Mini relato — Crónicas de Caelyndor

La empanada mágica

Rubí · Yuki · Lyzi~15 min de lectura

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La cocina olía a masa tibia, cebolla dorada y exceso de confianza.

Rubí estaba frente a la mesa, con los antebrazos cubiertos de harina y la expresión orgullosa de quien llevaba un buen rato sometiendo una bola de masa mediante fuerza, instinto y amenazas verbales. La había golpeado, plegado y estirado, pero todavía le faltaba imponerle su voluntad.

—Bien. Según esta receta tradicional de Cindralith occidental, necesitamos carne, cebolla, ají... mucho ají. ¡Muchísimo ají! Ah, y también...

—Rubí. Dame esa receta.

—¡Pero si todavía no termino!

—Precisamente.

Yuki le quitó la hoja, repasó los ingredientes y se la tendió a Lyzi.

—Ve por lo que falta. Y trae exactamente lo que está escrito.

—¡Lo tengo! ¡Voy y vuelvo!

Lyzi salió dando saltitos, con las nueve colas balanceándose tras ella.

Rubí se cruzó de brazos.

—Le quitaste toda la emoción a cocinar.

—Prefiero quitarle la emoción antes que la seguridad.

Rubí resopló, pero Yuki ya había vuelto a la olla del pino, dando la discusión por terminada. Sin nadie más con quien pelear, Rubí regresó a la masa, decidida a demostrar que al menos una cosa en esa cocina obedecería sus órdenes.

Pasaron unos minutos entre golpes secos, el tintineo de la cuchara de Yuki y el aroma de la cebolla dorándose.

—Masa lista —declaró al fin Rubí, limpiándose una mejilla con el dorso de la muñeca y dejándose una mancha blanca—. Perfecta. Resistente. Con carácter. Como debe ser.

—Es masa, Rubí —dijo Yuki, que revolvía el pino con precisión casi militar.

—Justamente. La masa débil traiciona. La masa fuerte contiene.

Yuki probó el relleno con la punta de una cuchara, cerró los ojos un segundo y corrigió la sal en una cantidad tan pequeña que Rubí la miró como si acabara de presenciar un truco de magia ridículo.

—Eso no cambió nada.

—Cambió lo suficiente.

—Eso dices siempre antes de volver algo aburridamente perfecto.

—Gracias.

—No era halago.

—Lo acepto igual.

Lyzi volvió poco después con una bolsita de tela entre las manos y una sonrisa suave, casi ceremonial. Sus orejas negras de puntas plateadas se inclinaron hacia el aroma del relleno.

—Traje la especia.

Dejó la bolsita sobre el mesón, la abrió y espolvoreó una pizca de hierbas sobre el pino. La etiqueta quedó oculta entre los pliegues de la tela.

Las tres trabajaron juntas. Rubí estiraba la masa y cortaba los discos con una seguridad casi ofensiva; Yuki repartía el pino en porciones exactas; Lyzi cerraba cada empanada presionando los bordes con delicadeza, dejando pequeños pliegues que parecían pétalos.

La primera bandeja entró al horno y, mientras esperaban, armaron la segunda. Rubí quiso añadir más ají al relleno restante. Yuki se opuso. Rubí lo añadió de todos modos. Lyzi, prudente, se concentró en los repulgues.

Cuando la primera tanda salió, dorada y crujiente, con el relleno todavía humeante, resultó irresistible. Lo que empezó como una degustación terminó en comida improvisada: Rubí repitió varias veces, Lyzi no pudo resistirse a un poco más y Yuki, que había empezado con una sola empanada por cortesía culinaria, acabó comparando los bordes de varias.

La bandeja quedó casi vacía.

Satisfechas, metieron la segunda tanda al horno. Mientras Yuki vigilaba la cocción y Lyzi recogía la harina del mesón, Rubí se estiró con una sonrisa plena.

—Menos mal que encontraste Nalga de Ángel, Lyzi.

Lyzi se quedó quieta.

Fue apenas un segundo. Pero Yuki lo notó. Rubí también. La masa, probablemente, también.

