silencio.
—¿No piensa informar de eso?
María miró el conejito, lo partió en dos y le ofreció una mitad.
—No vi nada.
El cochero aceptó el soborno sin hacer preguntas.
—Yo tampoco.
Parte V
Cuando María regresó al ala del servicio faltaba poco más de media hora para que terminara oficialmente su jornada. Después de todo lo ocurrido durante el día, treinta minutos le parecieron una cantidad de tiempo sorprendentemente generosa.
Entró en la habitación que compartía con Victoria y cerró la puerta detrás de sí. La otra mitad del cuarto seguía vacía, aunque sobre la cama de su compañera había quedado una cinta, un cepillo y dos prendas abandonadas con una prisa evidente. María contempló aquello mientras dejaba su cuaderno sobre la mesa.
Incidente textil.
Decidió que podía esperar.
Se sentó en el borde de su cama y se quitó los zapatos. El alivio fue inmediato. Movió los dedos dentro de las pantimedias gruesas y dejó escapar un suspiro que jamás habría permitido que Su Majestad escuchara. Apenas alcanzó a apoyar la espalda contra la pared cuando golpearon la puerta.
María cerró los ojos.
Por supuesto.
Volvió a ponerse los zapatos, se levantó y abrió. Frente a ella había uno de los mayordomos del castillo acompañado por dos guardias. Uno cargaba varios pequeños sacos de monedas; el otro permanecía junto al mayordomo mientras este sostenía una tablilla de metal plateado recorrida por líneas rúnicas. Sobre la superficie brillaba una larga lista de nombres, algunos acompañados por pequeños sellos azules.
—Señorita María —saludó el mayordomo mientras buscaba su nombre en la tablilla.
—Buenas tardes.
El hombre tocó la superficie con dos dedos y la runa junto a María se iluminó.
—Su paga.
Uno de los guardias le entregó un saco cerrado con cordón. María lo recibió con ambas manos y comprobó su peso antes de apartarse ligeramente de la puerta.
—Gracias.
El mayordomo deslizó un dedo por la lista hasta detenerse unas líneas más abajo.
—La señorita Victoria también figura en esta habitación.
María echó una mirada hacia la cama vacía de su compañera.
—Sí, pero está en una… emergencia textil.
El hombre levantó los ojos de la tablilla. Ni una ceja se movió.
—Comprendo. Sin embargo, eso no cambia las cosas. Como no se encuentra presente, deberá retirar personalmente su paga en el salón central.
María tuvo que admirar aquella capacidad para recibir la expresión «emergencia textil» sin hacer una sola pregunta.
—Se lo diré cuando vuelva.
—Con su permiso.
El mayordomo inclinó ligeramente la cabeza y continuó por el corredor junto a los dos guardias. Unos segundos después, María oyó que golpeaban la puerta siguiente.
Cerró la suya y permaneció inmóvil un momento, escuchando.
Nada.
Miró sus zapatos.
Esperó un poco más.
Nadie llamó.
Satisfecha, volvió a quitárselos y regresó a la cama. Abrió el saco y dejó caer las monedas sobre la colcha con un tintineo que, después de semejante jornada, le resultó extrañamente agradable.
Sacó su cuaderno y comenzó a separarlas sin necesidad de pensarlo demasiado. Una parte correspondía a los viajes de los fines de semana, otra a regalos y pequeños gastos familiares. Luego estaba el dinero que reservaba para ella, una cantidad menor pero suficiente para algún dulce, un broche o una tarde tranquila en la ciudad cuando el trabajo lo permitía.
Mientras formaba los pequeños montones, el vestido de Constanza volvió a cruzarle por la cabeza.
María sonrió.
Quizá el próximo mes.
Terminó de repartir las monedas y acercó el cuaderno para comprobar las cantidades. Entonces frunció ligeramente el ceño.
Quedaban varias monedas sobre la cama.
