Mini relato — Crónicas de Caelyndor

La Muerte Blanca

Rubí · Noctalypse~60 min de lectura

Un Devorador huyó de su madriguera. Nadie preguntó de qué.

Rubí estaba sola, afilando no solo su espada, sino también el olfato, el oído y el tacto. Tenía los ojos cerrados. Frente a ella, a tres metros de distancia, varios animalitos se movían dentro de un espacio marcado sobre el suelo, y ella escuchaba sus pasos diminutos, el roce de sus cuerpos contra la madera, los cambios de ritmo, las pausas, los giros repentinos. Buscaba formas, dibujos, ondulaciones en el aire que le dijeran hacia dónde se habían movido, cómo se habían movido y, sobre todo, por qué se habían movido. La piedra pasó una vez más por el filo de la espada.

Entonces le llegó un olor conocido. Olor a tonto. Abrió un ojo.

—Noct… ¿qué haces aquí?

Noctalypse ni siquiera la miró. Primero observó el filo de la espada; luego tomó una navaja corta de la mesa y midió su corte tanteándolo con una uña. Sus dedos se movieron después por el borde de la madera, rozando los objetos que Rubí tenía preparados —vendas, un pedernal, hilo, cuerdas— hasta llegar al cinturón de diez bolsillos que descansaba junto a ella. Lo revisó con la mirada. Todo estaba pensado para acampar fuera.

—Parece que te vas por un buen tiempo.

Rubí apoyó la piedra de afilar sobre la mesa.

—Solo el necesario. Hay recompensa.

—¿Qué tan jugosa?

—¡Ja! —sonrió de lado y se puso de pie con actitud pretenciosa—. ¿Interesado?

Noctalypse dejó la navaja donde estaba.

—Me interesa tu bienestar.

Rubí se quedó quieta. Demasiado quieta: la frase le había entrado por un costado que no tenía cubierto.

—¿Q-q-qué estás diciendo? ¡Si yo siempre estoy bien!

Noctalypse rió suave por la nariz.

—Lo sé. Nunca le pasa nada malo a la gran guerrera de fuego.

Rubí empezó a ponerse del color y la temperatura de su elemento, sobre todo en las orejas. Si pudiera señalar una parte de su cuerpo y llamarla «traidora», serían sus orejas.

—Ajá, sí, cuéntame algo que no sepa, tonto. ¡Además, todavía no respondes a mi pregunta! ¿Qué haces acá?

—Solo vine a preguntarte si hay espacio para un compañero en esta misión.

Rubí entrecerró los ojos.

—¿Cuánto?

—¿Cuánto qué?

—No pienso ir cincuenta-cincuenta. Yo conseguí la tarea en el gremio. Yo he estado rastreando al monstruo. He hecho todo el trabajo, así que no te daré la mitad de la recompensa. Dime cuánto estás dispuesto a aceptar y recién ahí pensaré si llevarte o no.

Noctalypse levantó apenas las cejas.

—Oh. No me interesa el oro. Me interesa la bestia que vas a cazar.

—Ya. Pero igual no te puedo no dar parte de la recompensa. Quedaré como una abusadora a quien nadie querrá llamar a sus grupos después.

—Sí, tienes razón. Dame el cinco por ciento.

Rubí lo miró con fastidio.

—Noct. Eso es… ahgr. Mejor dime qué te interesa del monstruo.

—Su vesícula.

Rubí hizo una mueca.

—Asqueroso.

—¡Oye, no me mires así! Eh… es por un propósito científico arcano.

—Sé que de alguna manera u otra vas a hacer una poción de esa cosa. Y solo de pensar que me la darás a mí en el futuro porque será lo único que me salvará, se me revuelve el estómago.

Noctalypse ladeó la cabeza.

—Pero se la puedo dar a Yuki antes que a ti.

Hubo un silencio largo. Rubí lo sostuvo con la mirada hasta el final, y entonces sonrió.

—Trato.

Ambos se miraron y soltaron una sonrisa maliciosa y muy cómplice.

A veces, cuando más luz hay, la sombra se hace más grande.

El camino hacia la villa no estaba muerto, pero sí inquieto. Rubí lo notó antes de ver las primeras casas. Los pájaros no cantaban desde las ramas altas, sino desde matorrales bajos, escondidos entre hojas húmedas. Las ardillas se movían demasiado rápido. Un ciervo, al oírlos acercarse, no huyó hacia el bosque, sino hacia el camino abierto, como si prefiriera exponerse a dos viajeros antes que volver entre los árboles.

Rubí caminaba con una mano cerca de la empuñadura.

—Esto no me gusta.

Noctalypse avanzaba a su lado, con la vista puesta en el suelo.

—No has dicho eso ni tres veces desde que salimos.

—Porque esto no me gusta tres veces.

El sendero descendía entre rocas pardas y raíces gruesas. Más adelante apareció una cerca partida en dos: no cortada con filo, sino reventada por puro peso, los postes doblados hacia afuera como si algo enorme hubiera pasado entre ellos sin molestarse en saltar.

Rubí se agachó junto a una marca hundida en la tierra.

—Pisada grande.

—Seis apoyos —dijo Noctalypse.

Rubí miró las huellas restantes. Tres de un lado, tres del otro, separadas por un arrastre ancho e irregular.

—Qué maravilla. Odio cuando tienes razón tan rápido.

Noctalypse no respondió, y ese silencio tampoco le gustó.

Siguieron caminando, y a medida que se acercaban a la villa las señales se volvían más claras: un corral abierto desde dentro, tablones mascados hasta astillarse, una carreta volcada, sacos de grano reventados y una hilera de manchas oscuras sobre la piedra, demasiado espesas y demasiado amarillas para ser sangre. Lo que fueran, olían peor.

Rubí se tapó la nariz con el dorso de la mano.

—¿Eso es bilis?

—Probablemente.

—Asqueroso.

—Útil, si sabes conservarla.

Rubí lo miró con una expresión plana.

—Noct.

—No he dicho nada.

—Lo pensaste con cara de frasco.

Noctalypse tuvo la decencia de no sonreír.

La villa apareció después de una curva, apretada contra la falda de una quebrada. Había humo en algunas chimeneas, pero poca gente en las calles. Las ventanas estaban cerradas. Los animales de carga no estaban en los corrales, sino dentro de bodegas reforzadas con muebles y vigas. En la entrada, un poste sostenía una copia del aviso del gremio, humedecida por la niebla.

Rubí se acercó y leyó por encima.

—«Criatura depredadora de gran tamaño. Ataques nocturnos. Daños a corrales, bodegas y camino norte. Recompensa por eliminación confirmada…» —sus ojos bajaron a la cifra—. Ah. Ya recordé por qué vine.

—Es una cantidad generosa.

—Generosa no. Ridícula. Con esto podría reparar mi equipo, pagar deudas, comprar provisiones para meses y todavía me sobraría para invitarme algo caro.

—Qué noble uso del dinero.

—Mi nobleza empieza cuando la cuenta está pagada.

Noctalypse observó el aviso sin tocarlo. Rubí lo notó.

—El gremio no paga así por un lagarto grande.

—No es un lagarto.

—Tampoco paga así por un monstruo que solo rompió corrales.

—Rompió corrales, bodegas, dos tramos del camino norte y una casa de ahumado.

—¿Muertos?

—Tres heridos graves. Ningún muerto confirmado.

Rubí frunció el ceño.

—Eso es raro.

—Sí.

—Si puede hacer todo esto, debería haber matado a alguien.

—Sí.

—Y si no quería matar gente, no tendría que meterse en una villa.

—También.

Rubí giró despacio hacia él. Noctalypse seguía con la vista en el aviso, demasiado quieto para alguien que solo leía una cifra.

—Me estás ocultando algo.

—Estoy pensando.

—Tú siempre estás pensando. Es tu excusa favorita para ocultar cosas.

—Funciona porque suele ser verdad.

Rubí dio un paso hacia él.

—Noct.

Él levantó la mirada al fin.

—Cuando nos encontremos con el monstruo, lo sabrás.

Rubí sostuvo el silencio entre los dos.

—Esa respuesta me da ganas de cobrarte el noventa y cinco por ciento.

—Técnicamente, yo solo pedí cinco.

—Técnicamente, todavía puedo arrepentirme de llevarte.

Noctalypse inclinó apenas la cabeza, como si aceptara la amenaza y la archivara para revisarla más tarde.

—¿Sabes cómo son los Devoradores de Éter?

Rubí bufó.

—He escuchado rumores. Que huelen la magia. Que se comen cosas venenosas. Que su bilis cura casi cualquier porquería. Que sus tripas valen más que un caballo de guerra. Ese tipo de cuentos.

—Algunos cuentos nacen porque alguien sobrevivió lo suficiente para exagerarlos.

—¿Y otros?

—Otros porque alguien sobrevivió lo suficiente para quedarse corto.

Rubí no apartó los ojos de él.

—Habla claro.

Noctalypse miró hacia la quebrada. El viento traía olor a tierra húmeda, madera rota y esa bilis amarga que se pegaba atrás de la garganta. Tardó en hablar, como quien elige entre todo lo que sabe y entrega solo lo justo.

—Son depredadores de emboscada.

Rubí miró hacia las marcas del suelo.

—Por eso seis pisadas y arrastre.

—La cola. Espinosa. Las espinas son pequeñas, pero serradas. Un coletazo no necesita atravesarte para abrirte la piel.

—Perfecto. Cola que corta, manos que cortan, dientes que cortan.

—Los dientes son finos. Inclinados hacia dentro. Si algo entra en esa boca, salir solo lo despedaza más.

Rubí hizo una mueca.

—Me caía mejor cuando solo era una recompensa.

—Su boca puede abrirse casi al doble del tamaño de la cabeza. Traga presas grandes. Luego la bilis hace el resto.

—¿La misma bilis milagrosa?

—La misma. En reposo se acumula. Cuando devora, se descarga para neutralizar toxinas, ponzoñas, mutaciones y residuos de aura.

Rubí volvió a mirar el aviso del gremio.

—Eso explica por qué los alquimistas deben estar babeando.

—Los alquimistas babean por muchas cosas.

—Tú también.

—Yo tomo notas.

—Con cara de frasco.

Noctalypse no negó nada.

Rubí caminó hasta una de las cercas rotas y pasó dos dedos por el borde astillado. Había una película viscosa, casi seca, pegada a la madera.

—Dijiste que huelen la magia.

—No exactamente.

—No empieces.

—Sus branquias.

—¿Branquias?

—No son solo respiratorias. Funcionan como receptores de aura. Detectan maná, densidad vital, corrupción, venenos, técnicas cargándose. Si levantas una llamarada demasiado pronto, te siente antes de verte.

Rubí apretó los dedos contra la madera.

—Entonces no puedo quemarlo desde lejos.