—Lyzi —dijo Yuki, dejando la cuchara—. ¿Qué pediste exactamente?

Lyzi recogió la bolsita y la abrazó contra el pecho.

—Cola de Ángel.

Rubí parpadeó.

—¿Qué?

—Cola de Ángel —repitió Lyzi, con una dignidad cada vez más frágil—. Es que «Nalga de Ángel» sonaba feo.

—¡Lyzi! ¡Hay una diferencia entre nalga y cola!

—Pero «cola» sonaba más elegante...

—¡No puedes cambiarle el nombre a las especias mágicas porque te da vergüenza decir nalga!

Yuki extendió la mano.

—La bolsita.

Lyzi obedeció. Yuki la abrió, olió apenas el contenido, y su expresión no cambió.

Eso fue lo peor.

—Esto no es Nalga de Ángel.

—¿Es... una variante? —aventuró Lyzi.

Yuki giró la bolsita y leyó la etiqueta: tinta corrida, letra diminuta, tela demasiado arrugada para inspirar confianza.

—Cola del Diablo.

El silencio cayó como una bandeja de hierro.

Rubí miró a Lyzi. Lyzi miró la bolsita. La bolsita, por razones que nadie quiso discutir, pareció mirar de vuelta.

—Yo pedí Cola de Ángel —susurró Lyzi.

—¡Esa especia no existe!

—Don Carlito me dijo que servía.

Rubí bajó los brazos.

—No.

Lyzi bajó las orejas.

—Sí.

—El de la tienda vieja —dijo Yuki.

—Sí.

—El que etiqueta los frascos con tinta corrida.

—Sí...

—El que apenas ve más allá de su nariz.

—Tiene mucho espíritu.

—Tiene cataratas, Lyzi.

—¡Y le tiemblan las manos! —Rubí apuntó a la bolsita como a una prueba judicial—. ¡Ese hombre una vez vendió sal de luna como azúcar flor!

—Fue un accidente muy brillante —murmuró Lyzi.

Yuki sostuvo la bolsita como quien evalúa un documento de guerra.

—A partir de mañana, los pequeños comercios mágicos de frontera serán sometidos a revisión sanitaria, examen visual obligatorio, prueba de lectura a distancia, evaluación de temblor fino y entrevista psicológica básica.

—¿Acabas de inventar política pública por una empanada?

—Por una cadena de errores prevenibles.

Lyzi levantó una mano tímida.

—¿Don Carlito irá preso?

—No.

Lyzi suspiró, aliviada.

—Será evaluado.

—¡Peor! —Rubí soltó una carcajada. Luego se apoyó en el mesón, intentando fingir que no le picaba la lengua—. Bueno, tampoco exageremos. Es una especia. Fuerte, rara, lo que quieras. Pero nadie se ha muerto por comer Cola del Diablo.

—Eso —asintió Lyzi—. Nadie se ha muerto.

Yuki no respondió. Acercó la etiqueta a la luz.

—Voy a leer las instrucciones completas.

—Eso siempre es mala señal.

—Lo es.

Leyó en silencio. Luego leyó otra vez.

—«Uso recomendado: preparaciones frías, sin aceite, bajo supervisión ritual. No exponer a temperaturas superiores a veinte grados».

Rubí miró el horno. Lyzi miró el horno. El horno hizo un pequeño toc desde dentro.

—Rubí. ¿A cuánto pusiste el horno rúnico?

Rubí miró el marcador.

—Doscientos veinte.

—Eso es mucho más que veinte —dijo Lyzi, pálida.

—Gracias, Lyzi. Pensé que era menos.

—Apágalo.

Rubí lo apagó de inmediato, pero el daño ya estaba hecho. Por la rendija se escapó una hebra de vapor violeta, delgada, educada, casi bonita.

Demasiado bonita.

Y entonces las tres, sin ponerse de acuerdo, bajaron la vista hacia la primera bandeja.

Hacia las migas.

—Espera —dijo Rubí.

—No —dijo Yuki.

—Nosotras ya...

