Mini relato — Crónicas de Caelyndor

La Gran Estafa de Sylvalis

Rubí · Yuki · Lyzi · Noctalypse~27 min de lectura

El cerco de medianoche.

La hoguera chisporroteaba con una calma que pronto sería destrozada. Rubí, de temperamento tan fogoso como su cabello, roncaba como un pequeño y feliz volcán, abrazada a la empuñadura de su espada. En el perímetro del campamento, Noctalypse y Yuki mantenían una guardia metódica, sus siluetas apenas visibles bajo la luz de las lunas. Fue entonces cuando el silencio se quebró, no con el aullido de una bestia, sino con una serie de graznidos secos y perfectamente sincronizados.

Del matorral emergió una procesión increíble: una fila de gansos que caminaban erguidos, pero no cualquier ganso, eran gansos gánsteres. Embutidos en chalecos de cuero. Llevaban cigarrillos sin encender en la comisura de sus picos y sostenían amenazantes lumas de goma en las alas. Avanzaron en una formación de flanqueo, rodeando el campamento con una disciplina que helaba la sangre.

—Graz… graz… ¡EFECTIVO, CAPISCI? —graznaron al unísono, sus voces como una lija sobre la quietud de la noche.

—Noct, ¿de qué están hablando estas aves tan peculiares? —susurró Yuki, su tono tan gélido como el brillo de sus ojos.

—No lo sé —respondió Noctalypse con voz queda—, pero nada bueno debe ser.

Yuki, siempre diplomática, dio un paso al frente.

—Disculpen, ¿en qué les puedo ayudar, buenos gansos?

Un seco ¡paf! resonó cuando una luma de goma impactó en su cabeza. No dolió, pero el bochorno le subió por el cuello. Ser abofeteada por un ganso con una porra de goma, pensó, es una nueva y humillante cima en mi carrera.

Un ganso con un chaleco ligeramente más adornado que el resto se impuso.

—¡GRAZ! ¡LA COLORADA! ¡DEBE MUCHA PLATITA!

La ceja de Yuki tembló como si un terremoto glacial la sacudiera. Claro, pensó con resignación. Tenía que ser Rubí. Dio un paso elegante al frente, proyectando una calma que no sentía.

—Escúchenme, intentos de pavos reales. Nosotros no tenemos nada que ver con las deudas de Rubí. Estoy segura de que podemos resolver esto con un pagaré.

PAM. Dos gansos menores la golpearon suavemente en los hombros con sus lumas, un gesto casi ceremonial, como si le notificaran formalmente que no se aceptaban promesas.

Noctalypse amagó con intervenir, pero un ganso con un maletín de aspecto profesional se adelantó y desplegó un papiro con un brillante sello dorado.

LEY DE PROTECCIÓN DE FAUNA MÁGICA

Art. 7: “Toda agresión contra aves y/o criaturas mágicas parcialmente civilizadas con chaleco será penada con multa y humillación pública”.

Firma: Consejo de Sylvalis.

Yuki apretó la mandíbula.

—Entendido.

Los gansos señalaron con sus alas a la durmiente Rubí.

—GRAZ. LA COLORADA ES MALA PAGA. GRAZ.

Fue entonces cuando Lyzi, la kitsune cósmica, se deslizó hacia el frente, sus colas moviéndose con una gracia serena.

—Denos tiempo para reunir el efectivo —dijo con su voz melodiosa—. Yo seré la garantía.

Los gansos subalternos negaron, cruzando sus lumas en un gesto inequívoco. Pero de entre sus filas emergió el Jefe Ganso. Su chaleco negro estaba perfectamente entallado, un puro humeaba en su pico y su mirada era la de un contable implacable. Su vista se posó en Lyzi.

—Esperen… —graznó, con un nuevo tono en su voz—. Ella es… muy bonita. La acepto como sirvienta hasta que la colorada pague.

Lyzi inclinó la cabeza con una calma que era puro teatro para ocultar el temblor de sus manos.

—Confío en ustedes —susurró al grupo, antes de que un sollozo casi imperceptible se le escapara.

Y así, se marchó con el convoy de plumas, ya sosteniendo una pequeña bandeja de plata que le habían entregado, rumbo al campamento de los gansos en el Lago Plateado.

Escarcha de emergencia — El despertar de la colorada.

Un siseo helado precedió a la nube de escarcha que se estrelló contra el rostro de Rubí, sacándola del sueño con un grito ahogado.

—¡WAHHH! —Se incorporó de un salto, limpiándose el hielo del rostro con el dorso de la mano mientras desenvainaba su espada con un movimiento instintivo. Sus ojos llameantes recorrieron el campamento—. ¡¿Dónde está el enemigo?! ¡¿Quién me tiró nieve en la cara?! Y… ¿por qué hace tanto frío?

Yuki la observaba con los brazos cruzados, un rastro de escarcha aún brillando en la punta de sus dedos.

—Si no te despertaba así —dijo con una frialdad que igualaba la de su ataque—, seguirías roncando mientras los gansos mafiosos se llevaban a Lyzi como garantía.