Repasó la cifra correspondiente a su salario, volvió a contar el primer montón y después los otros dos. Viajes, correcto. Regalos, correcto. Para ella, correcto. Volvió a contar todo desde el principio, esta vez más despacio, e incluso reconstruyó mentalmente la paga anterior por si había anotado mal alguna cantidad.
El resultado no cambió.
Había dinero de más.
María dejó el cuaderno sobre sus piernas y miró las monedas sobrantes. Por un momento apareció nuevamente el escaparate de Constanza en su cabeza. La tela, la falda, Victoria insistiendo en que comprara el maldito vestido.
Apenas un momento.
Luego reunió las monedas sobrantes, las guardó en el saco y volvió a ponerse los zapatos.
El reloj del corredor le indicó que faltaban veintidós minutos para terminar su jornada.
El canciller Halrik todavía estaría trabajando.
Lo estaba.
María lo encontró en su despacho rodeado de documentos, con una mano apoyada sobre una pila de informes y los lentes ligeramente más abajo de lo habitual. Uno de sus asistentes anunció su presencia y Halrik levantó la vista antes de terminar la línea que estaba leyendo.
—María.
—Señor canciller.
Ella hizo una pequeña reverencia y avanzó hasta el escritorio, todavía sosteniendo el saco entre ambas manos.
—Perdone que lo moleste. Creo que hubo un error con mi paga.
Halrik dejó el documento sobre la mesa.
—¿Un error?
María abrió el saco y colocó frente a él las monedas que había separado.
—Me entregaron más de lo que corresponde.
Halrik observó las monedas durante un instante y luego alzó la mirada hacia ella. Con una lentitud que a María no le pareció especialmente tranquilizadora, se quitó los lentes.
María conocía suficientemente bien el castillo como para saber que aquello casi nunca mejoraba una conversación.
—Su Majestad sabía que vendría.
María parpadeó.
—¿Perdón?
—La cantidad es correcta —respondió Halrik, apoyando los lentes sobre el escritorio.
María volvió a mirar las monedas.
—Pero mi sueldo es…
—Era.
Ella levantó la cabeza.
Halrik entrelazó las manos sobre el escritorio.
—Su Majestad ordenó aumentar su remuneración desde este periodo.
María tardó un momento en responder. Miró otra vez el dinero, como si las monedas pudieran ofrecer una segunda opinión.
—No me informaron.
—Lo sé.
—Entonces… —María señaló el pequeño montón con cierta cautela—. ¿Esto es mío?
—Sí.
La mirada de María descendió lentamente.
Constanza.
El vestido.
Victoria diciéndole que lo comprara de una vez.
Manuel.
Intentó impedir que la sonrisa apareciera demasiado rápido y casi lo consiguió.
—Entiendo.
Halrik extendió una mano hacia uno de los cajones.
—Todavía no.
La sonrisa desapareció antes de alcanzar a instalarse por completo.
—¿Todavía no?
El canciller abrió el cajón y sacó un segundo saco, bastante más pequeño que el primero. Lo dejó sobre la mesa, junto a las monedas.
—Su Majestad también dejó instrucciones específicas para el caso de que usted viniera a devolver la diferencia.
María contempló el pequeño saco antes de mirar nuevamente a Halrik.
—¿Qué instrucciones?
—Que le entregara esto.
—¿Por qué?
Halrik volvió a ponerse los lentes y los acomodó sobre el puente de la nariz.
—Bonificación extraordinaria.
María no tocó el saco.
—¿Por devolver dinero que no sabía que era mío?
—Por honestidad.
María guardó silencio unos segundos. Sus ojos pasaron del saco a Halrik y después regresaron al saco.
Algo no terminaba de cuadrarle.
—¿Su Majestad estaba poniéndome a prueba?
—No.
Halrik respondió tan rápido y con tanta sencillez que María dejó de fruncir el ceño.
—Su Majestad no necesitaba comprobar si usted devolvería el dinero —continuó—. Sabía que lo haría.