—No.

—...nos comimos la primera tanda.

Lyzi se llevó ambas manos a la boca. Yuki cerró los ojos.

—Cuántas.

Rubí miró hacia otro lado.

—Depende de cómo definas «una».

—Rubí.

—Dos.

—Rubí.

—Dos y media.

—Rubí.

—Tres, pero una era chica.

Lyzi alzó un dedo.

—Yo comí una... y probé media de Rubí, porque dijo que sabía como si el relleno estuviera mirando el amanecer.

—¿Y tú? —Rubí se volvió hacia Yuki con una sonrisa peligrosa—. ¿Cuántas comiste tú?

—Una. Por cortesía culinaria.

—Yuki.

—Una y tres cuartos. La evaluación sensorial requería comparación de bordes.

—¡La reina también cayó!

Yuki volvió a la etiqueta.

—«Exponer esta hierba a más de veinte grados no vuelve su efecto sumatorio. Lo vuelve multiplicativo».

—¿Q-qué más dice? —preguntó Lyzi, con un hilo de voz.

—«No mezclar con grasas calientes, aceites, mantecas, rellenos sellados, masas cerradas, vapores contenidos, calderos, hornos, braseros, parrillas, lámparas solares, discusiones familiares ni juramentos emocionales».

—Eso es muy específico.

—No he terminado. «Posibles efectos secundarios: sudoración astral, separación parcial del alma, conversaciones con ingredientes, inversión temporal de recuerdos, aparición de parientes fallecidos con opiniones culinarias, combustión simbólica del ego, apertura involuntaria del tercer ojo y efectos letales para seres mortales y no tan mortales».

Rubí se quedó quieta.

—¿Qué significa «no tan mortales»?

Yuki dobló la bolsita con precisión glacial.

—Significa que incluso Lyzi debería preocuparse.

Lyzi soltó un chillido mínimo.

—Yo solo quería que oliera bonito...

Yuki dejó la bolsita sobre la mesa, sacó una hoja y mojó la pluma.

—¿Qué estás haciendo? —preguntó Rubí.

—Mi testamento.

—¿Tu qué?

—Lo tenía a medio avanzar desde esta mañana. Por si acaso.

—¡¿Por si acaso qué?!

—Por si alguien traía una especia sylvalina sin confirmar el nombre, la región, el modo de preparación, la compatibilidad térmica y la posibilidad de que una empanada desarrollara intención.

Desde el horno, algo hizo pop.

La segunda bandeja seguía dentro, envuelta en una luz violeta que palpitaba demasiado. Y una voz lejana, pastosa, murmuró:

—Otra mordida...

Rubí señaló el horno.

—¡Habló!

Yuki tomó otra hoja sin levantar la vista.

—Anexo al testamento: se prohíbe a Lyzi el acceso no supervisado a condimentos con nombres anatómicos, demoníacos o ambiguamente celestiales.

—Acepto esa cláusula con dolor —dijo Lyzi.

Y bostezó.

No fue un bostezo grande. Fue uno pequeño, somnoliento, casi tierno. Se frotó un ojo y se dejó caer en una silla.

—Mmm... tengo sueño. Todavía no vienen las alucinaciones.

—Lyzi, no lo digas como si fuera algo nor...

Lyzi dejó de mirar la cocina.

Su expresión no cambió a terror ni a dolor, sino a una leve sorpresa, como si alguien hubiera abierto una puerta en mitad del aire. Detrás de ella, sus nueve colas se desvanecieron una tras otra con un sonido diminuto, como de burbujas reventando al revés.

—¿Por qué hay un pez con corona tocando campanas dentro de una luna de madera?

Rubí se levantó de golpe.

—¡Ya empezó! ¡Y se le fueron las colas!

Yuki dejó la pluma.

—Lyzi. Describe el entorno.

—Estoy en un lugar violeta. No. Azul. No... los dos. Hay escaleras colgando. Las tazas flotan. Crecen árboles desde el techo. Y una empanada gigante gira en el cielo como si fuera un sol culpable.

