Mini relato — Crónicas de Caelyndor
Crónicas del Festival Rodante: El Regalo de Lyzi
El suelo aún humeaba.
Fragmentos de hueso arcano flotaban en el aire como una ceniza lenta y blanquecina que se negaba a tocar tierra. En el centro del desastre, el Lich Lord, con la armadura agrietada y su corona de hierro torcida sobre el cráneo desnudo, alzó su báculo una última vez.
—Volvereeeeeeee…
La palabra se estiró, se rompió y se diluyó en una frecuencia antinatural mientras el portal a sus espaldas colapsaba en una espiral de vacío. El silencio posterior no fue un vacío; fue una respiración contenida por cuatro figuras que el destino, o quizás el cansancio, había mantenido en pie.
Primero, el fuego se impuso al frío de la tumba. Rubí permanecía con la espada aún caliente; la hoja exhalaba un vapor rojo, rítmico, como si el acero tuviera pulso propio. Su cabello volcánico caía indómito sobre los hombros, apenas contenido por una trenza lateral firme que parecía la única regla en medio de su caos. Sus ojos ámbar no miraban el lugar donde estuvo el enemigo: lo desafiaban. Rubí no ardía para iluminar el camino de otros; ardía porque, para ella, existir era combustión.
A su lado, el hielo dictaba el orden. Yuki no se movía más de lo necesario. Alta, erguida y perfecta en su proporción, era el contrapunto absoluto al incendio de su compañera. El cabello azul hielo caía liso y disciplinado, con un flequillo recto que trazaba la línea exacta donde terminaba la emoción y comenzaba la decisión. El Colibrí de Glaciem vibraba en su mano, no por rabia, sino por una precisión técnica que buscaba su centro. En Yuki, la calma no era ausencia de intensidad; era un dominio absoluto sobre la tormenta.
Después, entre los restos de la muerte, surgió la estrella. Lyzi sostenía su aura apenas visible, moviendo sus manos como si protegiera el aire mismo de quebrarse. Sus nueve colas negras, suaves y magníficas, temblaban con el desgaste espiritual de quien siente el peso de cada alma. Mitad humana, mitad zorro, y completamente eterna, Lyzi era el recordatorio de que el mundo aún podía ser hermoso incluso entre cenizas.
Finalmente, la sombra lo envolvía todo. Noctalypse permanecía un paso atrás. Era una figura alta y firme, envuelta en una capa negra de bordes violáceos que se movían como niebla. Sus ojos violetas no celebraban la victoria ni temían el regreso del Lich; simplemente observaban y calculaban. Su sombra tardaba un segundo extra en acomodarse a sus pies, moviéndose con una voluntad propia. En él, la oscuridad no era un vacío, sino una conciencia profunda.
El portal terminó de cerrarse con un sonido seco, como el de un libro antiguo sellándose para siempre. El viento arrastró el polvo del campo de batalla y hurgó en los bolsillos de Lyzi hasta que algo pequeño y colorido escapó de su túnica. El papel se deslizó por el suelo hasta detenerse bajo las botas de Rubí.
Ella lo recogió. Sus cejas temblaron.
—"Gran Feria Gran. Viernes 20 de marzo. Por ser el Día del Laberinto, 30% de descuento en artefactos mágicos" —Rubí hizo una pausa dramática—. "No se hacen devoluciones. Solo efectivo".
Rubí alzó la vista. El fuego en sus ojos había cambiado.
—Lyzi… ¿qué significa esto? ¿Había una feria mágica y NO ME INVITASTE? ¡Yo amo las ferias mágicas! Desde niña iba. ¿Y tú pensabas ir sin mí?
—No, no es eso… —intentó explicar Lyzi—. Yo quería comprar un regalo…
Yuki intervino con seriedad imperturbable.
—Confirmo que esas ferias tienen algo interesante. Había una sección de cristales tallados con una precisión admirable. Y dulces que explotaban en la boca con microescarcha. Tenían su encanto.
Lyzi exhaló, dándose por vencida. Mira a Noctalypse de reojo.
—Quería comprarle un regalo a Noctalypse… por su cumpleaños.
El silencio volvió a caer, pero esta vez fue cálido. Rubí guardó el folleto en su cinturón con un gesto triunfal.
—¡ESO LO CAMBIA TODO! Decidido: iremos todas y buscaremos el regalo perfecto. ¡A la feria mágica!