Jejeje… tranquilos, estoy bien… por ahora, resonó la voz de Lyzi en sus mentes, dulce y distante. Ya llevaba puesto un delantal blanco que el Jefe Ganso le había comprado. El jefe me pidió preparar té de manzanilla para su partida de póker. Debo admitir que jamás pensé que mi primera experiencia como “sirvienta” sería… graznada.

—¡¡¡NOOOO, LYZIII!!! —Rubí cayó de rodillas, cubriéndose el rostro en un despliegue de llanto teatral. Su espada quedó clavada en el suelo a su lado—. ¡Perdóname, zorrita cósmica! ¡Por mi culpa ahora eres esclava de un pajarraco con puro! ¡SOY LA PEOR!

—Rubí, basta —dijo Yuki, impasible—. Ya llevamos tres minutos de drama.

—¡SHHH! ¡Déjame llorarlaaaa! —sollozó Rubí. Hizo una pausa, se secó las lágrimas con la muñeca y se puso de pie, su expresión cambiando de la desesperación a una determinación maliciosa—. Listo. Se acabó el duelo. Ahora bien… robemos un banco.

La ceja de Yuki vibró como un glaciar a punto de resquebrajarse.

—¡¿Qué?! ¡Es la forma más rápida de conseguir efectivo! —se defendió Rubí con una sonrisa pícara.

—¡ES EL PLAN MÁS IRRESPONSABLE QUE HAS PROPUESTO EN TODA TU VIDA! —estalló Yuki.

Jejeje… aunque debo admitir que me daría curiosidad ver a Rubí con antifaz negro y una bolsa de monedas, intervino la voz de Lyzi.

—¡NO, LYZI! ¿Es que nadie tiene cordura en este grupo? ¡Noct, dile algo!

Noctalypse permanecía en silencio, una extraña expresión en su rostro.

—¡Noct, deja de imaginar a Rubí con ropa de ladrona! —se lamentó Yuki.

—De acuerdo, de acuerdo —dijo Noctalypse, ajustándose sus lentes con serenidad—. Propongo algo menos… incendiario. Pensemos con estrategia. Los gansos no son invencibles. Piden efectivo. Si encontramos un tesoro, o un comerciante dispuesto a cambiar gemas por monedas, podemos saldar la deuda sin… asaltar un banco.

—¡Bah! ¡Qué aburrido! —resopló Rubí—. Yo ya tenía el grito listo: “¡Esto es un asalto, manos al cielo y alas al suelo!”.

—Si seguimos este rumbo —murmuró Yuki con tono glacial—, el banco será lo de menos. Serás buscada por toda Caelyndor.

Y yo seguiré sirviendo té hasta que ustedes decidan, añadió Lyzi alegremente.

De repente, un “psst, psst” surgió de un tronco hueco cercano. Un mapache, con su antifaz natural, asomó la cabeza sin mirarlos directamente.

—Hablen sin mirarme —dijo en voz baja y rasposa—. Oí que buscan un golpe. Tengo el dato.

—¿Qué pasa, hermano? —respondió Rubí, adoptando al instante el tono de una colega del gremio.

—Reliquia robada a una iglesia. La iglesia paga una jugosa recompensa por su retorno. Ladrón que roba a ladrón… ya saben.

—¿De cuánto? —preguntó Rubí, sus ojos brillando.

—Veintiocho millones de florines.

—¡¡VEINTI—!! —Yuki comenzó a gritar, pero Noctalypse le cubrió la boca con suavidad.

La negociación fue relámpago.

—No acepto menos del cuarenta por ciento —declaró Rubí.

El mapache sonrió, mostrando una hilera de dientes afilados.

—Lista. Se nota. Cuarenta para ustedes, sesenta para mí.

—¿¡QUÉ!? ¡Ni loca!

—Entonces no hay trato.

—Espera —intervino Noctalypse—. Nos interesa.

Yuki se apartó la mano de Noct de la cara y se masajeó la frente con la palma de la mano.

—¡Veintiocho millones! —siseó—. ¡Esto es ridículo! Un mapache mafioso nos ofrece robar una reliquia, y tú, Rubí, ¡empiezas a negociar porcentajes como si fueras socia accionista! ¡Con apenas el diez por ciento podemos liberar a Lyzi y saldar tu deuda!

—¡Nooo, Yuki, piensa en la pobre Lyzita, ¡no me digas eso que me quiebras! —gimoteó Rubí, antes de que su tono se volviera práctico—. Pero oye, si acepto el diez por ciento, ¿quién paga los intereses de esos gansos? ¿O las “pequeñas” cuentas pendientes que me persiguen? ¡Ese cuarenta por ciento es mi mínimo sindical!

—Rubí… —La voz de Yuki era tan filosa como un fragmento de hielo—. Vas a hacerme perder la paciencia.

—Negociemos con el mapache —dijo Noct con su calma habitual—. Aseguremos la reliquia primero. Después discutimos los porcentajes.

—¡Esooo, Noct sabe del negocio! —celebró Rubí.

Yuki suspiró, una nubecilla de vaho escapando de sus labios.

—No puedo creer lo que estoy escuchando.

Yo sí lo creo, canturreó la voz de Lyzi en sus mentes. Porque en Caelyndor, hasta los mapaches son brokers del crimen.