—Podrías intentarlo.

—No me hagas desperdiciar fuego para probar tu punto.

—No pensaba hacerlo.

Rubí entrecerró los ojos.

—Y las flechas.

—Rebotan o resbalan. La piel es elástica y distribuye el impacto. Una hoja entra mal, pierde presión, patina. No es imposible herirlo, pero cortar no es la forma inteligente de cazarlo.

—Mi espada acaba de sentirse insultada.

—Dile que lo supere.

Rubí soltó una risa breve, sin humor del todo.

—Entonces, ¿qué lo mata?

—Impacto. Peso. Golpes secos. La piel dispersa filos, no ondas de choque. Un martillo, una roca, una caída bien calculada.

—Ah, claro. Facilísimo. Solo hay que acercarse a la boca gigante, las garras, la cola serrada y las branquias que sienten mi aura para pegarle con algo pesado.

—Es una descripción razonable del problema.

Rubí lo miró con ganas de prenderlo fuego.

—Noct.

—¿Sí?

—Cuando esta cosa aparezca, vas a decirme exactamente qué más sabes.

Noctalypse guardó silencio.

Rubí dio un paso hacia él.

—Ese silencio no cuenta como respuesta.

—Lo sé.

—Entonces responde.

Noctalypse miró hacia la quebrada. Por un instante, el aire pareció quedarse sin insectos.

—Cuando aparezca —dijo—, no vamos a tener tiempo para discutir.

Rubí sintió que algo, en algún lugar más adelante, acababa de moverse. No lo vio ni lo oyó. Pero los animales de la villa sí: se callaron todos al mismo tiempo.

El camino hacia los corrales viejos descendía por una franja de tierra húmeda, apretada entre árboles torcidos y rocas cubiertas de musgo oscuro. La villa quedaba atrás, con sus puertas cerradas, sus ventanas atrancadas desde dentro y ese silencio de gente que intenta no hacer ruido para que la desgracia pase de largo.

Rubí avanzaba primero. No rápido, no como quien busca llegar antes, sino despacio, con la mano cerca de Vulcania Ignis y los ojos atentos al suelo, a las ramas, a la dirección del viento. Su respiración iba baja, medida. Cada cierto tramo se detenía, olía el aire y luego seguía.

Noctalypse iba detrás, más silencioso de lo que cualquier persona normal habría logrado, pero no lo suficiente para ella.

Rubí levantó una mano. Noctalypse se detuvo.

—Espera —susurró ella.

Él miró hacia el sendero estrecho que se abría entre dos árboles. Rubí negó con la cabeza.

—Por ahí no. Contra el viento. Así no nos huele.

Noctalypse ladeó apenas la mirada, obedeciendo sin discutir. Rubí cambió la ruta hacia una pendiente más incómoda, con barro entre raíces y piedras pequeñas que se movían bajo las botas. Noctalypse dio dos pasos.

Rubí se giró de golpe.

—No camines así, idiota.

Él bajó la vista a sus propios pies.

—Estoy caminando.

—Estás anunciando una feria. Punta, talón, luego la planta con suavidad. Sin arrastrar. Un pie primero, luego el otro.

—La mayoría de la gente camina con un pie primero y luego el otro.

Rubí lo miró. Noctalypse corrigió la postura.

—Punta, talón, planta suave. Entendido.

—Y no respires como si estuvieras aburrido.

—¿También respiro mal?

—Hoy sí.

Siguieron avanzando. El bosque empezó a cambiar alrededor de ellos: la tierra tenía surcos irregulares, como si algo pesado hubiera pasado arrastrando una cola; sobre una piedra había plumas pegadas con una sustancia verdosa; más adelante encontraron patas de pollo desperdigadas sobre el barro, luego alas rotas, huesos finos, tendones secos. Pero ningún cuerpo.

Rubí se agachó junto a los restos y frunció la nariz.

—Qué asco.

Noctalypse se inclinó apenas, sin tocar nada.

—Busca carne y grasa. Deja lo más fibroso atrás.

—¿Come así siempre?

—Cuando está hambriento, sí. Va por lo eficiente.

Rubí se levantó despacio, con la boca torcida.

—Maravilloso. Un monstruo con dieta práctica.

Dieron unos pasos más. El olor llegó antes que la imagen. Rubí se detuvo. Noctalypse también.

Entre dos troncos partidos había una vaca tendida sobre un costado. El cuerpo estaba casi entero, salvo por una ausencia brutal en la parte superior: no tenía cabeza, y el corte era irregular, aplastado, como si algo no la hubiera mordido solamente, sino arrancado con presión y torsión.

Rubí tragó saliva.

—Explica eso.

Noctalypse miró el cuerpo, después las marcas en la tierra, después la dirección del arrastre.

—Sesos.

Rubí lo miró de reojo.

—¿Qué?

—Son más nutritivos.

Rubí hundió la barbilla contra el pecho.

—Por si acaso.

—¿Por si acaso qué?

—Por si le da por revisar si los míos vienen con relleno.

Noctalypse no sonrió, aunque estuvo cerca.

El rastro seguía hacia una depresión natural entre rocas. El aire se volvió más húmedo, y cada paso olía a bilis seca, barro revuelto y animal asustado. Rubí levantó dos dedos y señaló hacia la izquierda. Noctalypse asintió.

A través de los arbustos, lo vieron.

Al principio fue solo una masa encorvada junto a una zanja, demasiado baja y demasiado larga, ocupada en algo que ya no tenía forma reconocible. La piel —verde oscuro y parda, tensa, brillante en unos puntos y mate en otros, como cuero anfibio estirado sobre músculo— subía y bajaba con la respiración. Sin proponérselo, Rubí contó los apoyos contra el suelo. Seis. Otra vez seis.

Entonces la cosa se irguió para tragar, y la mitad delantera del cuerpo se alzó donde ningún cuerpo debería alzarse: un torso alto sobre la bestia agachada, como un jinete que hubiera crecido del lomo equivocado. De él colgaban dos brazos largos, casi hasta el barro, y cada mano terminaba en tres dedos. Tres cuchillas. La del medio, más larga.

A los lados del cráneo, seis branquias carnosas se abrieron despacio, ramificadas como antenas vivas, tanteando el aire. La cara recordaba a un ajolote, si un ajolote pudiera tener hambre de algo más grande que él. Y cuando Rubí le vio por fin los ojos —rojos, bajos, encendidos bajo la sombra de los árboles—, entendió por qué Noctalypse no había querido describírselo antes.

Rubí observó. Respiró una vez. Luego alzó la mano despacio, cerró el puño y apuntó dos dedos hacia su propia espada. Lista.

Noctalypse asintió.

Rubí deslizó a Vulcania Ignis fuera de la vaina. A simple vista era una espada, y lo fue durante un instante. Después el fuego nació en la empuñadura como un hilo rojo y giró alrededor de sus manos sin estallar ni rugir, envolviéndose en torno al metal como un tornado contenido, un manto ígneo a la espera de una orden. La hoja vibró, leyó la intención de Rubí y se separó en dos con un sonido limpio, casi musical: una mitad quedó como espada; la otra se plegó, se ensanchó y tomó forma de escudo de una mano, compacto, oscuro en el centro y encendido en los bordes.

Rubí flexionó los dedos. El fuego le subió por el antebrazo y luego se apagó hasta quedar bajo control.

Noctalypse dio un paso para tomar posición, y su bota encontró una costilla seca escondida bajo las hojas. Crac.

La cabeza del animal se levantó.

Rubí cerró los ojos un instante.

—Noct.

—Sí.

—Te voy a matar después.

Las seis branquias se abrieron de golpe, ya no suaves sino tensas como abanicos, captando el aire, el aura, el miedo, el calor. La criatura giró con una brusquedad imposible para un cuerpo tan grande, y desde su garganta salió un gruñido bajo, profundo, parecido al temblor gutural de un cocodrilo antes de cerrar la mandíbula. Cuando agitó las branquias, el gesto no tenía nada de adorno: era la advertencia de un cascabel avisando que el juego había terminado.

La cosa cargó, y no hacia Rubí: hacia Noctalypse.

Noctalypse intentó retroceder, pero el barro cedió bajo su pie y cayó de espaldas.

Rubí se movió antes de pensar. Entró por el lado derecho —escudo arriba, hombro firme, piernas bajas— y el impacto llegó como una carreta lanzada cuesta abajo. Empujó con el escudo y el fuego se abrió en una media luna; el cuerpo se desvió apenas, lo justo para que los dientes no alcanzaran a Noctalypse. Una garra raspó el borde del escudo y sacó chispas.

Rubí giró sobre sí misma, cargando fuego en la pierna. Vio el hueco: costillas laterales, músculo expuesto entre dos apoyos. Un golpe ahí podía romper algo por dentro. Alzó la pierna.

La bestia levantó ambos brazos. Las garras se cruzaron como cuchillas. Rubí bajó la pierna de inmediato y metió la espada entre ella y el monstruo.

Clink. El sonido fue seco, feo, metálico: espada contra garra. Los dos retrocedieron.

Noctalypse rodó hacia un lado y se puso de pie, con la capa manchada de barro.

—Estoy bien.

—No pregunté.

Rubí avanzó de nuevo. El fuego giró en sus manos: el escudo se deshizo en brasas, volvió hacia la hoja principal y ambas partes de Vulcania Ignis se juntaron. El metal se alargó, se estrechó, y una punta ardiente nació al frente. Lanza.

Rubí la tomó con ambas manos.

—Vamos a ver cuánto resbalas.

Noctalypse extendió los dedos hacia el suelo. Las sombras bajo el animal se estiraron como charcos vivos: una atrapó una pata, otra se cerró sobre la segunda. El monstruo se sacudió. Noctalypse apretó la mano, y dos patas más quedaron sujetas.

—Cuatro —dijo.

—Te faltan dos.

—Lo noté.

Rubí entró con la lanza. La punta fue directo al pecho. La criatura abrió la boca —un túnel de dientes inclinados hacia dentro— y lanzó otro gruñido. Rubí no frenó. La lanza tocó la piel.

Y resbaló.

La punta se hundió apenas, perdió presión y patinó hacia un lado como si el pecho fuera cuero mojado sobre caucho vivo. La propia inercia arrastró a Rubí hacia delante. Demasiado cerca. Las garras bajaron.

Noctalypse abrió la mano de golpe. Un charco de sombra apareció bajo los pies de Rubí y la tragó como agua negra. La garra cruzó el espacio donde había estado su cuello. Algo rojo cayó al barro: un mechón de pelo.

Rubí emergió dos pasos atrás, expulsada por la sombra como si la superficie del suelo la hubiera devuelto. Se tocó el cabello. Vio el mechón en la tierra. Sus ojos se encendieron.

—Casi. Casi me cortan la cabeza.

Noctalypse miró el mechón.

