Mini relato — Crónicas de Caelyndor

Crónicas del Festival Rodante: El Regalo de Lyzi

Lyzi · Rubí · Yuki · Noctalypse~24 min de lectura

Cuatro lanzas de hielo se clavaron en la tierra alrededor del Lich Lord, una en cada punto cardinal, y de sus puntas saltaron relámpagos que tejieron una jaula chisporroteante. El no-muerto giró el cráneo buscando una salida y no la encontró: las descargas lo mordían cada vez que intentaba cruzarlas.

Furioso, alzó la mano hacia el único blanco que parecía indefenso. Lyzi estaba arrodillada sobre la reina, las manos hundidas en una luz tenue que cerraba un tajo en su costado, demasiado concentrada en la herida para ver venir el rayo de hueso que se descolgó del cielo hacia su espalda.

No llegó. Un manto de sombras se desplegó entre ambos como una cortina viva, y el ataque se hundió en él sin ruido, tragado entero, como una piedra en agua negra. La oscuridad lo digirió y se cerró de nuevo, intacta.

Esa fue la grieta que Rubí esperaba. Tomó impulso, cruzó la espada sobre su cuerpo y descargó un tajo carmesí en forma de equis que partió el aire hacia el Lich. El golpe lo alcanzó de lleno. El cráneo se sacudió, la corona de hierro se torció, y de la armadura agrietada empezó a escapar una luz enferma.

El suelo aún humeaba. Fragmentos de hueso arcano flotaban en el aire como una ceniza lenta y blanquecina que se negaba a tocar tierra. En el centro del desastre, el Lich Lord, con la armadura agrietada y su corona de hierro torcida sobre el cráneo desnudo, alzó su báculo una última vez.

—Volvereeeeeeee…

La palabra se estiró, se rompió y se diluyó en una frecuencia antinatural mientras el portal a sus espaldas colapsaba en una espiral de vacío. El silencio posterior no fue un vacío; fue una respiración contenida por cuatro figuras que el destino, o quizás el cansancio, había mantenido en pie.

Primero, el fuego se impuso al frío de la tumba. Rubí permanecía con la espada aún caliente; la hoja exhalaba un vapor rojo, rítmico, como si el acero tuviera pulso propio. Su cabello volcánico caía indómito sobre los hombros, apenas contenido por una trenza lateral firme que parecía la única regla en medio de su caos. Tenía los nudillos blancos sobre la empuñadura, y tardó un instante en aflojarlos. Sus ojos ámbar no miraban el lugar donde estuvo el enemigo: lo desafiaban. Rubí no ardía para iluminar el camino de otros; ardía porque, para ella, existir era combustión.

A su lado, el hielo dictaba el orden. Yuki no se movía más de lo necesario. Alta, erguida y perfecta en su proporción, era el contrapunto absoluto al incendio de su compañera. El cabello azul hielo caía liso y disciplinado, con un flequillo recto que trazaba la línea exacta donde terminaba la emoción y comenzaba la decisión. El Colibrí de Glaciem vibraba en su mano y descendió poco a poco, no por rabia, sino por una precisión técnica que buscaba su centro. En Yuki, la calma no era ausencia de intensidad; era un dominio absoluto sobre la tormenta.

Después, entre los restos de la muerte, surgió la estrella. Lyzi sostenía su aura apenas visible, moviendo las manos despacio, como si protegiera el aire mismo de quebrarse. Sus nueve colas negras, suaves y magníficas, temblaban con el desgaste espiritual de quien siente el peso de cada alma. Mitad humana, mitad zorro, y completamente eterna, Lyzi era el recordatorio de que el mundo aún podía ser hermoso incluso entre cenizas.

Finalmente, la sombra lo envolvía todo. Noctalypse permanecía un paso atrás. Era una figura alta y firme, envuelta en una capa negra de bordes violáceos que se movían como niebla. Sus ojos violetas no celebraban la victoria ni temían el regreso del Lich; simplemente observaban y calculaban. Su sombra tardaba un segundo extra en acomodarse a sus pies, moviéndose con una voluntad propia. En él, la oscuridad no era un vacío, sino una conciencia profunda.