Briefing en la taberna — La noche antes del atraco.

La taberna de Sylvalis era un caos acogedor de luz de velas, bardos desafinando y humo de canela. Yuki llegó envuelta en ropas negras, con sus enormes lentes, las Ex Glaciem–Max, reflejando media taberna como dos lunas pulidas.

Rubí estalló en una carcajada que hizo temblar la mesa, derramando un poco de su cerveza de calabaza.

—¡JAJAJAJAJA! ¡Yuki, por favor! Mírate, toda vestida de negro como una sombra mal disimulada y con esas ollas glaciales en la cara. ¡Ese “disfraz” llama más la atención que si entraras con tu corona y una pancarta que diga “SOY SOSPECHOSA”!

—Este es un operativo clandestino —replicó Yuki, ajustándose solemnemente los lentes—. Creí prudente vestir de negro. Y esto es equipo táctico, no un disfraz. Detecta corrientes mágicas y elimina el noventa y ocho por ciento del brillo ambiental. —Tomó un sorbo de hidromiel con una dignidad imperturbable.

—¡Te juro que los meseros te miran más a ti que al mapache con puro sentado en la barra! —insistió Rubí.

—El mapache es sospechoso. Yo soy estratégica.

En ese instante, Noctalypse desplegó su sombra sobre la mesa, que se convirtió en un tablero improvisado: las velas eran las alarmas, unas piedrecitas los guardias, y un vaso la vitrina de la reliquia. Su voz era un susurro medido.

—Rubí se encargará de la salida. Yo neutralizaré los sellos mágicos. Yuki… tú y el mapache serán el cebo.

Rubí se atragantó con la risa.

—Perdón, ¿cómo dijiste? ¿El mapache y Yuki… el cebo?

El rostro de Yuki se contrajo.

—Noct, no pienso ensayar una farsa de “madre soltera con bebé mapache” aquí, frente a borrachos y juglares.

El mapache se subió a una banqueta, el puro colgando de sus labios, y adoptó una pose de director.

—Tranquila, mamita helada. Tú me cargas y yo te digo qué decir. Tu misión: dejarme junto al sistema de alarma arcano para que pueda desactivarlo. El señor oscuro entra por la ventilación y la colorada espera fuera con la carreta. No puede fallar.

Yuki bajó sus lentes milimétricamente.

—Vuelve a llamarme “mamita helada”, roedor, y congelaré tu alma.

El mapache tragó saliva.

—Señora Reina-Madre-Operativa, disculpe.

Rubí golpeó la mesa, exultante.

—¡Me encanta! ¡Yo orquesto la huida! Caballos listos, rutas alternas, y fuegos de distracción completamente legales. No me miren así.

—Yo me escurriré entre las runas —continuó Noct—. Anularé los sellos y abriré las cerraduras sin tocar el metal. Tomaré la reliquia y saldremos.

—Haré de cebo —concedió Yuki, resignada pero estratégica—. Madre soltera. Mapache… bebé. Nadie sospechará de un cuadro tan ridículamente absurdo.

Lista de Roles (Confirmación final en la taberna)

Rubí — Maestra de la Escapada: Rutas, distracciones, carreta, combustible y alardes.

Yuki — Cebo Elegante: Madre soltera con bebé mapache; protocolo, temple y negociación si algo falla.

Noctalypse — Infiltración Arcana: Sombras, runas, anulación de sellos, manos invisibles.

Mapache — Desactivador & “Bebé”: Experto en terminales arcanas, descaro, manual de alarmas viviente.

Lyzi — Garantía Dorada: Sirvienta temporal del Jefe Ganso; objetivo del rescate y corazón de la operación.

(Y todo eso para llegar con efectivo al Lago Plateado, rescatar a Lyzi, pagar a la mafia del graznido… y dejar la anécdota para cien vinos.)

El Día del Atraco.

Yuki avanzó con una calma absoluta a través de la casa de remates clandestina. El lugar era un hervidero de murmullos y perfumes demasiado intensos, una mezcla sofocante de sudor, humo de lámparas de aceite, especias caras y el olor metálico de las monedas. Las mesas rebosaban de tesoros turbios: joyas menores, dagas oxidadas y reliquias de dudosa procedencia. Hombres con túnicas oscuras pujaban con gestos mínimos, mientras damas burguesas de Glaciem —a quienes Yuki conocía por nombre— fingían no verla, ocultando sus rostros tras abanicos enjoyados. El bullicio era un teatro grotesco de risas nerviosas y miradas cargadas de codicia.

Un susurro apenas perceptible se filtró desde el bulto que llevaba en brazos. —Mami, no te distraigas. Nuestro objetivo está más adelante. Lo custodian guardias.

Yuki bajó levemente el mentón, ajustando las lunas de sus gafas Ex Glaciem–Max. Se movió entre la multitud como una sombra azulada, sintiendo a cada paso la repulsión de lo familiar. Nobles que habían jurado lealtad a su corona ahora pujaban en un sótano criminal por objetos saqueados. Cada detalle era un puñal a su orgullo, pero su rostro permaneció tan sereno e inexpresivo como la superficie de un lago helado.