María miró nuevamente el pequeño saco. Halrik, por su parte, tomó otro documento de la pila y lo acomodó frente a sí como si el asunto estuviera prácticamente resuelto.
—De hecho, sus instrucciones fueron bastante precisas.
María permaneció esperando.
Halrik alzó apenas la vista por encima del documento y, con una exactitud que habría sido peligrosa si la reina hubiese estado presente, imitó el tono seco de Yuki.
—«Si María viene a decir que nos equivocamos con su paga, explíquele el aumento y entréguele esto. Si no viene, déjeselo mañana sobre el escritorio».
María no pudo evitar sonreír.
Así que Su Majestad también había estado observando.
Ella sabía cuándo Yuki quería manzanilla sin pedirla, qué significaba una ceja apenas arqueada, qué mapas iba a necesitar antes de que los solicitara y cuándo una sola palabra podía equivaler a todo un elogio. Había pasado meses aprendiendo sus silencios, sus costumbres y esa manera tan particular de pedir las cosas como si la mitad de la frase ya hubiese sido discutida previamente.
Y Yuki sabía que María regresaría unas monedas que creía ajenas.
María tomó finalmente el pequeño saco y lo sostuvo un momento entre sus manos.
—Gracias, señor canciller.
—No me agradezca a mí.
—Entonces se lo agradeceré a Su Majestad.
Halrik volvió a bajar la mirada hacia sus documentos.
—Le recomiendo que no lo haga demasiado.
María ladeó la cabeza.
—¿Por qué?
—Podría ponerse incómoda.
María lo observó durante un instante. Después una sonrisa pequeña apareció en la comisura de sus labios.
—Correcto.
Halrik levantó lentamente los ojos por encima de los lentes.
María apretó los labios para contener la risa.
—Nada. Buenas tardes, señor canciller.
Halrik sostuvo su mirada un segundo más antes de regresar al informe.
—Buenas tardes, María.
Ya en el corredor, María abrió discretamente ambos sacos y calculó la diferencia. Sacó el cuaderno, revisó sus cuentas y volvió a sumar. Después una vez más, solo para asegurarse.
La cifra permaneció allí.
Esta vez las matemáticas sí habían decidido apiadarse de ella.
María cerró el cuaderno contra el pecho y siguió caminando.
Cuando regresó a la habitación, el saco de monedas pesaba bastante más que cuando había salido.
Victoria estaba sentada sobre su cama, todavía con parte del uniforme puesto, contando su propia paga en pequeños montones sobre la colcha. Al oír la puerta levantó la cabeza y se quedó mirando a María mientras esta entraba.
—Vienes contenta.
María cerró la puerta detrás de sí.
—¿Yo?
Victoria entrecerró los ojos.
—Tú.
María intentó esconder la sonrisa mientras dejaba el saco sobre su cama. El peso de las monedas produjo un tintineo más contundente de lo habitual y los ojos de Victoria descendieron inmediatamente hacia él.
Después volvieron a María.
María se quitó los zapatos y los dejó junto a la cama.
Esperó.
Nadie llamó a la puerta.
—Por fin —murmuró.
Victoria seguía observándola.
María se sentó frente a ella, apoyó las manos sobre las rodillas y trató de adoptar una expresión completamente normal.
No le resultó.
Victoria dejó de contar.
—María.
María miró el saquito.
Luego a Victoria.
La sonrisa terminó por ganarle.
—¿A qué hora dijiste que empezaba la fiesta?
Victoria quedó completamente inmóvil.
Sus ojos bajaron hacia el saco de monedas.
Subieron hacia María.
Volvieron al saco.
—María…
Ella sonrió.
Desde fuera de la habitación se escuchó un grito tan agudo que un guardia que pasaba por el corredor tuvo que ponerse el yelmo y un mayordomo, varios metros más allá, se llevó el meñique al oído.
Dentro de la habitación, María empezó a reír.