El portal terminó de cerrarse con un sonido seco, como el de un libro antiguo sellándose para siempre. Sobre el campo de batalla cayó esa quietud espesa que sigue a todo estruendo, cuando los oídos siguen zumbando y el cuerpo todavía no cree que haya terminado. El viento arrastró el polvo, recorrió la tela quemada de las capas y hurgó en los bolsillos de Lyzi hasta que algo pequeño y colorido escapó de su túnica. El papel se deslizó por el suelo, dio media vuelta sobre sí mismo y se detuvo bajo las botas de Rubí.

Ella se agachó y lo recogió. Sus cejas temblaron.

—«Gran Feria Gran. Viernes 20 de marzo. Por ser el Día del Laberinto, 30% de descuento en artefactos mágicos» —Rubí hizo una pausa dramática—. «No se hacen devoluciones. Solo efectivo».

Rubí alzó la vista. El fuego en sus ojos había cambiado de color.

—Lyzi… ¿qué significa esto? ¿Había una feria mágica y NO ME INVITASTE? ¡Yo amo las ferias mágicas! Desde niña iba. ¿Y tú pensabas ir sin mí?

—No, no es eso… —intentó explicar Lyzi.

—Yo quería comprar un regalo…

Yuki intervino con seriedad imperturbable, sin apartar la vista del horizonte.

—Confirmo que esas ferias tienen algo interesante. Había una sección de cristales tallados con una precisión admirable. Y dulces que explotaban en la boca con microescarcha. Tenían su encanto.

Rubí ya se había puesto del lado de Yuki, lo cual ocurría con la misma frecuencia que un eclipse, y se inclinó hacia Lyzi con las manos juntas.

—¿Lo ves? ¡Hasta Yuki aprueba! Y Yuki no aprueba NADA. Si Yuki dice que tiene encanto, es prácticamente una orden real.

—No dije eso —matizó Yuki, aunque no lo negó del todo—. Dije que tenían su encanto. Es una evaluación, no una invitación.

—Es lo mismo viniendo de ti —Rubí volvió a girarse hacia Lyzi, implacable—. Vamos, Lyzi. Una feria. Una. Pequeñita. No te vas a escapar de cuatro contra uno.

—Somos tres —corrigió Yuki.

—Noctalypse va a estar de acuerdo conmigo en cuanto le pregunte, así que cuenta como cuatro.

Lyzi miraba de una a otra, las orejas bajando un poco con cada argumento, como quien ve subir el agua y sabe que ya no alcanza la orilla.

Lyzi exhaló, dándose por vencida. Miró a Noctalypse de reojo.

—Quería comprarle un regalo a Noctalypse… por su cumpleaños.

El silencio que siguió tuvo, por un instante, una textura distinta. Rubí se quedó muy quieta. La sonrisa se le borró despacio, reemplazada por algo parecido al horror puro, y giró la cabeza hacia Yuki con los ojos enormes, suplicando auxilio sin decir una palabra.

Yuki sostuvo la mirada sin inmutarse.

—No —dijo, con la serenidad de quien responde a una pregunta que no se ha formulado en voz alta—. Yo no lo he olvidado. Solo… me toma un poco desprevenida.

Rubí soltó el aire que estaba conteniendo, y al instante el horror se transformó en determinación incandescente. El silencio volvió a caer, pero esta vez fue cálido. Guardó el folleto en su cinturón con un gesto triunfal.

—¡ESO LO CAMBIA TODO! Decidido: iremos todas y buscaremos el regalo perfecto. ¡A la feria mágica!

Noctalypse observó el cielo, que empezaba a aclararse por el este. Estaba agotado hasta los huesos, pero al ver la sonrisa de Lyzi y el entusiasmo de Rubí, algo en sus hombros se aflojó. Asintió.

—Supongo… que puedo acompañarlas.

Echaron a andar por el sendero, y poco a poco el campo arrasado quedó atrás.