Al llegar a un arco custodiado, dos guardias corpulentos con armaduras maltrechas cruzaron las lanzas frente a ella, deteniéndola en seco. El murmullo de la subasta pareció desvanecerse, como si un telón hubiera caído de golpe.

—¡ALTO! —tronó uno, su voz áspera y cargada de un aliento agrio a vino—. ¿Qué necesita, dama?

El otro la observó con suspicacia, sus ojos pequeños y crueles bajando la vista hacia el mapache envuelto en la manta.

La presión era inmensa. ¡Vamos, Yukita, inventa algo ya!, gritó la voz imaginaria de Rubí en su cabeza, tan impaciente y caótica como si estuviera allí mismo.

Justo después, otra voz, real y serena, la alcanzó a través de la distancia. Suavízalos con tu hielo… pero también con un toque de ternura, llegó la delicada telepatía de Lyzi desde el Lago Plateado.

Yuki respiró hondo, centrando la tormenta de voces en una sola intención. Su propio tono, al hablar, se volvió más bajo, pero con un eco glacial que hizo vibrar la tensión en el aire.

—Vengo a entregar a mi hijo al comprador… —dijo, acariciando suavemente la manta donde el mapache fingía dormir—. El bebé es… muy especial.

Desde el interior del bulto, un murmullo casi inaudible le respondió. —Bien jugado, mami helada… ahora deja que yo haga el resto.

El guardia no apartó las lanzas, pero su expresión se suavizó con una lástima condescendiente.

—Mire, dama —dijo, bajando la voz—. Sabemos que el comprador es un donjuán, pero no anda reconociendo hijos perdidos por ahí. Lamento su estado, y debe ser difícil para usted, siendo una madre joven y tan hermosa… pero el jefe no recibe niños sin una prueba.

—Oh, en ese caso… —comenzó Yuki, su mente corriendo a una velocidad glacial para encontrar una salida.

—¿En ese caso…? —la apuró el guardia.

¡Maldición, se quedó en blanco!, pensó el mapache desde la comodidad de su manta. ¡Debo improvisar!

Justo entonces, un sonido ahogado y un olor inequívocamente fétido emanaron del bulto que Yuki sostenía. El guardia retrocedió un paso, su rostro contorsionándose en una mueca de asco. Se tapó la nariz con ambos dedos.

—Oh, entiendo —dijo con la voz nasal—. Quiere cambiarle los pañales a su bebé. Por favor, pase por aquí. Al fondo a la derecha está el baño.

Mientras caminaba con la mayor dignidad que pudo reunir, Yuki sentía sus mejillas arder. No era por vergüenza, sino por una furia pura y helada. No hay humillación mayor, se dijo a sí misma. ¿Yo? ¿La Reina de Glaciem? ¿Reducida a una “madre joven y hermosa cambiando pañales”? ¡Maldito roedor! ¡Pudiste haberme advertido sobre tu… plan de contingencia!

Una vez dentro de la privacidad del mugriento baño, el mapache se liberó de la manta con una sacudida. Debajo llevaba un traje ajustado lleno de bolsillos y herramientas. Trepó por las tuberías con una agilidad sorprendente y, con sus patas ágiles, comenzó a desenroscar una rejilla de ventilación.

—Tranquila, mami… misión cumplida, ya estamos adentro —susurró, guiñándole un ojo antes de desaparecer en el conducto.

—Te he dicho que no me llames mami —siseó Yuki al aire, su cuerpo temblando de ira contenida.

Desde el interior del conducto, un par de chispazos arcanos iluminaron la oscuridad, seguidos del suave zumbido de la magia siendo desactivada. Una serie de runas rojas que brillaban en la pared interior del túnel cambiaron a un verde tenue. El mapache asomó la cabeza por la rejilla y le mostró un pulgar hacia arriba.

Conteniendo su furia, Yuki conjuró un soplido gélido y lo envió al sistema de ventilación en una serie de ráfagas intermitentes. Era código Morse helado, un pulso de aire frío que solo un miembro de su equipo podría sentir. Deletreó la señal: EN ADELANTE.

En un túnel de servicio oscuro y polvoriento, Noctalypse abrió los ojos. Sus pupilas violetas brillaron y su sombra se extendió como un río de tinta líquida por el suelo.

—Recibido —murmuró—. La señal es clara. Procedo.

Pero antes de que pudiera moverse, una voz frenética estalló en cristal de comunicación. ¡NOCT, ESPERA!, gritó Rubí desde los establos. ¡El maldito encargado no me quiere arrendar caballos! ¡Dice que hay un cartel con mi cara y en letras grandes “MALA PAGA”! ¡No me dan ni un burro prestado!

…Maldición, pensó Noct. Si nos descubren, ¿cómo escaparemos?

Un nuevo pulso helado llegó a través de la ventilación, más urgente esta vez. La voz de Yuki en su mente era tan cortante como el código: APÚRATE.

Entendido, respondió Noct.

¡Oye, calmaaa!, intervino Rubí de nuevo, su pánico transformándose en una idea terrible y brillante. ¡Ya se me ocurrió algo! Si no me prestan caballos, yo misma armo la carreta… ¡con magia ígnea! Voy a improvisar unas ruedas de fuego, ¡y verás si no salimos volando de aquí!