—¿Un sol culpable?

—Tiene cara triste. Creo que se arrepiente de habernos cocinado.

—Separación de plano con imaginería culinaria activa —diagnosticó Yuki.

Rubí le agitó una mano frente a la cara.

—¡Lyzi! ¿Me ves?

Lyzi sonrió dulcemente, pero no a ella.

—Ahora mismo pareces un ciervo de fuego con delantal.

—Yuki, me insultó en otro plano.

—No fue un insulto. Fue traducción simbólica.

—¡Peor!

Yuki se frotó los ojos con dos dedos. Parpadeó. Miró a Rubí y se quedó muy quieta.

—Rubí... ¿por qué te ves como un candelero?

Rubí se giró hacia ella.

—¿Yuki? ¡¿Qué carajos?! ¡Eres una lagartija azul!

Lyzi levantó un dedo desde su silla.

—Eso significa que ya no estoy sola...

—¡No ayuda! —gritó Rubí.

Yuki sostuvo la compostura con visible esfuerzo.

—Necesito precisión. Lyzi, ¿tú también la ves así? ¿Decorativo? ¿Ceremonial? ¿De varias velas?

—¡Eres una lagartija azul y te estás poniendo técnica!

—La técnica es lo único que nos separa del colapso absoluto.

Lyzi ladeó la cabeza.

—Ahora que lo dices, el ciervo se volvió candelero. Ceremonial. Con llamitas temperamentales.

—¡Gracias, Lyzi! ¡Eso ayudó todavía menos!

Yuki observó a Rubí con juicio clínico.

—Base dorada. Tres brazos. Fuego inestable. Mucha presencia. Dudoso autocontrol. Algo sin pulir. Con rayas en zonas poco esperables.

—¿Qué clase de rayas?

Yuki entrecerró los ojos.

—Como las de un borracho que no encontró las llaves a tiempo.

Silencio absoluto.

—¡Eso ya no fue alucinación! ¡Eso fue una evaluación con saña!

—Preguntaste por las rayas.

—¡No para que me destruyeras con ferretería emocional!

Yuki se cruzó de brazos.

—¿Y tú cómo me ves?

Rubí entornó los ojos y la apuntó con el paño de cocina.

—Pequeña. Azul. Fría. Te crees más intimidante de lo que eres. Caminas como si fueras a pisar huevos, con cuidado pero con soberbia, como si el suelo te debiera respeto. Y tienes escamas amarillas en algunas partes. No muchas, pero sí las suficientes para pensar: «esta lagartija no viene en son de paz». ¿Eres venenosa?

—¿Y cómo voy a saberlo?

—¡No sé, dime tú! ¿Comes huevos o carne?

Lyzi se dobló de risa sobre la mesa.

—¡Rubí!

—¡Es una pregunta válida! Si es una lagartija azul con protocolo de reina, necesito saber si además muerde.

—No soy una lagartija.

—Para mí sí.

—Tu percepción está alterada.

—La tuya también, y nadie está haciendo un informe.

Lyzi reía tan fuerte que empezó a faltarle el aire. Entonces hizo un sonido raro: no fue hipo ni tos, sino algo intermedio, como si su cuerpo hubiera intentado estornudar hacia adentro.

—¿Hic?

—¿Qué fue eso?

—Creo que fue un hipo inverso.

—Eso no existe —dijo Yuki.

Puf. Una de las colas negras de Lyzi reapareció entre pequeños destellos violetas.

—¡Volvió una! —gritó Rubí.

Lyzi giró sobre sí misma para mirarla.

—¡Ay, mi colita! Pobrecita, ¿dónde estabas?

—La risa parece estar restableciendo la conexión con el cuerpo —observó Yuki.

—Entonces hay que hacerla reír.

—No he dicho eso.

—Pero lo pensaste con palabras más fomes. —Rubí la señaló—. Empieza tú. Ruge como lagartija.

—Absolutamente no.

Lyzi la miró con ojos enormes y una sola cola agitándose detrás de ella como una bandera de esperanza.