—Fue más bien el cabello.

Rubí lo miró con una furia lenta.

—Noct.

—Mal momento. Entiendo.

La bestia se sacudió con violencia. Su cola espinosa barrió el suelo y cortó las sombras que le sujetaban las patas: no las disipó como magia elegante, sino que las desgarró, abriéndolas en tiras oscuras que se deshicieron contra las piedras.

Noctalypse retrocedió un paso.

—Eso tampoco debería ser fácil.

—¡Me encanta cuando tus teorías se deprimen!

La criatura se volvió más agresiva. Ya no cargaba de frente: empezó a lanzar coletazos rápidos, bajos, serrados. Rubí levantó la lanza, bloqueó uno con el asta y sintió las pequeñas espinas raspar el metal. Otro coletazo le pasó cerca del muslo; alcanzó a saltar, pero una punta le abrió la tela del pantalón.

—¡Ja! ¡Ni se te ocurra cobrarme eso también!

El monstruo giró y golpeó de nuevo. Rubí defendió, retrocedió, cambió el peso, buscó una apertura entre las seis patas; pero la cosa se movía demasiado rápido para su tamaño, y cada vez que una pata dejaba un hueco, otra lo cerraba.

Vulcania Ignis tembló en sus manos. Rubí apretó los dientes.

—Ya entendí.

El fuego volvió a girar. La lanza se contrajo, se partió en dos núcleos de metal ardiente y se unió de nuevo con violencia; el manto ígneo subió por sus brazos como un remolino. La forma cambió: el asta se acortó, el peso se concentró en la punta y la cabeza del arma se ensanchó hasta formar un martillo de guerra, un lado plano, el otro puntiagudo.

Rubí respiró hondo y sintió el tirón en el pecho. Otra transformación. Más aura gastada, más calor saliendo de ella. No importaba.

El monstruo cargó. Rubí corrió hacia él.

—¡Ahora sí, feo!

Saltó alto. La bestia levantó la cola para interceptarla; el coletazo llegó con un silbido serrado, pero Rubí giró el cuerpo en el aire y descargó el martillo con ambas manos.

El impacto cayó sobre el costado de la criatura. En lugar de cortar, hundió. La onda atravesó la piel elástica y el animal soltó un sonido áspero, casi ahogado. Sus seis patas perdieron coordinación; retrocedió, arrastrando las garras por el barro, y una roca se partió bajo su peso.

Rubí cayó de rodillas, se levantó al instante y alzó el martillo por encima del hombro. La criatura estaba aturdida, la cabeza baja, las branquias temblando sin ritmo.

Rubí apuntó al cráneo. Un golpe más. Uno.

—¡Espera! —gritó Noctalypse.

Rubí frenó por instinto. El martillo quedó suspendido a un palmo de empezar a caer.

La cosa no esperó. Se dobló sobre sus seis patas, lanzó un gruñido roto y corrió hacia la quebrada, llevándose ramas, barro y piedras por delante. En segundos se metió entre árboles densos. Después solo quedó el temblor de la vegetación, y luego el silencio.

Rubí bajó el martillo muy despacio. El fuego alrededor de Vulcania Ignis empezó a recogerse, pero no del todo: la cabeza del martillo seguía ardiendo.

Rubí se giró hacia Noctalypse.

—Noct.

Él no dijo nada.

—¿Qué carajos?!

Noctalypse levantó una mano.

—Rubí—

—¡Era el golpe final! Pensé que me avisabas porque algo me iba a pasar, pero no pasó nada. La bestia estaba aturdida. Tienes tres segundos para explicarme antes de que te haga ceniza con todo y sombras.

—Rubí, sé que se ve mal, pero tiene una explicación.

Ella dio un paso hacia él.

—Uno.

—Rubí, cálmate. Esto tiene un propósito mayor.

—Dos.

—Ya. Necesito vivo a ese monstruo.

Rubí abrió los ojos. Luego sonrió sin alegría.

—¿Para qué? Porque no creo que sea para mascota. Ni para que me digas que quieres investigarle la orina o quizás qué fluidos.

—No. No es eso.

—Qué alivio. Igual quiero pegarte.

—Piénsalo por ti misma. ¿Qué hace una cosa así en una villa tan pacífica? Los Devoradores de Éter evitan el ruido, las multitudes, el metal trabajado, el humo de cocina, los perros, las campanas. No deberían venir aquí.

—No tengo ganas de pensar cuando estoy enojada.

—Lo sé.

—Y aun así sigues hablando.

Noctalypse respiró hondo.

—Mira. Disculpa. No te conté todo y te debo una explicación.

Rubí apoyó el martillo contra el suelo. El peso abrió una marca en el barro.

—No solo una explicación. Por lo menos tres cenas gratis. Empanadas por un mes cuando se me antoje y—

—Oye, no. Siempre estás antojada de empanadas.

—Exacto. Y no estás en posición de negociación. ¿Sabes todo lo que tuve que gastar en esto? Dinero, equipo, tiempo… tiempo que podría estar con Yuki o Lyzi en vez de estar jugándome la vida aquí. Yo no soy un espíritu eterno como Lyzi. Siento hambre, frío, tengo que comprar cosas, ropa, pagar posadas. No soy una reina como Yuki, que no debe preocuparse de qué comer mañana o pasado. Tú… tú no entiendes nada.

Noctalypse bajó la mirada. Esta vez no respondió rápido.

Rubí respiraba fuerte. El enojo le temblaba en los hombros, pero debajo había algo más: un cansancio viejo, práctico, lleno de cuentas pendientes y noches mal dormidas.

—Sí entiendo, Rubí —dijo él al fin—. Perdón.

Ella apretó los dedos contra el mango de Vulcania Ignis.

—Yo no tengo que jugar al héroe científico como tú. Me juego la vida para vivir un día más.

—Tienes razón. Debí contarte desde el principio.

Rubí lo sostuvo con la mirada.

—Estoy esperando.

Noctalypse miró hacia la quebrada por donde el monstruo había escapado.

—Ese animal no estaba cazando por expansión territorial. Estaba desplazado.

—¿Y?

—Un Devorador de Éter adulto no abandona su hábitat natural salvo que tenga hambre extrema, enfermedad o presión de un depredador superior.

Rubí frunció el ceño.

—¿Superior a eso?

—Eso es lo que necesito confirmar.

—Noct.

—Los rastros no encajan con un ejemplar dominante. Come rápido, deja restos útiles, evita matar personas aunque puede hacerlo. Está invadiendo, pero actúa como si también estuviera huyendo. Si lo matábamos aquí, cobrábamos la recompensa y eliminábamos el síntoma. La causa seguiría allá dentro.

Rubí miró hacia la quebrada. El bosque parecía más oscuro en esa dirección.

—Querías que retrocediera.

—Sí.

—Querías que nos llevara a su madriguera.

—Sí.

—Y no pensabas decírmelo.

Noctalypse cerró los ojos un segundo.

—No estaba seguro.

—Eso no mejora nada.

—Lo sé.

Rubí levantó el martillo apenas.

—Sigue.

—La bilis de estos animales puede neutralizar toxinas, ponzoñas y maldiciones de origen orgánico. Por eso el gremio paga bien por una vesícula entera. Pero hay algo más raro: en algunos ejemplares, bajo condiciones muy específicas, la vesícula forma cálculos de aura.

Rubí parpadeó.

—¿Cálculos?

—Piedras. Gemas, si quieres decirlo de forma menos médica.

El enojo de Rubí no se fue; solo se corrió de lugar para hacerle sitio a otra cosa.

—¿Gemas?

Noctalypse la miró con cautela.

—No empieces.

—¿Gemas de cuánto?

—Rubí.

—No, no. Dijiste gemas. Ya lo dijiste. No puedes desdecir una gema después de decir gema.

—Son extremadamente raras.

—¿De cuánto?

Noctalypse suspiró.

—Dependiendo de pureza, tamaño y estabilidad… una podría valer cinco veces más que la recompensa del gremio.

Rubí se quedó inmóvil. El martillo ardió con un pulso alegre.

—Cinco.

—Podría.

—Veces.

—En un caso excepcional.

—Más.

—Con muchas condiciones.

—Que la recompensa.

—Rubí, escúchame.

Ella giró despacio hacia la quebrada.

—Ese lagarto con branquias acaba de convertirse en una oportunidad de inversión.

—No es un lagarto. Y no es una oportunidad de inversión.

—Noct, yo conozco un billete de lotería cuando intenta cortarme la cabeza.

—La probabilidad es baja. Bajísima. La mayoría no tiene nada. Solo bilis. Y cazar uno cuesta equipo, curaciones, horas, riesgo físico, transporte, conservación del órgano, permisos del gremio y suerte. Por eso nadie los explota en masa. No vale la pena.

Rubí lo miró.

—Para cobardes.

—Para economistas.

—Peor.

—Además, si lo matas y no tiene cálculo, perdiste recursos. Si lo tiene y lo rompes durante el combate, perdiste la piedra. Si la bilis se contamina, perdiste valor. Si el cuerpo se descompone, perdiste casi todo. Si te muerde, perdiste la cabeza.

—Detalles.

—Importantes.

Rubí bajó la mirada al mechón rojo tirado en el barro. Luego volvió a mirar la quebrada.

—¿Y tú crees que este tiene?

—Creo que este nos llevará a algo que podría tenerlo.

Rubí entrecerró los ojos.

—Eso sonó peor.

Noctalypse tardó demasiado en responder.

—Porque probablemente lo es.

El viento cambió entre los árboles. Rubí sintió el olor de la bilis, más lejano ahora, mezclado con roca húmeda y oscuridad de cueva. Vulcania Ignis regresó despacio a forma de espada, aunque el fuego siguió enrollado alrededor de su mano como una serpiente roja a la espera de otra orden.

—Tres cenas —dijo ella.

—Rubí—

—Empanadas por un mes cuando se me antoje.

—Eso es financieramente imprudente.

—Y el veinte por ciento de cualquier gema.

—No hay ninguna gema todavía.

—Entonces no te preocupes.

Noctalypse la observó un momento. Luego, contra todo pronóstico, sonrió apenas.

—Tienes una suerte irritante.

Rubí apoyó la espada sobre el hombro.

—No. Tengo hambre, deudas y talento.

—Una combinación peligrosa.

—La mejor combinación.

Noctalypse miró las huellas frescas que se internaban hacia la quebrada.

—Entonces seguimos el rastro.

Rubí pasó junto a él y le dio un golpe con el hombro, lo justo para hacerlo tambalear.

—Y si vuelves a gritar «espera» cuando esté por aplastar algo, más vale que sea porque el mundo se va a partir en dos.

—Lo tendré presente.

—Punta, talón, planta suave.

—Sí.

—Sin arrastrar.

—Sí.

—Y no te tropieces.