Noctalypse cerró los ojos y exhaló lentamente. —Que Sylvalis nos ampare…

Noct avanzó en silencio por el pasillo interior, su sombra filtrándose como humo líquido en las grietas de los muros. Observó el intrincado tejido de magia que protegía la vitrina y, uno a uno, los sellos arcanos se apagaron como velas ante un soplo invisible. El cristal protector tembló y se disolvió. Con precisión quirúrgica, Noct comenzó a retraer la reliquia, envolviéndola en las profundidades de su capa. A su lado, el mapache sacó de su mochilita un objeto envuelto en terciopelo: una copia exacta. Con manos ágiles la colocó en su lugar, ajustando los detalles con un descaro profesional.

Yuki, mientras tanto, seguía en el baño, cubriendo la improvisación del “bebé”. Fue allí donde un par de nobles de Glaciem la reconocieron. Sus abanicos temblaron, las miradas se desviaron y, sin decir una palabra, se apresuraron a salir, con rumbo directo a los guardias.

—Mapache… vuelve ya —susurró Yuki entre dientes—. Tenemos problemas.

—¿Qué? ¿Ahora? ¡Pero apenas estoy—!, la voz del roedor en su mente fue interrumpida por el ruido de pasos pesados que se acercaban.

Los guardias giraron hacia ella, con las lanzas al frente.

—¡ALTO! —rugió uno, señalando el bulto en sus brazos—. Ese no es un bebé… ¡Es un maldito mapache! ¡Es el sucio Joe!

El corazón de Yuki se encogió. Su rostro, rojo de vergüenza y furia, comenzó a cubrirse de una fina capa de escarcha. Las paredes mismas del pasillo crujieron bajo la amenaza de su hielo.

Y entonces… un estruendo monumental sacudió el edificio.

La muralla lateral de la casa de remates se desmoronó en cámara lenta, con piedras y vigas cayendo como fichas de dominó. Entre la nube de polvo surgió una silueta encapuchada, iluminada por las brasas de su propia aura: Rubí, montada sobre una bestia que solo podría existir en Sylvalis. Un Avecestruz. Sí, A-veces-truz.

No eran criaturas comunes.

A veces parecían avestruces, a veces dinosaurios emplumados, y siempre, siempre tenían mala actitud. Sus plumas se erizaban como cuchillas y sus ojos amarillos despedían una furia salvaje.

—¡A CORRER, QUE EL SHOW YA EMPEZÓ! —bramó Rubí.

Las bestias embistieron contra las mesas, rompieron bancos y crearon un caos absoluto, relinchando como lagartos furiosos. —¡CORRAN, IDIOTAS, QUE ESTA ES LA ESTAMPA MÁS GLORIOSA DE SUS VIDAS!

En medio de la confusión, Rubí guio una segunda montura hacia Yuki, quien, abrazada a su “bebé mapache”, logró subir e intentó mantener una postura regia sobre la indomable criatura.

—Mantén la compostura… eres una reina… eres una reina… —apretaba los dientes—. ¡Maldito mapache, agárrate fuerte!

—¡WUUU, ESTA MAMITA HELADA ES UNA PILOTO DE LOCURA! —gritó Joe, con los brazos en alto.

Los guardias salieron tras ellos, pero los Avecestruces eran imparables. Derribaban todo a su paso mientras los nobles burgueses gritaban y se apartaban, cubriendo sus joyas. Fue entonces cuando, desde la derecha, apareció Noct. Sombrío, impecable, con la reliquia bajo el brazo y montado en… un cerdito rosado. El animal chillaba con furia, pero corría como un rayo, esquivando piernas y saltando barriles como un atleta de élite.

Ohhh… Noct, cabalgando un cerdito diminuto y veloz… es la imagen más poderosa y adorable que jamás existirá en Caelyndor, resonó la voz de Lyzi en sus mentes, llena de una risa tierna.

Rubí miró hacia atrás y estalló en una carcajada que se escuchó por encima del estruendo. —¡JAJAJAJAJA, ESTO VA A SER CANCIÓN DE TABERNA! ¡EL SEÑOR OSCURO MONTANDO UN CHANCHO DE GUERRA!

El grupo dobló la esquina hacia la salida del pueblo. Los guardias, desesperados, soltaron a sus sabuesos mágicos, pero los Avecestruces patearon el suelo con tal violencia que un muro de polvo cegó a los perseguidores. Yuki, con un ademán, lanzó ráfagas de nieve que sellaron las calles secundarias. Noct, desde su cerdito, desplegó su sombra para hacer tropezar a los más insistentes. Y Rubí, al frente, rugió con toda el alma:

—¡VAMOOOOS, EQUIPO! ¡ESTA RELIQUIA ES NUESTRA!

La estampida cruzó el último arco del pueblo. Tras ellos, solo quedaban gritos, polvo y el eco lejano de un cerdo furioso.

Ya a salvo, el ritmo de la huida se calmó, pero la adrenalina seguía a flor de piel.

—Escapamos como leyendas urbanas —declaró Rubí, eufórica—. ¡Montadas en dinosaurios emplumados y un cerdito olímpico!