—Las batallas épicas terminan… —susurró Lyzi mientras caminaban.

—…pero la vida continúa —concluyó Noctalypse.

El eco de la batalla fue quedando sepultado por la verborrea de Rubí, que avanzaba dando saltitos, incapaz de caminar y entusiasmarse al mismo tiempo.

—¡Es que no tienen idea! —exclamaba—. Había un show de títeres con un villano despreciable, un vampiro con una capa de terciopelo raído que siempre intentaba robarse el sol.

—¿Era el vampiro Fito? —preguntó Yuki con voz plana.

—¡SÍ! ¡Ese mismo! ¡Fito! Oh, cómo lo odiaba.

—Yo lo amaba —soltó Yuki.

Un silencio incómodo cayó sobre el grupo. Rubí se quedó con la boca abierta a mitad de un paso, procesando que su gélida amiga fuera fan de un títere chupasangre. Noctalypse rescató al grupo señalando hacia el frente.

—Creo que ya se ven las luces.

Lyzi alzó sus orejas de kitsune.

—Sí, puedo escuchar las flautas y los panderos. El aire huele a canela y a metal encantado.

Al doblar el recodo, la feria estalló ante ellos en colores vibrantes y carteles de «¡DESCUENTO!». El murmullo de cientos de voces se mezclaba con la música, y un calor de antorchas y comida frita reemplazó al frío de la tumba. Los vendedores eran Feneks parlantes con pequeñas corbatitas de lazo y chalecos de smoking que regateaban con cortesía felina. Noctalypse se aclaró la garganta.

—Ya que ofrecieron comprarme un regalo...

—¡PIDE, PIDE! —gritó Rubí, que ya se había hecho con un pincho de carne, cebolla y pimentón en algún puesto al pasar.

—Siempre he querido tener una varita mágica —confesó Noctalypse.

—¡HECHO! ¡Busquemos la tienda! —dijo Rubí, apuntando con el pincho hacia cualquier lado.

Llegaron al puesto de varitas tras abrirse paso entre la multitud. Al frente estaba una mujer Fenek de pelaje rojizo con una mancha en forma de corazón en el pecho. Detrás, su esposo, un Fenek cansado con las manos llenas de callos, pulía madera con un cepillo manual; las virutas se acumulaban a sus pies.

—Ese sabe lo que hace —comentó Rubí con la boca llena—. Mira esas manos, Yuki. Eso es sudor de verdad.

La Fenek les mostró el catálogo del Día del Laberinto. Yuki se inclinó sobre las piezas con un interés que rara vez concedía a nada: en Glaciem se formaban los mejores magos del continente, y una varita era, antes que un juguete, un instrumento de precisión. Recorrió la fila con la mirada y se detuvo en una pálida y recta.

—Fresno —dijo—. Sin dramatismos. Conducción limpia, casi sin pérdida. Es difícil de conseguir; el fresno escasea en casi toda Caelyndor.

—Salvo en la frontera —añadió Lyzi, acercándose. Tomó la varita, la acercó a su nariz y aspiró despacio, con los ojos entornados—. En el límite entre Glaciem y Sylvalis crecen en bosques enteros. Lo reconozco. Este es legítimo.

Noctalypse, mientras tanto, se había alejado un paso de una variedad erizada de pequeñas púas a lo largo del mango. La miró con una desconfianza muy personal.

—De espigas no —murmuró—. Esas te pinchan los dedos cada vez que lanzas un hechizo. Tuve una. No terminamos bien.

Su mirada se desvió, casi a su pesar, hacia una varita oscura y nudosa que parecía observar de vuelta a quien la miraba.

—Roble —dijo Yuki, siguiendo sus ojos—. Carácter fuerte. Dicen que juzga al portador.

—Lo sé —respondió Noctalypse—. Prefiero que me juzgue una varita a que me sangren los dedos.

Pero la de roble tenía un precio de roble. Tras un rato de regateo silencioso consigo mismo, Noctalypse terminó deslizando la mirada hacia la Liquidación Especial: una vara siseante que venía con un tomo de instrucciones del tamaño de un escudo.