Noctalypse miró la costilla seca que había pisado antes.

—Eso fue una colaboración desafortunada del terreno.

Rubí siguió avanzando hacia la quebrada.

—El terreno también te odia.

El rastro se perdía entre árboles rotos, barro abierto y manchas de bilis verdosa que apenas brillaban bajo la sombra. Más allá, donde la quebrada se cerraba, la tierra parecía respirar frío.

Rubí ajustó la mano en Vulcania Ignis. Noctalypse caminó detrás, esta vez con más cuidado. Punta. Talón. Planta suave.

Y en algún lugar del fondo, muy lejos todavía, algo enorme respondió con un gruñido bajo.

El rastro del Devorador se hundía hacia la quebrada como una herida abierta en la tierra.

Rubí caminaba delante, aunque cada pocos pasos miraba hacia atrás para asegurarse de que Noctalypse no estuviera inventando otra forma elegante de arruinarle la vida. Vulcania Ignis descansaba en su mano, otra vez con apariencia de espada común, pero el metal todavía guardaba calor: una llama que no se veía, una promesa que no se apagaba.

Noctalypse avanzaba detrás de ella, más atento al terreno que antes. Punta, talón, planta suave; sin arrastrar.

Rubí lo oyó corregirse y sonrió apenas, solo porque él no podía verla.

El rastro los llevó entre rocas altas, árboles cada vez más flacos y manchas de bilis seca que brillaban con un verde apagado sobre la piedra. Había pelos pegados en algunas raíces, trozos de piel de animal, huesos partidos. El aire olía a barro húmedo, a entrañas viejas y a algo amargo que se quedaba en la lengua.

Durante un buen tramo no hablaron, hasta que Rubí se detuvo. Noctalypse también. Ella no se giró de inmediato.

—Noct.

—¿Sí?

—Dime que lo de pisar el hueso no fue un accidente.

El silencio respondió primero. Rubí cerró los ojos. Noctalypse suspiró.

—Culpable.

Rubí se giró despacio, muy despacio.

—Lo sabía.

—Rubí—

—¡Lo sabía! Pude matarlo mientras comía, pero hiciste eso para que el maldito monstruo supiera de nosotros.

—Necesitaba que retrocediera.

—¡Casi me separa la cabeza de mi hermoso cuerpo!

Noctalypse miró el mechón de cabello que ella había guardado con rabia dentro de uno de los bolsillos del cinturón.

—No iba a dejar que eso pasara.

Rubí entrecerró los ojos. La respuesta le pegó en un lugar incómodo, así que decidió molestarse más.

—Por eso usaste solo magia defensiva.

—Culpable de nuevo.

Rubí levantó un dedo hacia él.

—Perfecto. Ahora irás tú al ataque. Yo defenderé. A ver si te hace gracia.

Noctalypse tragó saliva. La respiración se le desordenó apenas.

Rubí abrió una sonrisa lenta, satisfecha.

—Aaaahhh, así me gusta. Más consciente de lo tonto que fuiste.

Noctalypse se acomodó el cuello de la ropa como si el aire de pronto le quedara estrecho.

—Solo para precisar, mi especialidad no es recibir garras en la cara.

—La mía tampoco y mírame. Hermosa, funcional y casi decapitada.

—Lo de «casi» es importante.

Rubí dio un paso hacia él.

—Sigue hablando y lo borro.

Noctalypse cerró la boca.

El viento descendió por la quebrada con un murmullo frío. Durante unos segundos solo se oyó el goteo de agua entre las rocas y el roce de una rama seca contra otra.

Rubí volvió a mirar hacia el fondo del camino.

—Noct…

—No te pongas sentimental —dijo él enseguida—. Ya te pedí perdón y sí, vamos a salir con vida. Usaré mi técnica siete si es necesario.

Rubí se giró con una indignación limpia.

—¡Imbécil! ¡No me interrumpas! Ya estás más que endeudado emocionalmente conmigo.

—Eso suena peligroso.

—Lo es. Te digo que si salimos con vida de esta, tendrás que llamarme «Rubí reina solar volcano máxima autoridad de las autoridades» y recitarme un poema de cuatro barras que rime con mi nombre.

Noctalypse la miró. Ella lo miró de vuelta, muy seria.

Las sombras comenzaron a reunirse lentamente a los pies de Noctalypse. Un vórtice pequeño, oscuro y circular se abrió detrás de él.

Rubí bajó la mirada.

—¿Qué haces?

—Me devuelvo.

—¿Qué?

—La vesícula no vale tanto como tener que hacerte poemas cada vez que te salude.

Rubí lanzó una bola de fuego sin pensarlo. La llama cruzó el aire, golpeó el borde del vórtice y lo diluyó en una nube de humo negro que se deshizo entre las piedras.

Noctalypse observó el lugar donde su salida acababa de morir.

—Eso fue hostil.

—Bueno, quizás exageré un poco —dijo Rubí—. Pero tendrás que llamarme por ese título solamente.

—No.

—Sí.

—Rubí.

—Rubí reina solar volcano máxima autoridad de las autoridades.

—No voy a decir eso cada vez.

—Lo dirás.

—Tres días.

—Una semana.

—Tres días.

—Cinco.

—Cuatro.

Rubí cruzó los brazos.

—Cuatro y medio.

Noctalypse la estudió con sospecha.

—¿El medio es mañana o noche?

Rubí se lo pensó de verdad. El detalle era importante.

—Noche.

—¿Por qué?

—Porque si es mañana pierdo parte del título durmiendo mucho.

Noctalypse abrió la boca. Luego la cerró.

—Eso es, lamentablemente, una lógica coherente.

Rubí sonrió con toda la satisfacción del mundo.

—Entonces queda pactado.

—Bajo coacción.

—Bajo justicia.

—Bajo amenaza de incendio.

—Detalles legales.

Siguieron caminando.

La quebrada se volvió más estrecha. Las paredes de roca subían a ambos lados —oscuras, húmedas, cruzadas por raíces gruesas que colgaban como venas— y el suelo descendía en una pendiente irregular hacia una boca de cueva enorme, medio oculta por matorrales aplastados. Alrededor de la entrada, la tierra estaba llena de marcas de seis patas. Muchas. Demasiadas.

Rubí alzó una mano. Noctalypse se detuvo a su lado.

Abajo, en una hondonada antes de la entrada, había un nido. No de ramas: de barro compactado, huesos, piel seca y bilis endurecida. Varias criaturas se movían entre las sombras, más pequeñas que el Devorador que habían enfrentado, pero con la misma silueta —seis patas reptilianas, torsos erguidos, brazos largos, branquias de ajolote temblando en el aire—.

Rubí contó al menos seis. Quizás más. Apretó la mano sobre Vulcania Ignis.

—Noct.

—Sí.

—Dime que eso no es lo que creo que es.

—Depende de lo que creas que es.

—Un nido lleno de esas cosas.

—Entonces sí.

Rubí lo miró con una calma falsa.

—Maravilloso.

Noctalypse entrecerró los ojos, observando los movimientos del grupo.

—Son hembras.

Rubí giró la cabeza hacia él.

—¿Cómo sabes que son solo hembras?

Noctalypse levantó un dedo, preparándose para explicar. Rubí alzó la palma frente a su cara.

—No. Mejor no quiero saberlo.

—Es una diferencia anatómica bastante—

—No quiero saberlo.

—Podría ser útil.

—Noct.

—Sí.

—Si la explicación empieza a oler a frasco, te empujo al nido.

Noctalypse aceptó el límite con un gesto mínimo.

Las criaturas de abajo no parecían tranquilas. Se movían en círculos, inquietas, hambrientas. Algunas lamían restos secos del suelo; otras se empujaban con los hombros, gruñendo bajo. Sus branquias se abrían y cerraban, captando algo que venía desde la cueva.

Rubí frunció el ceño.

—No están cuidando el nido.

—No.

—Están esperando.

—Sí.

El suelo vibró. Al principio fue leve —una piedrecilla rodó junto al pie de Rubí, luego otra—, hasta que el temblor subió por la roca y se le metió en las rodillas.

Rubí bajó el centro de gravedad.

—¿Cuántos?

Noctalypse observó la boca de la cueva.

—No son pasos múltiples.

El temblor volvió, más pesado, más profundo, como un ariete golpeando una puerta desde el otro lado del mundo.

Rubí tragó aire por la nariz.

—Eso no es un ejército pequeño.

—No.

Otro impacto, y la hondonada entera pareció responder.

—¿Un ariete?

—Tampoco.

La cueva exhaló. No fue viento, sino una presión fría y húmeda, cargada de un olor blanco y amargo. Las hembras del nido se apartaron de inmediato; no huyeron, se ordenaron a los lados con una disciplina animal, obedeciendo algo más antiguo que el miedo.

Rubí sintió cómo se le tensaba la mano sobre la empuñadura.

De la oscuridad salió primero una garra, pálida y enorme. Luego otra.

La criatura emergió de la madriguera con una lentitud pesada, como si el mundo tuviera que hacerle espacio. Era un Devorador de Éter, pero triplicado, deformado por una grandeza enferma. Su piel no era verde ni parda, sino blanca, grisácea, casi nacarada, con zonas translúcidas donde se adivinaban venas oscuras bajo la superficie. Las seis patas eran gruesas como troncos jóvenes. El torso erguido se alzaba muy por encima de las hembras, y los brazos largos llegaban casi al suelo, terminados en garras desproporcionadas.

Sus branquias ya no parecían flores, sino coronas de carne pálida: seis a cada lado de la cabeza, largas, ramificadas, temblando con una sensibilidad horrible, cada una recorrida por venas rojizas que palpitaban al ritmo de su respiración.

Los ojos eran rojos —no el rojo de la rabia, sino el de las brasas vistas bajo el hielo.

Rubí no habló. Noctalypse tampoco.

El Devorador común que habían seguido apareció entre los árboles del otro lado de la hondonada, herido, aturdido todavía, con la piel hundida donde Rubí lo había golpeado. Avanzó un par de pasos hacia la entrada, gruñendo bajo —quizá por instinto, quizá por obediencia, quizá porque ya no tenía otro lugar al que ir.

El albino giró la cabeza. Lo vio.

No hubo amenaza, ni rugido, ni disputa de territorio. Solo movimiento: el brazo pálido cayó como una guillotina y el zarpazo partió al Devorador común por la mitad.

Rubí sintió que el estómago se le cerraba.

El torso erguido salió despedido hacia un lado, separado del cuerpo inferior con una facilidad absurda. Las seis patas quedaron pataleando en el barro, todavía intentando correr sin saber que ya no llevaban nada; la cola se enroscó y golpeó el suelo, abriendo surcos, retorciéndose con una violencia inútil.

La parte superior del Devorador cayó cerca de unas rocas. Seguía viva. Gruñía con desesperación, clavando las garras en el barro, arrastrándose hacia ninguna parte.