—…y yo quiero olvidar el noventa por ciento de esto —murmuró Yuki, todavía con las mejillas encendidas por el bochorno del baño—. No puedo creer que mis propias nobles me delataran… y que la situación se resolviera contigo entrando como un cataclismo.

Rubí le sonrió. —Aun así… admito que fue la distracción perfecta.

Yuki se aferró a la pluma del Avecestruz, congelada entre la dignidad real y el espanto absoluto. —Esto se nos fue de las manos… Pero lo logramos. Estamos vivos, con la reliquia… y con un cerdo de guerra.

Como si lo hubieran invocado, el cerdito chilló, y contra todo pronóstico, aceleró de forma inexplicable, llevándose a Noct hacia el horizonte.

—¡¡¡JAJAJAJAJA, ESTO ES HISTORIA!!! —carcajeó Rubí mientras dirigía a los Avecestruces para seguirlo.

De vuelta en el pueblo, las calles quedaron en ruinas, los guardias jadeaban confundidos, y la gente solo alcanzaba a repetir una pregunta: —¿Fueron ladrones… o una troupe de circo maldito?

El Intercambio.

Más tarde.

La polvareda del escape aún flotaba en el aire cuando Yuki, Rubí y Joe el mapache se instalaron frente a la iglesia, esperando a Noct. Pasó una hora. Rubí ya había perdido la cuenta de cuántas piedritas había lanzado contra la puerta; Yuki trataba de mantener la dignidad con el ceño fruncido, y Joe masticaba semillas con un descaro insoportable.

Yuki se llevó una mano a la frente, intentando mantener la compostura, aunque una sonrisa apenas contenida tiraba de sus labios. —Una hora, Rubí. Una hora entera esperando, contigo jugando a lanzar piedritas… ¿Estará bien Noct?

Rubí estalló en carcajadas, doblándose hacia adelante casi hasta caerse de la escalinata. —¡JAJAJAJAJAJA! Tranquila, Reina Helada. ¿De verdad crees que un chanchito sería la perdición del Señor de las Sombras?

Cuando por fin apareció Noctalypse, no traía montura ni su habitual elegancia sombría. Solo un cabello erizado hacia atrás, como si la velocidad misma lo hubiera peinado. Caminaba con la calma impostada de alguien que acababa de sobrevivir a un cataclismo ridículo.

Un temblor recorrió los labios de Yuki, incapaz de contenerse del todo. —Noct, tu cabello… ¡está en punta! Jamás olvidaré esta visión.

—¡PEINADO DE VELOCIDAD! —rugió Rubí, riendo a lágrima viva—. ¡El chancho veloz te ha dejado con nuevo estilo!

Con voz serena, Noctalypse relató lo sucedido. Al parecer, el cerdito veloz había encontrado un campo de trufas y se había detenido en seco, negándose a dar un paso más. Obligado a continuar a pie, Noct le había pedido ayuda a un anciano campesino que pasaba con una carretilla.

—¿Qué tan lejos estamos de la iglesia? —había preguntado Noct, intentando sonar neutral. El anciano, de manos temblorosas pero ojos vivaces, respondió: —Como a cinco horas, joven.

Un silencio resignado pesó en el aire, hasta que el hombre sacó unas viejas antiparras de cuero y sonrió con dientes amarillentos. —Agárrese. Fui jinete en mi juventud… y amo la velocidad.

Noct apenas alcanzó a murmurar un “Oh, no… otra vez no” antes de que la carretilla saliera disparada como un proyectil. El maestro de las sombras, aferrado al borde de madera, luchaba contra la náusea mientras el viento volvía a esculpir su melena en picos violentos.

Cuando finalmente llegó, descendió tambaleante, con el rostro pálido y el peinado imposible de ocultar.

La reliquia fue entregada bajo un silencio solemne. Los cardenales se inclinaron, agradecieron con sobriedad ritual y, sin más, hicieron rodar varias bolsas de monedas y billetes hacia el grupo. Pesadas, tintineantes, tentadoras. Nadie preguntó nada. Nadie sospechó.

—Caminen más rápido —susurró Joe, sin apartar la sonrisa de su hocico.

El aire en la iglesia estaba demasiado denso. El eco de sus pasos resonaba demasiado fuerte. El silencio era… demasiado perfecto.

Y entonces, un grito rompió todo. —¡HEY! ¡ESTA RELIQUIA ES FALSA! ¡ESTAFADORES, REGRESEN!

El retumbar de lanzas contra el mármol hizo temblar las paredes. Rubí soltó una carcajada histérica mientras corría, Yuki maldecía entre dientes con el porte de una reina que jamás debió estar ahí, y Noct, sereno hasta en la desgracia, los empujó hacia la salida con una sombra protectora.

Horas después, ocultos en un establo que apestaba a heno y estiércol, Rubí reía tumbada sobre los sacos de billetes. Yuki, de pie, tenía los brazos cruzados y la expresión de alguien que planeaba congelar a un mapache en cuanto lo viera. Noct permanecía en silencio, acariciando una de las bolsas como quien lee un misterio entre líneas. Fue él quien notó primero el papel doblado entre los fajos de billetes.

Lo abrió.