Yuki sostuvo esa mirada tres segundos. Luego cerró los ojos, alzó el mentón con dignidad real y emitió:

—Krrk.

Lyzi soltó una risita.

No apareció ninguna cola.

—Le faltó convicción —dictaminó Rubí.

—Fue un rugido reptiliano técnicamente contenido. —Yuki se volvió hacia ella—. Tu turno.

—¿Mi turno de qué?

—Cómo ruge un candelero.

—Ay, sí... —susurró Lyzi.

—No.

—Yo cumplí.

—¡Hiciste «krrk»!

—Precisamente. Ahora corresponde que el candelero ruja.

Rubí resopló.

—Está bien. Pero solo porque recuperar colas me parece una causa noble.

En ese momento, el suelo decidió abandonar la normalidad. Bajo los pies de Rubí apareció algo parecido a un sofá de gelatina: blando, traslúcido, tembloroso.

—Esto antes no estaba aquí.

—Nada antes estaba aquí —dijo Yuki.

Rubí se subió encima. El sofá hizo blom. A los ojos de Yuki, los brazos del candelero titilaron con llamitas irritadas.

Rubí se enderezó. Infló el pecho de bronce. Aguantó un segundo. Dos.

Yuki no pestañeó. Lyzi apenas respiraba.

Rubí abrió la boca.

—Tonta. Los candeleros no rugen.

Y estalló en una carcajada.

Lyzi se desplomó en el suelo, muerta de risa.

—¡Nooo! ¡Eso fue trampa!

Puf. Otra cola.

Puf. Una tercera.

Rubí bajó del sofá con aire triunfal.

—¡Ven! ¡Mi humor es medicinal!

—Tu irresponsabilidad es estadísticamente útil —concedió Yuki.

—Es lo más lindo que me has dicho hoy.

Yuki no respondió. Se quedó mirando el vacío. Luego sacó una hoja nueva.

—Yuki, nooo... —gimió Lyzi—. ¿Qué haces?

—Firmo un exilio emocional de cuarenta y ocho horas. Durante ese periodo, toda solicitud de ternura, perdón, complicidad, abracito, validación culinaria o defensa ante consecuencias legales será respondida con silencio institucional.

—¡¿Exilio emocional?! —Rubí señaló a Lyzi—. ¡Pero la hice reír y recuperó dos colas!

—Eso atenúa la condena. Originalmente eran setenta y dos horas.

—Nos rebajó la pena... —suspiró Lyzi, conmovida.

—¡No te conmuevas! ¡Nos está castigando con burocracia afectiva!

Desde el horno llegó un ruido pequeño.

—Krrk.

Las tres miraron.

—La empanada acaba de rugir mejor que tú —dijo Rubí, muy despacio.

Puf. Cuarta cola.

Yuki cerró los ojos.

—Exilio emocional extendido a la empanada.

La risa de Lyzi creció: primero bajita, luego abierta, luego incontrolable.

Puf. Puf. Y una séptima que apareció enroscada sobre sí misma, como si volviera mareada de otra dimensión.

Yuki levantó la mano.

—Alto. Tengo una teoría.

—¡Ahora las lagartijas tienen ciencia! —anunció Rubí—. ¡Prepárense para el apocalipsis reptiliano!

—¡Apocalipsis reptiliano! —chilló Lyzi.

Yuki apretó los labios.

—Esto es Sergio.

Rubí giró la cabeza muy despacio. Lyzi alzó la vista, con lágrimas en los ojos.

—¿Qué dijiste?

—Serio —corrigió Yuki.

Demasiado tarde.

Rubí cayó de rodillas sobre el sofá de gelatina. Blom.

—¡La Reina de Glaciem acaba de invocar a Sergio!

Lyzi gritó de risa. Puf: la octava cola se alzó detrás de ella como una bandera victoriosa.

—Eso confirma mi teoría —dijo Yuki, recuperando el tono de mando a la fuerza.

—¿Sergio confirma tu teoría?