Las hembras se lanzaron sobre él, no con crueldad sino con hambre, con pura supervivencia. Mordieron carne, branquias, brazos, tendones. Una hundió la boca en el costado abierto; otra le arrancó una garra y la tragó casi entera. Los gruñidos del Devorador común se mezclaron con el sonido húmedo de mandíbulas trabajando rápido.

Rubí no hizo ninguna broma. Noctalypse se puso serio de una forma que no necesitaba palabras.

Abajo, el albino ni siquiera miró el festín. Se quedó inmóvil frente a la entrada de la madriguera, respirando lento, con las branquias extendidas hacia el aire. El entorno pareció apagarse alrededor de su boca.

Rubí sintió algo extraño en Vulcania Ignis: una resistencia mínima, como si el fuego dentro del arma hubiera bajado la voz. Noctalypse lo notó también; sus sombras, pegadas a las piedras, se encogieron apenas.

El albino abrió la boca. No del todo, solo un poco: lo suficiente para mostrar un túnel de dientes finos, blancos, inclinados hacia adentro; lo suficiente para que el aire entre ellos se doblara hacia esa garganta.

Una hoja seca se levantó del suelo; luego una chispa perdida del arma de Rubí; luego una hebra de la sombra de Noctalypse. Todo fue arrastrado hacia esa boca y desapareció.

Rubí apretó los dientes.

—La Muerte Blanca.

Noctalypse la miró de reojo.

—¿Acabas de bautizarlo?

—Sí.

—Es un buen nombre.

—Lo sé.

El albino cerró la boca, y el mundo pareció respirar otra vez.

Rubí no apartó la vista de la criatura.

—Tenías razón.

Noctalypse tampoco se movió.

—Preferiría que eso sonara menos grave.

—No te acostumbres. No lo voy a repetir.

Abajo, las hembras seguían devorando al Devorador común. Las patas ya no pataleaban con tanta fuerza; la cola aún se retorcía, pero cada movimiento era más débil. El torso erguido desaparecía bajo bocas hambrientas.

Rubí tragó saliva.

—Eso es más peligroso que un Devorador suelto en una villa.

—Sí.

—Mucho más.

—Sí.

—Y tú querías confirmar si existía.

Noctalypse guardó silencio.

Rubí lo miró apenas.

—Noct.

—Sí.

—Si esa cosa nos ve, no hay cuatro días y medio de título que te salven.

—Lo sé.

La Muerte Blanca bajó la cabeza hacia las hembras. Las branquias se abrieron. Todas se apartaron al instante.

La criatura albina dio un paso, y la hondonada tembló.

Rubí se agachó detrás de la roca y obligó a Noctalypse a bajar con ella, sujetándolo por la ropa.

—Punta, talón, planta suave —susurró él, casi sin aire.

Rubí lo miró con los ojos encendidos.

—Ahora ni respires.

Noctalypse obedeció. Por primera vez en todo el camino, no pareció una exageración.

El gruñido llegó desde el fondo de la quebrada y se quedó un momento entre los árboles, grave, bajo, con algo de roca molida en la garganta.

Rubí no se movió. Noctalypse tampoco.

La sombra del bosque pareció ensancharse delante de ellos, apretada entre troncos partidos, barro abierto y manchas de bilis verdosa. La criatura había escapado, pero no se había ido: solo había retrocedido hacia un lugar donde el terreno, la oscuridad y el hambre estaban de su lado.

Rubí respiró por la nariz.

—Oye.

Noctalypse la miró de reojo.

—¿Sí?

—¿Y no puedes decirle a Tenebrys, ya sabes, esa cosa horrible que vive dentro de ti, que lo aniquile? O que solo lo decapite. O que con una sombra lo deje como anticucho. Algo limpio. Rápido. Dramático. Útil.

Noctalypse siguió mirando hacia la quebrada. Tardó en responder, como si la pregunta hubiera pasado primero por varios filtros internos antes de merecer palabras.

—Pedirle eso a Tenebrys sería como querer matar una mosca con un cañón.

Rubí alzó una ceja.

—He visto moscas que lo merecen.

—Perderíamos a la Muerte Blanca como espécimen.

Ella torció la boca.

—No me gusta cuando dices «espécimen» de algo que casi me cortó el pelo con la cabeza incluida.

—La vesícula, la bilis, cualquier cálculo de aura y probablemente media quebrada quedarían reducidos a un problema teológico.

Rubí lo miró con disgusto.

—Odio cuando dices cosas razonables en momentos donde quiero violencia.

—Lo haces sonar como una falta de cortesía.

—Lo es.

Noctalypse volvió la vista hacia el rastro.

—Además, Tenebrys no decapita un poco.

Rubí apretó la mano sobre Vulcania Ignis.

—Qué espíritu tan poco colaborativo.

—Se lo diré de tu parte.

—Dile también que si quiere vivir gratis dentro de alguien, podría aportar algo más práctico.

Noctalypse abrió la boca, la cerró y decidió no responder.

Rubí señaló la quebrada con la barbilla.

La primera noche no trajo ataque, sino humedad. La quebrada respiraba frío desde abajo, y el viento subía por las piedras con olor a musgo podrido, bilis seca y tierra abierta. Rubí levantó la carpa en una pequeña terraza natural, protegida por dos rocas grandes y un árbol torcido cuya raíz parecía una mano agarrada al borde del mundo. No era un mal sitio: tenía cobertura, vista parcial del sendero y suficiente distancia para no dormir encima del rastro.

Tenía otro problema. La carpa era para una persona.

Rubí entró primero, dejó Vulcania Ignis a mano, acomodó el cinturón de bolsillos junto a la manta y sacó la cabeza por la abertura. Noctalypse estaba junto a la fogata, sentado sobre una piedra húmeda, con la capa recogida alrededor del cuerpo y la vista fija en el bosque.

—Vas a oler a humedad —dijo ella.

—Estoy bien.

—No dije que estuvieras mal. Dije que vas a oler a humedad.

—Es distinto.

Rubí lo observó un momento. La fogata ardía baja, apretada sobre sí misma, apenas suficiente para mantener un corazón rojo entre las ramas. Noctalypse tenía barro seco en la bota, barro fresco en el borde de la capa y esa expresión insoportable de quien había decidido sufrir con dignidad.

—Entra.

—No hace falta.

—No te estoy ofreciendo un palacio. Te estoy diciendo que entres antes de que empieces a oler como calcetín de ogro.

—Rubí.

—¿Qué?

—La carpa es pequeña.

—Felicitaciones por notar lo evidente.

—Y tú necesitas descansar.

—Voy a descansar peor si pasas la noche afuera dando pena.

Noctalypse la miró.

—No doy pena.

Una gota golpeó la lona. Tss. Los dos miraron hacia arriba. Otra, y después otra.

La lluvia empezó despacio, con ese cuidado cruel de las lluvias que primero avisan para que uno alcance a imaginar lo mal que estará en unos minutos. La fogata chisporroteó. Una línea de humo se dobló contra el suelo.

Rubí abrió un poco más la carpa desde dentro.

Noctalypse suspiró.

—Bien.

—No actúes como si te estuvieran arrastrando a una mazmorra.

—Las mazmorras suelen tener más espacio.

—Entra de una vez.

Noctalypse se agachó y pasó primero un hombro, luego la cabeza, luego una rodilla. La carpa se movió entera. Rubí levantó una mano.

—¡Oye, cuidado!

—Perdón.

—¡Tu capa está mojada!

—Intenté dejarla afuera.

—La mitad está adentro.

—Es una capa larga.

—Es una mala decisión textil.

Noctalypse intentó acomodarse de costado. Su codo rozó algo suave y Rubí se tensó al instante.

—Aaaa, mi pelo. Saca tu codo.

—Perdón. Pensé que era una manta calentita.

El silencio dentro de la carpa duró menos de un segundo. Afuera, la fogata se levantó de golpe: la llama pasó de un puño rojo a una lengua alta que lamió la lluvia antes de encogerse otra vez. Noctalypse bajó la mirada hacia la luz que atravesaba la lona. Rubí seguía inmóvil, con los ojos abiertos y una lentitud peligrosa en la respiración.

—¿Manta calentita? —susurró.

—Fue un error de clasificación.

—¿Mi pelo te parece una manta?

—En mi defensa, había poca luz.

—Voy a darte luz.

Las sombras bajo la lona se ensancharon sin que él levantara la mano ni dijera palabra arcana: respondieron solas a su tensión, crecieron alrededor de sus botas y tocaron el borde interior de la carpa como dedos negros buscando espacio.

Afuera, desde la quebrada, algo gruñó.

Noctalypse dejó de moverse. Rubí también.

La lluvia golpeaba la lona con un tamborileo fino. La fogata bajó medio palmo. Las sombras se quedaron quietas.

Otro gruñido llegó desde abajo, más cerca que el anterior. Las branquias de la Muerte Blanca no necesitaban verlos: le bastaban el bosque, el calor, la intención.

Rubí respiró por la nariz, despacio.

—Recoge tus sombras —dijo entre dientes.

—Baja el fuego.

—No hice nada.

La llama creció otro poco. Noctalypse la miró.

Rubí cerró los ojos, apretó los puños y obligó al calor a regresar bajo la piel. La fogata se encogió hasta quedar roja y baja otra vez. Noctalypse recogió los hombros, relajó los dedos y las sombras dejaron de tocar la lona.

El bosque esperó hasta que la Muerte Blanca dejó de gruñir. Rubí abrió un ojo.

—Si vuelves a confundir mi pelo con una manta, te dejo afuera.

—Entendido.

—Y si tus sombras me tocan la bota, también.

—Haré lo posible.

—Hazlo todo.

Noctalypse asintió con una seriedad absurda para alguien doblado en una carpa demasiado chica. La lluvia siguió cayendo. Rubí se acomodó de lado, dándole la espalda, aunque dejó un codo estratégicamente preparado entre ambos.

Noctalypse intentó encontrar un ángulo donde no tocara pelo, arma, cinturón, manta, bota, rodilla ni amenaza de muerte. No lo encontró.

Pasaron así un largo rato. La fogata respiraba baja, las sombras seguían pegadas al suelo y, abajo en la quebrada, la Muerte Blanca guardó silencio.

Al amanecer, Rubí salió de la carpa con el pelo aplastado de un lado, ojeras pequeñas y una expresión que habría hecho retroceder a un ejército prudente.

Noctalypse salió después, más pálido de lo normal.

—Dormiste encima de mi brazo —dijo él.

Rubí se estiró la espalda hasta que algo crujió.

—Tu brazo invadió territorio enemigo.

—Estaba dormido.

—Debió pedir permiso.

Noctalypse decidió mirar el paisaje.