Gracias, Héroes de Caelyndor. Ahora podré alimentar a mi familia.

—El Sucio Joe

(Firmado con el dibujo de un pequeño y sonriente mapache)

Rubí explotó en carcajadas, revolcándose entre las bolsas como si fueran almohadas. —¡JAJAJA! ¡Esto es oro puro! ¡Imagínate las caras de esos cardenales! ¡De la gloria celestial a los insultos en dos segundos! Y ese mapache dejándonos un mensajito como si fuera un caballero andante. ¡Lo amo, es un maldito genio del crimen! ¡Juro que lo recluto para mi escuadrón personal de locuras!

Yuki lanzó un grito glacial que congeló media viga del establo. Las venas en su frente se marcaron como si fueran glaciares a punto de quebrarse. —Rubí… ¿entiendes lo que significa esto? No solo fuimos cómplices de un robo, ¡fuimos las víctimas de la estafa dentro de la estafa! ¡El sucio Joe nos utilizó para colocar SU copia de la reliquia, se embolsó el pago y encima nos dejó a nosotros como criminales! Esto no es gracioso, ¡es inadmisible!

Rubí se tira al suelo del establo riendo, agitando los billetes como abanico, tomó un fajo de billetes y comenzó a pasárselos por la cara como si fueran pañuelos de seda para secar las lágrimas de su risa. —No importa, Yuki —dijo entre risas—. El dinero es real, lo sé porque puedo diferenciar el olor a billete nuevo… y ahora huele a venganza contra ese mapache tramposo.

Noct, con un suspiro tan profundo como una caverna, murmuró: —Astuto mapache… Demasiado astuto.

El eco de la risa de Rubí llenó el establo, desbordando el absurdo de la noche. Porque en Caelyndor, la situación siempre, siempre puede ser más absurda.

El NO Rescate.

Ya con el peso de los florines dándoles una confianza renovada, el grupo se dirigió al Lago Plateado, seguros de que por fin liberarían a Lyzi de las garras de los gansos gánster.

Pero lo que encontraron los dejó mudos.

En la orilla del lago, bajo el reflejo plateado de las lunas, Lyzi se alzaba con un porte insólito. Aún vestía su delantal blanco de sirvienta, pero ahora lo llevaba como un manto de autoridad. A su alrededor, decenas de gansos con chaleco obedecían cada elegante gesto de sus colas. Unos le acercaban bandejas con refrescos, otros mantenían las alas firmes en una impecable guardia de honor.

Yuki, Rubí y Noct se quedaron boquiabiertos. Tanto, que a Yuki se le soltó un manojo de billetes, que cayeron al suelo en un aleteo de incredulidad. Rubí, sin perder un instante, se agachó y los recogió con una rapidez innata, asegurándolos en su cinturón.

En la orilla del Lago Plateado, Lyzi se llevó una mano a los labios con un gesto entre divertido y teatral. Una de sus colas de pelaje negro-violeta se arqueó en el aire como un cetro bañado por la luz lunar, y ante ella, todo el sindicato de gansos gánster hizo una reverencia, tan torpe como sincera.

—Nona Lyzi… gracias por tanto —graznaron en un coro de voces ásperas pero devotas.

Algunos de los más leales, con puros apagados aún en el pico, se acercaron para besar suavemente la punta de su cola, como si fuera un rosario sagrado.

Un ganso con un innegable aire de capo, a quien Lyzi había apodado Lucky Luciano Grazniatti, dio un paso al frente. —La Nona nos enseñó que no somos aves comunes… somos familia.

Otro, un tipo más sentimental llamado Bugsy Plumetti, se secó una lágrima mal disimulada con el borde de su ala. —Antes solo graznábamos sin rumbo… ahora graznamos con propósito.

Finalmente, el contable del grupo, Meyer Lanskizo, ajustó su maletín de cuero con un aire de profunda satisfacción. —El Lago Plateado —declaró con solemnidad— nunca estuvo tan lleno de poesía contable.

De pronto, un graznido brutal sacudió la orilla.—¡GRAAAAZZZ! —Cara Cortada estalló, inflando el pecho y agitando su chaleco, mirando directo a Noct con furia amenazante.La tensión duró un segundo, hasta que Lyzi chasqueó los dedos y sonrió con dulzura venenosa. —Oye, Cara Cortada… cálmate un rato.

El ganso retrocedió de inmediato, graznando bajito, como si masticara su propio orgullo.

Noct fue el primero en romper el silencio de los tres.

—Lyzi… ¿qué estás haciendo?

Ella se giró, con una sonrisa luminosa. Su voz era clara y firme, la de alguien que se había convertido en jefa por azar… y por un encanto arrollador.

—¡Rápido, Lucky Luciano, Bugsy Siegel, sirvan hospitalidad a mis amigos! —ordenó con un gesto de la mano. Luego fijó sus ojos en un ganso de aspecto rudo que merodeaba al fondo—. Y tú, Cara Cortada, no me mires así… ¿o quieres que te recuerde quién manda aquí de nuevo?

Los gansos graznaron con obediencia, desplegando su disciplina criminal como un ejército de plumas. Lyzi suspiró con dulzura. —Chicos… qué bueno que llegaron.