Noctalypse observó el cielo, que empezaba a aclararse. Estaba agotado, pero al ver la sonrisa de Lyzi y el entusiasmo de Rubí, asintió.
—Supongo… que puedo acompañarlas.
—Las batallas épicas terminan… —susurró Lyzi mientras caminaban.
—…pero la vida continúa —concluyó Noctalypse.
Mientras avanzaban por el sendero, el eco de la batalla quedó sepultado por la verborrea de Rubí, que caminaba dando saltitos.
—¡Es que no tienen idea! —exclamaba Rubí—. Había un show de títeres con un villano despreciable, un vampiro con una capa de terciopelo raído que siempre intentaba robarse el sol.
—¿Era el vampiro Fito? —preguntó Yuki con voz plana.
—¡SÍ! ¡Ese mismo! ¡Fito! Oh, cómo lo odiaba.
—Yo lo amaba —soltó Yuki.
Un silencio incómodo cayó sobre el grupo. Rubí se quedó con la boca abierta, procesando que su gélida amiga fuera fan de un títere chupasangre. Noctalypse rescató al grupo señalando hacia el frente.
—Creo que ya se ven las luces.
Lyzi alzó sus orejas de kitsune.
—Sí, puedo escuchar las flautas y los panderos. El aire huele a canela y a metal encantado.
Al doblar el recodo, la feria estalló en colores vibrantes y carteles de "¡DESCUENTO!". Los vendedores eran Feneks parlantes con pequeñas corbatitas de lazo y chalecos de smoking que regateaban con cortesía felina. Noctalypse se aclaró la garganta.
—Ya que ofrecieron comprarme un regalo... siempre he querido tener una varita mágica.
—¡PIDE, PIDE! —gritó Rubí, que ya estaba devorando un pincho de carne, cebolla y pimentón—. ¡HECHO! ¡Busquemos la tienda!
Llegaron al puesto de varitas. Al frente estaba una mujer Fenek de pelaje rojizo con una mancha en forma de corazón en el pecho. Detrás, su esposo, un Fenek cansado con las manos llenas de callos, pulía madera con un cepillo manual.
—Ese sabe lo que hace —comentó Rubí con la boca llena—. Mira esas manos, Yuki. Eso es sudor de verdad.
La Fenek les mostró el catálogo del Día del Laberinto. Yuki analizó una de Fresno ("Sin dramatismos"), pero Noctalypse se sintió intimidado por la de Roble ("Te juzga"). Finalmente, se decidió por la Liquidación Especial: una vara siseante que venía con un tomo de instrucciones del tamaño de un escudo.
—Yo no vendo cosas malas —gruñó el esposo Fenek desde el fondo—. El problema es que nadie lee las instrucciones. ¡Nadie! Si lee el manual, caballero, esa vara es más estable que una montaña.
Se sentaron junto a una fuente de mercurio líquido. Noctalypse leía el manual mientras comía una manzana confitada roja. Rubí miraba los dibujos de "magos con la cara desprendida" y Yuki usaba sus gafas Ex Glaciem Max para medir el flujo de maná. Lyzi, curiosa, tomó la varita y la movió levemente.
¡PUM!
Una explosión de humo lavanda llenó el aire de ovejas pop-corn de colores. Los niños aplaudían y un par de Súcubos que volaban por allí chocaron contra la lana dulce, quedando enredadas entre quejas.
—Efectivamente —concluyó Yuki tras limpiar una oveja de su hombro—, la vida es bastante pegajosa.
—Noctalypse —dijo Yuki, tratando de recuperar su dignidad—, ¿hay algo más que desearías de mi parte?
—He oído que los Polvos de Pixie lo arreglan todo —murmuró él—. A veces mi capa de niebla tiene hoyos.
Yuki se detuvo, indignada.
—¿Hoyos? Es una manifestación de éter, Noctalypse. Es lógicamente imposible.
—Yuki —intervino Rubí—, de la misma forma que salieron ovejas pop-corn, puede haber hoyos en una capa mágica. Si tiene frío, tiene hoyos. Punto.
Yuki se vio destrozada por esa lógica devastadora pero simple.
—Entiendo. La realidad ha dejado de tener sentido hoy. Vamos al puesto de Pixies.