La quebrada estaba cubierta de niebla. A un lado del sendero, las rocas formaban terrazas irregulares, algunas del tamaño de una carreta, otras más grandes, encajadas entre raíces y barro seco. Rubí caminó hasta el borde, observó las pendientes, el estrechamiento natural del cañón y las cicatrices de antiguos desprendimientos. No dijo nada durante un buen rato.

Luego sacó una cuerda del cinturón.

Noctalypse miró la cuerda, después las rocas.

—Ah.

—No digas «ah» con esa cara.

—Estoy pensando.

—Piensa cargando.

El segundo día, Rubí bajó con el hombro cubierto de polvo y los nudillos raspados. Noctalypse sostenía una cuerda tensa desde el otro lado de una pendiente, y la cuerda vibraba con el peso de una roca suspendida apenas sobre una cuña de madera.

—Un poco más —dijo ella.

—Si la muevo un poco más, cae.

—Por eso dije un poco, no una biografía.

Noctalypse ajustó la tensión. La roca quedó quieta, y Rubí sonrió apenas.

Abajo, el barro recibió una gota de bilis desde una rama partida. Ninguno habló de eso.

El tercer día, la Muerte Blanca pasó cerca del campamento antes del amanecer. No llegaron a verla: la sintieron.

La fogata se hundió de golpe, como si el aire hubiera perdido hambre de fuego. Las sombras de Noctalypse se pegaron a la tierra. Rubí abrió los ojos dentro de la carpa y encontró la mano sobre Vulcania Ignis antes de recordar haberla movido.

Una branquia rozó un arbusto en algún punto del bosque. El sonido fue húmedo y lento.

Rubí contuvo la respiración. Noctalypse, sentado fuera, no movió ni un dedo. La criatura olfateó el aire durante varios minutos; luego se fue, arrastrando la cola por el barro.

Cuando el bosque volvió a respirar, Rubí abrió la carpa apenas.

—¿Vivo?

—Por ahora.

—Bien. Hoy ponemos las grandes.

El cuarto día, Noctalypse dejó de caminar como feria. Punta, talón, planta suave.

Rubí lo vio pasar por una zona de hojas secas sin romper ninguna y no hizo comentario. Eso, en ella, fue casi una ceremonia.

Él también aprendió otras cosas. Aprendió a no sentarse sobre el lado de la manta que Rubí usaba para dormir. Aprendió que su capa mojada debía quedar fuera, bajo una roca, aunque eso lo hiciera sufrir con una dignidad menos convincente. Aprendió que Rubí podía levantar rocas que muchas personas habrían rodeado con respeto. Aprendió que, cuando ella decía «sujeta», no convenía preguntar «cuánto».

Rubí aprendió menos. O eso habría dicho ella.

Aprendió que Noctalypse podía hacer guardia sin quejarse, incluso con lluvia. Que sus sombras, tensadas con cuidado, servían para medir vibraciones bajo tierra. Que si él decía «esa cuerda va a ceder», la cuerda cedía. Que no siempre ocultaba cosas por soberbia; a veces las ocultaba porque todavía no sabía cómo decirlas sin empeorar el mundo.

Esa noche comieron en silencio, compartiendo un pan duro, carne seca y una sopa aguada que Rubí calentó en una olla pequeña. La fogata no creció. Las sombras no se movieron.

Abajo, la Muerte Blanca gruñó una sola vez, lejos.

Rubí sopló la sopa.

—Ni siquiera podemos discutir tranquilos.

—Tiene buen instinto de conservación.

—¿El monstruo?

—Nosotros.

Rubí lo miró por encima del borde de la taza.

—No te pongas filosófico con sopa triste.

Noctalypse bajó la vista a su propia taza.

—Es una sopa muy triste.

—La hice yo.

—Tiene carácter.

—Mejor.

El quinto día, Rubí se quedó de pie al borde del cañón con los brazos cruzados. Tenía barro hasta la rodilla, polvo en el cuello, una venda en la muñeca y el cabello recogido de cualquier manera. Noctalypse subió por la pendiente con una cuerda enrollada al hombro, la capa marcada por ramas y la cara de alguien que había dormido lo justo para recordar la existencia del sueño.

Rubí miró el cañón, las rocas, las cuerdas ocultas bajo el barro, las cuñas escondidas entre raíces, los troncos cruzados detrás de matorrales, las marcas mínimas sobre la piedra que solo ella entendería después, en carrera.

—Está todo en orden.

Noctalypse siguió su mirada hacia el fondo estrecho de la quebrada.

—Bien.

El silencio se estiró un poco.

—¿Quién será la carnada?

Rubí giró la cabeza despacio. Noctalypse la miró. Rubí no parpadeó: lo observó con la paciencia de quien tiene delante algo evidente y espera, sin demasiada fe, a que el otro se dé por enterado.

—Era una pregunta logística.

—Te recuerdo que tú quisiste unirte solo. Nadie te obligó.

—Cierto.

—Segundo, por tu culpa casi me decapitan.

—Detalles.

La fogata, a varios pasos detrás, soltó una llamarada breve. Desde algún lugar de la quebrada, la Muerte Blanca gruñó.

Rubí levantó un dedo hacia Noctalypse sin dejar de mirarlo.

—No me hagas brillar.

—Perdón.

—Encima tuve que prestarte mi camping porque no viniste preparado.

—Dormí afuera la primera parte.

—Hasta que llovió.

—La lluvia fue una variable externa.

—Tu falta de carpa fue una variable idiota. Así que la carnada serás tú.

Noctalypse abrió la boca, la cerró, la volvió a abrir.

—Rubí, hay varias razones por las que eso podría salir mal.

—Dime una que no haya salido mal ya por tu culpa.

Noctalypse miró el cañón. Después miró las rocas colocadas arriba, la ruta de descenso, las sombras posibles bajo cada saliente, la distancia hasta el punto donde la quebrada se cerraba como una garganta.

—Si me alcanza, me mata.

—Corre.

—Si no me sigue, el plan falla.

—Hazte interesante.

—Si se acerca demasiado al torso y sueltas una roca donde no corresponde, podrías romper la vesícula.

Rubí sonrió sin alegría.

—Ahí está. Esa era la razón que te importaba.

—Me importan varias.

—La vesícula primero, tu cabeza después.

—Mi cabeza tiene cierta utilidad.

—Entonces úsala para correr.

La Muerte Blanca gruñó otra vez, esta vez más cerca.

Rubí tomó Vulcania Ignis y la apoyó sobre el hombro.

—Punta, talón, planta suave.

Noctalypse suspiró.

—Sí.

—Sin tropezarte.

—Haré lo posible.

—Hazlo todo.

Noctalypse bajó primero. No corrió al principio; se movió por el cañón con pasos medidos, dejando que sus sombras tocaran el suelo como agua negra entre piedras. No eran cadenas ni lanzas, sino migas de oscuridad, pulsos mínimos de aura, restos de presencia dejados donde la Muerte Blanca pudiera sentirlos.

El monstruo respondió desde la madriguera con un sonido bajo.

Rubí, arriba, se agachó detrás de una roca y apoyó dos dedos sobre la primera cuerda.

Noctalypse avanzó hasta el primer estrechamiento. La niebla le llegaba a los tobillos. A ambos lados, las paredes de piedra subían irregulares, llenas de raíces, musgo y rocas que parecían haber esperado años la excusa correcta para caer.

La Muerte Blanca apareció como una mancha pálida al fondo: primero las branquias, luego los ojos, luego el cuerpo entero. Era más grande de lo que la memoria de Rubí quería aceptar. La piel albina brillaba bajo la sombra como cuero mojado cubierto de cal. Las seis patas se movían con una coordinación enferma, cada apoyo calculado, cada garra hundiéndose en el barro sin desperdicio. La cola serrada arrastraba piedras pequeñas detrás, y las branquias se abrían y cerraban con hambre de aire, magia y vida.

Noctalypse levantó una mano; una sombra se movió a su izquierda. La Muerte Blanca cargó, Noctalypse corrió, Rubí tiró de la primera cuerda.

Arriba, una cuña saltó de su sitio. La roca cayó con un rugido seco, golpeó la pared y rebotó hacia el cañón. No le dio en el torso: le cayó sobre una de las patas traseras, aplastando el apoyo contra el barro.

El sonido fue húmedo y duro. La criatura chilló.

Noctalypse pasó bajo una raíz y se lanzó hacia un lado.

—¡Una! —gritó Rubí.

—¡No celebres!

La Muerte Blanca arrancó la pata de debajo de la roca con un tirón brutal. La extremidad quedó torcida, inútil a medias, pero el monstruo siguió avanzando; las otras cinco patas compensaron. La cola barrió el suelo y abrió un surco donde Noctalypse había estado un instante antes.

Rubí corrió por la parte alta del cañón, las botas golpeando tierra, piedra, raíz. Llegó al segundo punto y hundió el talón sobre una tabla oculta. Dos troncos se soltaron desde la derecha.

La criatura los vio. No debió verlos tan pronto. Las branquias se abrieron como abanicos blancos, el monstruo frenó, agachó el torso y los troncos pasaron por encima, rozando apenas las espinas de la cola.

Rubí apretó los dientes.

—Está aprendiendo.

Noctalypse no respondió. Estaba demasiado ocupado no muriendo. Dejó una sombra más densa junto a una grieta y dobló hacia el centro. La Muerte Blanca siguió el pulso falso, mordió el aire y cerró la mandíbula sobre una piedra. Los dientes chirriaron. Rubí tiró de la tercera cuerda.

Una lluvia de piedras medianas cayó desde arriba.

—¡Torso no! —gritó Noctalypse.

Rubí cambió el ángulo con un tirón desesperado. La cuerda le quemó la palma. Las piedras cayeron más atrás de lo previsto: una golpeó la cadera de la criatura, otra le reventó el suelo bajo dos patas. La Muerte Blanca trastabilló.

—¡¿Quieres vivir o quieres hacer inventario?! —gritó Rubí.

—¡Ambas cosas!

—¡Elige una como persona normal!

El monstruo respondió con un rugido y lanzó la cola. Noctalypse se cubrió con sombras; la cola las cortó como tela mojada. Una espina alcanzó su capa y la arrancó de un lado. Él cayó, rodó, se levantó con barro en la boca y siguió corriendo.

Rubí bajó por una pendiente, saltó sobre una roca y llegó al cuarto mecanismo.

La Muerte Blanca ya no corría recto. Fingió seguir a Noctalypse, se abrió hacia la pared izquierda y subió medio cuerpo sobre la piedra, usando las garras delanteras para impulsarse. Una de las trampas quedó atrás sin tocarla.

Rubí sintió una punzada fría en el estómago.

—Noct, derecha.

Él obedeció sin discutir. La criatura bajó justo donde Rubí quería, pero no como ella quería: la pata delantera tocó la cuerda, la levantó, la olfateó con las branquias y la evitó. Después miró hacia arriba, y los ojos rojos encontraron a Rubí entre las piedras.