Rubí se asomó por encima del mostrador, monedero en mano, sopesándolo con la cara de quien revisa cuánto le queda.

—¡Hey, señora! Estas de oferta especial, ¿son buenas? —preguntó, mirando de reojo las monedas.

Noctalypse alzó una mano, repentinamente incómodo.

—Rubí, si no tienes mucho dinero no importa. Podemos buscar otra cosa.

—Yo no vendo cosas malas —gruñó el esposo Fenek desde el fondo, sin levantar la vista del cepillo—. El problema es que nadie lee las instrucciones. ¡Nadie! Si lee el manual, señorita, esa vara es más estable que una montaña.

Rubí, decidida, puso las monedas sobre la mesa con un golpe seco y, con una sonrisa aceitosa por las empanadas recién devoradas, sentenció:

—¡PERFECTO! ¡La llevamos!

—Si no te hubieras gastado el dinero en esas seis empanadas, tendrías para una de roble —murmuró Yuki.

—¡Yuki! Nadie te preguntó. Además, necesito recomponer energía.

Lyzi se tapó la boca y rió.

—Yuki, igual te comiste dos empanadas de las que compró Rubí.

—Una y un tercio. No negaré que la de queso y pollo tenía algo.

—Te lo dije, pero te hiciste la difícil hasta que pediste la segunda.

—Un tercio —repitió Yuki, con la firmeza de quien defiende una frontera.

La señora Fenek se reía mientras envolvía la varita y los escuchaba discutir.

—Aquí tienen. ¡Feliz Día del Laberinto!

Se sentaron junto a una fuente de mercurio líquido, donde el gentío raleaba un poco. Noctalypse abrió el manual y descubrió que se desdoblaba en dos partes, luego en cuatro y al final en doce, un texto que parecía no tener fondo; lo hojeaba mientras comía una manzana confitada roja. Rubí miraba por encima de su hombro los dibujos de «magos con la cara desprendida», y Yuki usaba sus gafas Ex Glaciem Max para medir el flujo de maná.

—Oye, Yuki, ¿es verdad eso de que se puede desprender la cara?

—Afirmativo. Pero es temporal.

—¿Cómo que temporal?

—Puede durar de veinticuatro a ciento sesenta y ocho horas.

Rubí comenzó a contar con los dedos.

—Es una semana —dijo Lyzi—. Qué cosa tan terrible.

—¡Sí, Lyzi! ¡Yo no toco esa cosa ni en broma!

—Terriblemente divertida —terminó la frase Lyzi.

Lyzi, curiosa, tomó la varita y la movió levemente. Rubí se apartó.

¡PUM!

Una explosión de humo lavanda llenó el aire de ovejas pop-corn de colores. Los niños aplaudían y un par de Súcubos que volaban por allí chocaron contra la lana dulce, quedando enredadas entre quejas. Una oveja aterrizó en el hombro de Yuki y se quedó allí, pegada.

—Efectivamente —concluyó Yuki tras despegársela con dos dedos—, la vida es bastante pegajosa.

—Noctalypse —dijo, tratando de recuperar su dignidad—, ¿hay algo más que desearías de mi parte?

—He oído que los Polvos de Pixie lo arreglan todo —murmuró él—. A veces mi capa de niebla tiene hoyos.

Yuki se detuvo, indignada.

—¿Hoyos? Es una manifestación de éter, Noctalypse. Es lógicamente imposible.

—Yuki —intervino Rubí, que masticaba el pelaje celeste de una oveja—, de la misma forma que salieron ovejas pop-corn, puede haber hoyos en una capa mágica. Si tiene frío, tiene hoyos. Punto. —Hizo una pausa, paladeando—. Esta tiene sabor a mantequilla dulce.

Yuki se vio destrozada por esa lógica devastadora pero simple. Abrió la boca, la cerró, y la abrió de nuevo.

—Entiendo. La realidad ha dejado de tener sentido hoy. Vamos al puesto de Pixies.