—La risa de Lyzi. Escuchen: creo que Lyzi nos tiene atrapadas dentro de su ilusión, y sus colas son el temporizador. Cada vez que ríe con suficiente intensidad, una parte de su percepción regresa al cuerpo y la ilusión pierde estabilidad. Si recupera las nueve, es posible que el efecto colapse.

—¡Entonces hagámosla reír y veamos qué pasa!

—«Veamos qué pasa» no es un método científico. —Yuki suspiró—. Pero sí. Rubí: ráfaga de chistes malos. Los peores.

—¿Nivel taberna de Cindralith?

—Peor.

Rubí inhaló.

—¿Qué le dijo una empanada astral a otra empanada astral?

—No... —tembló Lyzi.

—Nos vemos en otro plano.

Lyzi emitió un sonido roto. La novena cola titiló, sin aparecer del todo.

—Más —ordenó Yuki.

—¿Cómo se llama una lagartija azul que firma decretos?

—No —dijo Yuki.

—Reptil administrativo.

Lyzi cayó de lado. La novena cola asomó hasta la mitad.

—Continúa —ordenó Yuki entre dientes.

—¿Y cómo se llama cuando una reina lagartija se enoja?

—No sé... —lloró Lyzi.

—¡Escama-lada diplomática!

Yuki se llevó una mano al rostro.

—Eso fue horrible.

—¡Por eso funciona!

La novena cola apareció completa con un PAAF más fuerte que los anteriores.

La cocina astral tembló. El sofá de gelatina se desinfló como una medusa decepcionada. El horno soltó una última bocanada violeta.

—¡Todas quietas! —exclamó Yuki.

Las nueve colas estaban allí, suaves, negras, luminosas, mientras una energía astral empezaba a recogerse hacia Lyzi como hilos invisibles.

—Ay —dijo ella, de pronto muy pequeña—. Creo que ya volvió todo.

—¿Eso es bueno o malo? —preguntó Rubí.

Yuki observó cómo las paredes de la cocina se doblaban hacia adentro, como una tela recogida.

—Bueno, si queremos regresar. Malo, si la ilusión se cierra sobre nosotras antes de que la conciencia se sincronice con el cuerpo.

—Yuki.

—Dime.

—Habla menos así justo antes de morir.

Lyzi tuvo otro hipo inverso.

La realidad dio un tirón. Por un segundo, Rubí volvió a ser Rubí, Yuki volvió a ser Yuki, Lyzi volvió a ser Lyzi.

Luego todo cayó. No hacia abajo. Hacia adentro.

Cuando Rubí abrió los ojos, estaba sentada en el suelo, con harina en la mejilla y una cuchara en la mano. Yuki estaba de pie junto a la mesa, sujetando su testamento con una mano y una empanada cruda con la otra. Lyzi abrazaba una cebolla como si fuera un animalito rescatado.

El horno estaba apagado. La segunda tanda descansaba sobre el mesón, cubierta con un recipiente de metal y asegurada con varios sellos de hielo que ninguna recordaba haber puesto.

—¿Volviste? —preguntó Rubí.

Lyzi movió las nueve colas.

—Volví.

Yuki respiró hondo.

—Bien. Nadie se mueve. Nadie come. Nadie toca nada. Y nadie vuelve a decir Sergio.

A Rubí le tembló la boca. A Lyzi se le bajaron las orejas de puro esfuerzo.

Yuki las apuntó con la empanada cruda.

—No se atrevan.

—Sergio —susurró Rubí.

Lyzi volvió a morirse de risa.

Yuki cerró los ojos.

—Exilio emocional extendido a setenta y dos horas.

Rubí se limpió la harina de la mejilla, sonriendo como quien acaba de ganar una guerra. Lyzi abrazó la cebolla con más fuerza.

—La próxima vez diré Nalga de Ángel sin vergüenza.

—No habrá próxima vez —dijo Rubí.

Yuki dobló su testamento con precisión.

—Habrá legislación.

Bajo el recipiente de metal, la empanada hizo un último sonido.

—Krrk.

Yuki no miró la bandeja. Solo tomó la pluma.

—Y habrá juicio.