—Ah, mierda.

La Muerte Blanca trepó.

Rubí activó la trampa con la mano desnuda. La cuerda cedió, una roca enorme se soltó de la saliente y cayó entre ambos. El impacto partió el borde del cañón; fragmentos saltaron hacia la cara de Rubí, que se cubrió con el antebrazo.

La roca golpeó a la criatura en el costado de la cabeza. El cráneo no se rompió, pero el cuello se dobló.

La Muerte Blanca cayó de vuelta al fondo del cañón con un golpe que levantó barro, polvo y olor a bilis. Una de sus branquias quedó aplastada contra la piedra; dos patas de un lado se agitaron sin ritmo, y una, la segunda del lado izquierdo, colgaba en un ángulo imposible.

Rubí bajó respirando fuerte. Noctalypse apareció al otro lado, apoyado en una pared.

—¿Vesícula? —preguntó ella.

Él miró el cuerpo, el torso, la zona abdominal que aún subía y bajaba.

—Intacta.

—Qué alivio. Casi me preocupo por ti.

La Muerte Blanca abrió los ojos. La cola se levantó, Rubí alcanzó a ver el movimiento.

—¡Abajo!

Noctalypse cayó de rodillas. La cola pasó sobre él y golpeó una roca estrecha. Esta vez no rebotó: una trampa lateral, oculta bajo ramas, se soltó con el impacto de la propia cola, y tres piedras cayeron desde arriba y la aplastaron contra el suelo.

La cola se retorció una vez y luego quedó inmóvil.

Rubí alzó ambos puños.

—¡Ja!

La Muerte Blanca rugió, y el sonido la hizo bajar los brazos.

La criatura se levantó con cuatro patas útiles y dos arrastradas. La cola muerta le pesaba atrás como una cadena. Tenía media cabeza manchada de sangre oscura, branquias rotas a un lado, barro en la boca y una furia que ya no parecía hambre. La movilidad había bajado; la ferocidad, no.

Noctalypse retrocedió.

—Rubí.

—Lo sé.

—Nos quedan dos.

—Lo sé.

—Una de ellas está demasiado cerca del torso.

Rubí lo miró.

—Noct.

—Lo sé.

Noctalypse dejó caer una sombra a la izquierda, un pulso falso para abrirle a Rubí el ángulo del torso. La criatura no lo siguió. Entonces dejó otra contra la pared, más trabajada, con forma de cuerpo agachado, y esta vez puso en ella algo más que oscuridad: peso, contorno, una respiración prestada.

La Muerte Blanca la miró un instante, con las branquias quietas.

Y fue por ella.

Fue tan rápido que Rubí no alcanzó a gritar antes de que pasara. La boca se cerró sobre la figura de Noctalypse a la altura del pecho, los dientes inclinados hicieron lo único que sabían hacer, y la mitad de su cuerpo desapareció dentro de esa garganta con un sonido húmedo, corto, definitivo.

—¡NOCTALYPSE, NO!

El grito le desgarró la garganta. Vulcania Ignis estalló en sus manos, el fuego le subió a los ojos y el cañón entero se volvió rojo—

—Estoy aquí.

La voz llegó desde atrás de ella. Baja. Rota.

Rubí giró. Noctalypse estaba apoyado contra la pared del cañón, a unos pasos, con una mano sobre la rodilla y la respiración hecha trizas. Lo que la criatura tenía en la boca se deshizo entre sus dientes en humo negro, sin sangre, sin hueso, sin nada.

—Era un clon —dijo, y le costó decirlo—. De sombra. Sólido lo justo para que mordiera.

Rubí lo miró con el fuego todavía temblándole en la cara.

—…¿Un clon?

—Me costó casi todo lo que me quedaba.

Rubí cerró la boca y abrió los puños. El fuego bajó de golpe, a regañadientes. Pero la mandíbula seguía apretada, y una mano le temblaba junto al muslo; dio medio paso hacia él —uno solo— antes de que el cuerpo recordara quién era y lo dejara a medias.

—No vuelvas a hacer eso.

—Te lo prometo por falta de energía.

Algo cambió en la Muerte Blanca después de ese bocado. Avanzó despacio, y esa fue la peor parte. Ya no cayó en los pulsos falsos de sombra; ya no persiguió cada movimiento. Las branquias se abrían poco, como si hubiera aprendido —con la lengua, con el engaño tragado— a no gastar percepción donde el enemigo quería que la gastara. Cada paso arrastrado dejaba una marca profunda. Cada respiración salía más pesada. La boca se abrió apenas y mostró las hileras de dientes inclinados hacia dentro.

Rubí sintió que el cañón se había quedado pequeño.

Noctalypse levantó una mano. Las sombras obedecieron con demora.

—Me estoy quedando sin margen.

—Yo también.

—No podemos llevarlo más lejos.

Rubí miró las paredes, las cuerdas rotas, las rocas caídas, el barro removido, las trampas agotadas. Luego miró a la Muerte Blanca.

—Entonces aquí.

El último tramo del cañón era estrecho, apenas suficiente para que la criatura avanzara de frente. Las paredes se cerraban a ambos lados, húmedas, llenas de grietas delgadas y raíces tensas. El cielo arriba era una línea gris.

Rubí bajó al fondo con Vulcania Ignis en la mano. Noctalypse quedó a su izquierda, más atrás, con la respiración cortada y los dedos temblando; sus sombras se mantenían cerca del suelo, delgadas, irritadas, como si cada una tuviera que recordar cómo existir.

La Muerte Blanca avanzó.

Rubí hizo girar el arma —espada, escudo, lanza, martillo—, cambiando la forma una vez, dos, tres, buscando peso, distancia, ángulo. Cada transformación le sacaba calor del cuerpo. Cada chispa le secaba más la garganta.

El monstruo atacó. Rubí bloqueó con el martillo y el golpe la hizo retroceder dos pasos. Noctalypse lanzó una sombra a las patas, pero la criatura ya no se dejó atrapar: pisó la sombra con una garra y la desgarró contra el suelo.

Rubí entró por el lado derecho. Martillo bajo, impacto en una pata sana. La piel se hundió, la articulación crujió, pero la Muerte Blanca respondió con una garra desde arriba. Noctalypse intentó abrir una sombra bajo ella para apartarla; llegó tarde y débil, apenas un tirón. La garra alcanzó el hombro de Rubí: la tela se abrió, y la piel también.

Rubí siseó.

—Estoy bien.

—No pregunté —dijo Noctalypse, con voz gastada.

—Aprendes rápido.

La criatura abrió la boca y lanzó un sonido profundo. El aire cambió.

Primero cayeron los insectos: pequeños cuerpos negros se desprendieron de las paredes húmedas y quedaron sobre el barro, patas arriba. Después las flores diminutas que crecían entre las grietas perdieron color, los tallos doblados como si alguien les hubiera quitado el agua de golpe. Un lagarto escondido bajo una piedra salió a medias, se arrastró dos palmos y quedó quieto.

Las branquias de la Muerte Blanca se abrieron por completo.

Noctalypse apretó los dientes.

—Está absorbiendo maná.

Rubí sintió el tirón en la sangre antes de entenderlo. Al principio no era dolor, sino vacío: una mano invisible metiéndose bajo la piel para buscar calor. Vulcania Ignis tembló. La llama alrededor de sus dedos se adelgazó, estirada hacia la boca del monstruo.

Noctalypse dio un paso y casi cayó. Sus sombras se deshicieron por los bordes.

—Noct.

—Sigo.

—No suenas como si siguieras.

—Qué observación tan útil.

La Muerte Blanca volvió a inhalar, y esta vez el tirón fue brutal. Noctalypse cayó sobre una rodilla, las sombras a su alrededor apagándose como tinta diluida en agua. Rubí sintió que las piernas le pesaban el doble. Tenía hambre. Tenía sed. Tenía cinco días de sueño malo metidos detrás de los ojos. La herida del hombro ardía. La garganta le sabía a metal.

La criatura siguió alimentándose: de las piedras, del musgo, del aire, de Noctalypse, de ella.

Rubí bajó la mirada hacia sus propias manos. El fuego se estaba yendo hacia la boca abierta de la Muerte Blanca, hilo por hilo.

Y entonces apretó los dientes.

—No.

Noctalypse levantó la cabeza apenas.

—Rubí…

—No.

El fuego regresó a sus nudillos con violencia, no porque la criatura lo soltara, sino porque Rubí tiró más fuerte. La llama subió por sus brazos, se le metió bajo la ropa, le encendió el borde del cabello como un amanecer furioso. La luz llenó el cañón. Las piedras brillaron. La lluvia vieja atrapada en las raíces se volvió vapor. Rubí respiró una vez. La fogata de cinco noches, la rabia contenida en la carpa, el cansancio, el hambre, las deudas. El mechón perdido, las cuerdas quemándole las manos y cada «torso no» de Noctalypse se juntaron detrás de sus ojos.

—Me vas a devolver hasta el último calor, pedazo de mierda.

La Muerte Blanca abrió más la boca y absorbió. Rubí ardió más.

La sombra de Noctalypse, proyectada por esa luz feroz, se agrandó contra la pared del cañón. Él la vio, y lo entendió con la lentitud de alguien a punto de perder el conocimiento: la luz de Rubí hacía más profunda su oscuridad.

Noctalypse hundió los dedos en el barro, y las sombras nacieron otra vez, más gruesas, más negras, más vivas. Se lanzaron hacia la boca de la Muerte Blanca y se engancharon en la mandíbula superior, en la inferior, en las comisuras abiertas, entre dientes que intentaron cerrarse al instante. El monstruo sacudió la cabeza. Las sombras se tensaron como cuerdas bajo una tormenta.

Noctalypse gritó.

Rubí transformó Vulcania Ignis en lanza. El metal se alargó en sus manos, rojo, blanco en la punta, vibrando con una furia que apenas obedecía forma. La Muerte Blanca tiró de la energía. Rubí dio un paso y el suelo se hundió bajo su bota.

—¡Noct!

—Ahora.

Rubí corrió. La criatura intentó cerrar la boca; las sombras lo impidieron. Rubí saltó y lanzó la lanza con todo el cuerpo.

Vulcania Ignis entró en la boca abierta.

No atravesó. La piel interna, elástica, viva, resistente incluso ahí, rechazó el filo y lo desvió; la punta patinó contra el tejido húmedo, se clavó mal, perdió ángulo.

Y quedó trabada.

La lanza cruzó la boca como una cuña ardiente. La Muerte Blanca intentó cerrarla y no pudo; intentó escupirla, pero las sombras tiraron hacia atrás. Siguió absorbiendo.