La Pixie vendedora les entregó el polvo "Arregla Todo", pero les advirtió en susurros:
—Si la policía de Sylvalis los atrapa, digan que rascaron el lomo de un cerdo hongo. Y no consuman esto aquí; busquen un entorno seguro.
—Rubí… —susurró Lyzi mientras comía fresas con chocolate—. ¿Acabamos de ver a la Reina de Glaciem comprando cosas ilícitas?
Una vena se asomó en la frente de Yuki. Noctalypse las apuró hacia el barrio enano para buscar el regalo sorpresa de Lyzi.
Llegaron al taller de Gugnir Abdón. El enano entregó un cofre de nogal que Lyzi envolvió con un lazo violeta. Noctalypse abrazó a Lyzi y, tras su asentimiento, abrió el cofre. Dentro, cuatro piezas de obsidiana, amatista, piedra azul y piedra roja los representaban a la perfección. Había mapas y un reglamento.
—¿Un juego de héroes y mazmorras? —preguntó Noctalypse.
—Para tener aventuras en familia y sonrisas —respondió Lyzi.
—Mira el detalle —sonrió Noctalypse—. ¡Hasta se ven las venas en la frente de Yuki cuando se enoja!
Encontraron un rincón tranquilo en una taberna abierta llamada "El Yunque Alegre". Era un puesto de descanso con mesas de roble grueso y bancos cubiertos con pieles de oveja (de las de verdad, no las de pop-corn). La luz de una linterna de aceite proyectaba sombras cálidas sobre el mapa de pergamino que acababan de desplegar.
Rubí apartó con un gesto enérgico los restos de su quinta empanada y colocó su figura de piedra roja en lo que parecía ser una aldea dibujada en el mapa.
—¡Muy bien! Yo voy adelante. Mi miniatura se ve tan genial que el primer monstruo que vea se va a rendir por puro miedo.
Yuki se colocó de nuevo las gafas Ex Glaciem Max, pero esta vez para leer el reglamento del juego.
—Según el apartado de "Movimiento Terrestre", Rubí, tu personaje no puede avanzar tres hexágonos si el terreno es fangoso. Por favor, respeta la consistencia física del tablero.
Noctalypse tomó su figura de obsidiana. Por primera vez en años, sus dedos no buscaban el pomo de una espada, sino la base de un juguete. El polvo "Arregla Todo" que Yuki le había comprado descansaba en su cinturón, pero no sintió la necesidad de usarlo. El volumen del mundo no necesitaba bajar; el ruido de las risas de sus amigas era el único sonido que quería escuchar.
—Dice aquí que para abrir esta puerta necesito lanzar un dado de veinte caras —dijo Noctalypse, señalando el manual.
Lyzi sacó de una bolsita unos dados tallados en hueso de dragón que Gugnir había incluido de cortesía.
—Lánzalo, Noct. Es tu cumpleaños. Veamos qué aventura nos espera esta noche.
Noctalypse lanzó el dado. El pequeño poliedro rodó sobre la mesa, saltando por encima de una mancha de chocolate del Banana Split de Yuki, hasta detenerse en un número brillante.
—Un veinte —susurró Noctalypse.
—¡CRÍTICO! —rugió Rubí, saltando del banco y derramando casi un poco de hidromiel—. ¡Eso significa que la puerta no solo se abre, sino que explota con estilo!
Yuki suspiró, pero no hubo vena en su frente. Simplemente movió su figura de hielo al lado de la de Noctalypse en el mapa.
—En ese caso, procederé a cubrir tu retaguardia. No queremos que tu figura de obsidiana sufra daños estructurales en el primer nivel.
Afuera, la feria seguía su curso. Los Feneks continuaban regateando, el Behemoth seguía siendo una leyenda lejana en las montañas y la policía de Sylvalis buscaba cerdos hongo inexistentes. Pero allí dentro, entre cuatro amigos y un juego de mesa, el tiempo se había detenido. Las batallas contra los Lich Lords eran necesarias para salvar el mundo, pero eran noches como aquella las que hacían que el mundo valiera la pena ser salvado.
—Tu turno, Lyzi —dijo Noctalypse con una sonrisa que ya no era una sombra.
Y así, mientras la vida continuaba su curso indiferente, ellos comenzaron una nueva historia, una donde nadie tenía que morir y donde el único riesgo era morir de risa.