Yuki dio un paso al frente, el rubor de la reciente huida aún en su rostro. —Lyzi… pensamos que te estaban usando como a una cenicienta. ¿Qué ha pasado?

Ella bajó un poco la mirada, una chispa divertida en sus ojos. —Ah… es que me enseñaron a jugar al póker. Y luego una cosa llevó a la otra, una apuesta se hizo más grande que la anterior… y terminamos así.

Rubí, incrédula, apretó los billetes que acababa de recoger. —Entonces… ¿no hay nada que pagar?

Al instante, todos los gansos rodearon a Rubí, graznando al unísono con sus voces de lija: —¡GRAZ, GRAZ, EFECTIVO, PAGAR A LYZI, LA JEFA!

Rubí bufó, completamente frustrada. Sacó el fajo de florines que representaba todo su esfuerzo, lo miró con una furia impotente y, con un grito ahogado, depositó los fajos de billetes en la mano de Lyzi

—¿Para qué quiero yo esto? — dijo Lyzi mientras soplaba los billetes en su mano.

Los billetes se elevaron en el aire como hojas de otoño, girando lentamente sobre el Lago Plateado. El viento los arrastró en un remolino suave y, al tocar la superficie del agua, comenzaron a deshacerse en miles de motas doradas, disolviéndose como si nunca hubieran existido.

Por un instante, todos guardaron un silencio asombrado. Y luego… la risa los desbordó.

—¡¡¡NOOOOOO!!! —gritó Rubí, con un dramatismo desgarrador—. ¡Mis billetes! ¡Los conté uno por uno, los junté con mis manitas de fuego y ahora… ahora son polvo! ¡Soy una heroína trágica!

Yuki fue la primera en reír, una carcajada cristalina y elegante que rara vez se permitía. Noct, a su lado, dejó escapar una risa baja y sincera, mientras el cerdito veloz a sus pies chillaba de emoción, con la cara llena de rastros trufas, nadie sabe cómo llegó ahí pero ahí estaba. Lyzi reía con dulzura, y hasta los gansos gánster graznaron en un coro de celebración. Todos… menos Rubí.

—¡Basta, no se rían! —exigió, apretando los puños, su aura convertida en lava sólida—. ¿No entienden? ¡Ese dinero era mío! ¡MÍO!

Se quedó quieta, observando las últimas motas doradas desaparecer en el lago con el mismo dolor de quien ve morir a un dragón doméstico. —Así como llegaron… se fueron —murmuró.

Pero al mirar a Yuki doblada de la risa, a Noct sonriendo con franqueza y a Lyzi rodeada de gansos como una reina improbable, no pudo evitarlo. Una sonrisa se le escapó también, rompiendo su fachada de furia.

El Lago Plateado guardó el secreto de aquella estafa, reflejando estrellas y risas en sus aguas. Y la historia de la noche en que los héroes fueron ladrones, los gansos se volvieron mafia y el dinero se convirtió en polvo… pasó a ser parte del folclore de Sylvalis.

Las risas habían quedado atrás, flotando como ecos suaves entre las cañas. El grupo volvió a su campamento, cansados, llenos de historias absurdas y con el recuerdo de gansos gánster jurando lealtad kitsune.

Rubí cayó dormida casi al instante, boca arriba, con la espada atravesada como guardiana a su costado y un leve ronquido volcánico escapando de su pecho. Yuki, aún alerta, repasaba mentalmente la humillación vivida en el baño, y Noctalypse, con la serenidad de las sombras, permanecía en vela.

Fue entonces cuando algo brilló.

Las motas doradas que habían flotado sobre el lago esa tarde no habían desaparecido del todo. Se elevaron en la noche como pequeñas luciérnagas de oro, revoloteando sobre el campamento. Una, dos… luego decenas, hasta que parecían estrellas fugadas del cielo.

Lyzi, con sus colas abiertas como un abanico de galaxias, las recibió en su palma. Susurró en un idioma antiguo, mezcla de viento y corazón. Y con un último soplo delicado, envió dos luciérnagas a posarse suavemente sobre la mano de Rubí dormida.

En un destello breve, se transformaron en un fajo de billetes. No era una fortuna desbordante, pero sí lo suficiente para saldar deudas, para callar graznidos molestos, para que la guerrera de fuego pudiera volver a caminar con la cabeza alta.

Rubí se giró en sueños, abrazando el fajo contra su pecho como si fuera una almohada. Murmuró algo entre dientes:

—Al fin… soy rica… no me cobren más, malditos gansos…

Yuki, que lo vio todo de reojo, no dijo nada. Solo dejó escapar una sonrisa imperceptible. Noct, en silencio, inclinó apenas la cabeza hacia Lyzi, como quien reconoce un acto de bondad que no necesita palabras.

Lyzi se quedó mirando a Rubí dormir con la inocencia de una llama cansada. Y en su mirada había ternura, picardía… y un amor que sabía cuándo dar, y cuándo dejar que la magia hiciera el resto.

—Y ese, pequeños guardianes de la historia —concluyó una voz dulce tiempo después—, fue el día en que aprendimos que a veces la riqueza se mide en monedas… pero siempre, siempre termina en risas. L.