La energía entró sin control: fuego de Rubí, sombra de Noctalypse, maná roto de la quebrada, restos de aura atrapados en la bilis, todo apretado contra una boca que ya no podía regularse. Las branquias se inflaron. Una se abrió en grietas oscuras. Otra soltó vapor. La garganta del monstruo palpitó con una luz sucia desde dentro.

Noctalypse cayó sobre ambas rodillas. Rubí sostuvo la mano extendida hacia Vulcania Ignis, temblando de pies a cabeza.

—Traga —dijo.

La Muerte Blanca tragó.

El cañón se llenó de un golpe sordo: no una explosión limpia, sino un reventón interno, húmedo, ahogado, como si una tormenta hubiera chocado contra paredes de carne demasiado tensas para contenerla. Las branquias se cerraron de golpe. El cuerpo entero se arqueó. Las patas fracturadas rasparon el barro. La cola inútil golpeó una vez la piedra.

Después la criatura cayó, la mandíbula abierta alrededor de la lanza. Las sombras se soltaron. El fuego se apagó hasta quedar como brasas en el metal.

Rubí dio un paso hacia atrás, y otro. Noctalypse intentó ponerse de pie y no pudo. Ella tampoco. Cayeron casi al mismo tiempo, separados por un par de metros, con la Muerte Blanca muerta entre ambos y el cañón respirando vapor, bilis y piedra caliente.

Durante un rato, nadie habló. El mundo parecía demasiado cansado para hacer ruido.

Rubí miraba el cielo estrecho sobre la quebrada. Tenía la boca seca, los labios partidos y el cuerpo entero convertido en una queja. Noctalypse estaba de lado, con una mano sobre el barro, respirando como si cada inhalación tuviera que convencerlo.

Pasó mucho tiempo. O quizá poco.

Rubí giró la cabeza hacia la criatura. La observó. Luego sonrió apenas, sin fuerza para que la sonrisa llegara lejos.

—Tu vesícula quedó intacta. Vamos a revisar el botín.

Noctalypse tardó en responder.

—Bien. Vamos.

—No sonaste feliz.

—Estoy intentando recordar cómo se mueven las piernas.

—Hazlo con entusiasmo.

Abrir a la Muerte Blanca fue peor que pelear contra ella.

Rubí lo decidió en cuanto el primer corte liberó una bocanada de olor ácido, caliente y profundo, una mezcla de bilis, carne cocida por dentro, barro y algo mineral que le raspó la nariz. Noctalypse se cubrió la boca con el dorso del guante. Rubí hizo una mueca tan intensa que parecía una herida.

—Esto es asqueroso.

—Sí.

—Lo dices con muy poca vergüenza para alguien que quería meterle cuchilla.

—La vergüenza no conserva órganos.

—Esa frase empeoró mi vida.

Vulcania Ignis, reducida a una hoja corta y caliente, abrió tejido allí donde Noctalypse indicó. Él trabajaba con cuidado, demasiado cuidado para el gusto de Rubí, apartando membranas, identificando bolsas, conductos y placas internas con la concentración de un alquimista frente a un milagro desagradable.

Rubí aguantó tres minutos. Después metió la mano.

—Cuidado —dijo Noctalypse.

—Estoy siendo cuidadosa.

—Estás tirando.

—Con cuidado.

Sus dedos encontraron algo ovoide, firme, cubierto de una película viscosa. Lo sacó con un sonido húmedo y lo sostuvo entre ambas manos. Tenía el tamaño de una fruta grande y una superficie lisa, pálida, tensa.

Rubí lo miró con ojos brillantes.

—Ajá.

Noctalypse levantó la cabeza.

—Rubí.

—Shh.

—Rubí, espera.

Ella apoyó el órgano sobre una piedra plana, tomó la cuchilla y lo partió por la mitad.

Nada. Solo tejido blando, líquido espeso y un olor que le pegó directo en el alma.

Rubí se quedó mirando la mitad abierta. Luego miró a Noctalypse.

—Noctalypse, este no tiene nada. ¡Mira! ¡Maldita sea!

Noctalypse cerró los ojos un segundo.

—Rubí.

—¿Qué?

—Ese es un testículo.

Rubí lo soltó inmediatamente. El órgano cayó al barro con un plop pequeño y definitivo.

Ella retrocedió dos pasos, se llevó una mano a la boca y empezó a hacer arcadas. Noctalypse levantó una mano, como si quisiera ayudar, pero pensó mejor dónde había estado esa mano y la bajó.

Rubí se dobló hacia un lado.

—Agh. Agh. Agh. Me voy a morir.

—No vas a morir.

—Me tocó el alma.

—Te tocó la mano.

—¡Es peor!

Noctalypse respiró despacio por la nariz.

—En realidad, considerando su morfología, tiene sentido.

Rubí lo miró con los ojos llorosos.

—¿Cómo es que tiene sus cosas por dentro?

—Como es medio reptil, debe mantenerlos dentro del cuerpo por el calor.

Rubí volvió a hacer una arcada.

—No sigas.

—Y…

—Dije que no sigas.

Noctalypse se inclinó hacia una zona más profunda del abdomen, apartó con cuidado un pliegue oscuro y metió la mano hasta la muñeca.

—Oh. Creo que la tengo.

Sacó algo viscoso, alargado, cubierto por una membrana verde amarillenta que palpitaba apenas aunque el cuerpo ya estuviera muerto. El líquido dentro se movía con lentitud pesada. En cuanto tocó el aire, los bordes de los guantes de Noctalypse empezaron a humear.

—Cuidado —dijo él.

Rubí se la quitó de las manos.

—¡Rubí!

—Déjame ver.

—Está disolviendo el cuero.

—Y tú la estabas sujetando con guantes de cuero.

—Porque estoy agotado y mis decisiones han perdido calidad.

Rubí sostuvo la vesícula con ambas manos, sin apretarla. La giró apenas, inclinándola contra la luz. El material viscoso resbaló hacia un lado. Dentro, algo golpeó suavemente la membrana.

Toc.

Rubí se quedó quieta. La giró otra vez.

Toc. Toc.

Su expresión cambió. La náusea se retiró a un rincón; el cansancio, también. En su lugar apareció una concentración fina, afilada, casi reverente. Esa no era la mirada de una guerrera frente a un monstruo: era la mirada de alguien que conocía el peso de una gema antes de verla limpia, que sabía distinguir valor entre barro, sangre y mugre.

—Noct.

—¿Sí?

—¿Cuántas gemas dijiste que valen cinco veces la recompensa de la misión?

Noctalypse tragó saliva.

—No son gemas. Son cálculos biliares. Pero con solo una de tres pulgadas es suficiente.

Rubí hundió dos dedos en la abertura que él había dejado y presionó con una delicadeza inesperada. La vesícula expulsó el primer cálculo sobre la piedra: oscuro, liso, con vetas doradas atrapadas bajo una superficie húmeda, de más de tres pulgadas.

Noctalypse dejó de respirar.

Rubí sacó el segundo, luego el tercero. El cuarto cayó con un sonido seco. El quinto rodó hasta tocar la bota de Noctalypse. El sexto quedó pegado a sus dedos; el séptimo salió envuelto en bilis espesa. El octavo tardó un poco más, como si el cuerpo de la Muerte Blanca se resistiera a entregar el último secreto.

Rubí los alineó sobre la piedra.

Ocho.

El cañón entero guardó silencio. Noctalypse miraba los cálculos con la cara de alguien que acababa de ver una imposibilidad contable.

Rubí estaba cubierta de barro, sangre, bilis y cansancio. Tenía el pelo hecho un desastre, una herida abierta en el hombro, las manos temblorosas y los ojos encendidos con una felicidad peligrosa.

—Noct.

—Rubí.

—Dijiste una.

—Dije que una bastaba.

—Hay ocho.

—Estoy viendo.

—Ocho.

—Sí.

Rubí se sentó en el barro porque las piernas dejaron de avisar antes de rendirse. Se quedó mirando los cálculos. Después empezó a reír: al principio una risa pequeña, rota, casi sin aire; luego otra. Noctalypse la miró, agotado, y contra todo pronóstico también sonrió. No una sonrisa grande, apenas una rendija de alivio entre cinco días de hambre, humedad, miedo y malas decisiones.

Rubí se limpió una lágrima con el dorso de la muñeca y dejó una mancha de bilis cerca del ojo.

—Te dije que era una oportunidad de inversión.

Noctalypse miró a la Muerte Blanca, las rocas caídas, la carpa destruida a lo lejos, su capa rota, sus guantes medio derretidos y los ocho cálculos sobre la piedra.

—Esto no fue inversión.

Rubí lo miró.

—Fue una catástrofe con rendimiento.

Ella soltó otra risa, más cansada. Noctalypse se dejó caer sentado junto a la piedra, sin fuerzas para corregir nada más.

Arriba, entre las paredes estrechas del cañón, el cielo empezó a abrirse en una franja pálida. El bosque alrededor seguía herido, silencioso, con flores dobladas y musgo gris, pero el aire ya no tiraba de la piel. La Muerte Blanca no respiraba.

Rubí apoyó la espalda contra una roca.

—Noct.

—¿Sí?

—Me debes una carpa.

—Era tu carpa.

—Exacto. Por eso sé cuánto vale.

Noctalypse cerró los ojos.

—Lo discutiremos cuando pueda sentir los dedos.

Rubí miró los ocho cálculos otra vez.

—Y empanadas.

—Eso era antes de la cacería.

—Ahora son empanadas con intereses.

Noctalypse no respondió. Rubí tampoco insistió.

Los dos se quedaron allí, destruidos, sucios, medio secos por dentro, ricos de una forma absurda y todavía demasiado cansados para celebrarlo bien.

Entre ellos, sobre una piedra manchada de bilis, los ocho cálculos biliares brillaron como pequeñas promesas indecentes.

Noctalypse estaba sentado frente al mostrador del gremio, con el informe abierto y la pluma en la mano.

Rubí permanecía detrás de él.

Eliminación confirmada. Vesícula recuperada. Ocho cálculos biliares de aura extraídos sin contaminación significativa.

La pluma avanzó una línea más.

La extracción fue exitosa, salvo por una breve confusión anatómica—

El calor le tocó la nuca.

Noctalypse dejó de escribir.

La tinta siguió bajando por la punta de la pluma hasta formar una gota negra sobre el papel.

Rubí no dijo nada.

Noctalypse miró la frase.

Después miró la gota.

Tachó la línea entera con mucho cuidado.

Escribió debajo:

La extracción fue exitosa. La misión también.

Esperó un segundo.

Añadió:

Fin del reporte.

El calor detrás de su nuca bajó apenas.

Noctalypse dejó la pluma sobre la mesa.

Rubí tomó el informe, lo leyó, dobló la hoja y la entregó en el mostrador.

—Bien.

Noctalypse se tocó la nuca con dos dedos.

No estaba quemada.

Todavía.