El puesto de la Pixie se distinguía de los demás precisamente por lo que no tenía: luz. Mientras el resto de la feria ardía en antorchas y carteles chillones, aquel rincón quedaba sumido en una penumbra tibia, perfumada con un humo dulzón que se enroscaba en el aire sin prisa. Al fondo, sobre cojines gigantes, varios hombres y mujeres permanecían sentados con las piernas cruzadas y los ojos entrecerrados, las cabezas ligeramente echadas hacia atrás, con expresión de profunda meditación. Alguno, quizás, flotaba unos dedos por encima del cojín. Era difícil saberlo, y tampoco parecía prudente averiguarlo.

La Pixie, al notar las miradas curiosas, corrió con discreción una cortina de cuentas que ocultó la escena del fondo. Rubí señaló hacia allí con el pincho, ya vacío.

—Oye, ellos estaban…?

—A veces es mejor no preguntar, Rubí —respondió Lyzi con suavidad.

Rubí lo consideró medio segundo, decidió que la curiosidad no valía el esfuerzo y se dio media vuelta hacia un vendedor de granizados que pasaba cerca. Le pidió uno de sabor vethyl, picante. De fondo se desató una pequeña discusión: el vendedor insistía en que esa combinación no podía servirse, que el estómago de alguien podría explotar literalmente, y Rubí argumentaba que ella ya había sobrevivido a cosas peores.

Mientras tanto, Yuki se acercó al mostrador y preguntó por el polvo «Arregla Todo». La Pixie la escaneó de arriba abajo con la mirada y, contra todo pronóstico, su rostro se ablandó en una expresión de pura ternura, como ante una niña que pide algo sin saber del todo lo que pide. Buscó entre sus frascos un momento y volvió con uno pequeño.

La Pixie le entregó el polvo «Arregla Todo», pero le advirtió en susurros, inclinándose sobre el mostrador:

—Si la policía de Sylvalis los atrapa, digan que rascaron el lomo de un cerdo hongo. Y no consuman esto aquí; busquen un entorno seguro.

—Rubí… —susurró Lyzi mientras comía fresas con chocolate—. ¿Acabamos de ver a la Reina de Glaciem comprando cosas ilícitas?

Una vena se asomó en la frente de Yuki.

—Creo que estos polvos los usaré en otro momento, otro lugar y para otros fines —dijo Noctalypse, totalmente arrepentido de la petición.

Noctalypse las apuró antes de que Yuki redactara una denuncia formal contra la Pixie, contra el polvo, contra el cerdo hongo inexistente y contra la realidad en general. Salieron del puesto entre una cortina de campanillas, humo dulce y niños corriendo con algodones de azúcar que intentaban escapar de sus palitos.

La feria se abrió ante ellos como un laberinto vivo. A cada lado del camino había puestos imposibles: frascos con relámpagos en conserva, espejos que solo mostraban tu peor peinado, empanadas que insultaban al primer mordisco y jaulas llenas de zarigüellas diminutas que hacían malabares con escarabajos dorados. Una de ellas perdió el equilibrio, cayó de espaldas y siguió lanzando escarabajos con las patitas, recibiendo una ovación furiosa.

—Esa tiene talento —dijo Rubí, señalándola con respeto.

—Tiene tres demandas laborales pendientes si esos escarabajos no firmaron contrato —respondió Yuki.

Un poco más allá, seis brujas con sombreros puntiagudos sobrevolaban la plaza en formación perfecta. Giraban en espiral, cruzaban escobas sin chocar y dejaban estelas de humo violeta que formaban corazones, calaveras y mensajes publicitarios.

—«Compre ungüento para verrugas astrales» —leyó Noctalypse, siguiendo una frase escrita en el aire.

—Es marketing agresivo —murmuró Yuki—. Pero técnicamente impecable.

Antes de llegar al sector indicado, sin embargo, Rubí se detuvo en seco. En medio de un círculo de espectadores, un hombre gordo, colorado como tomate hervido, bebía cerveza de un jarro enorme junto a una criatura que nadie lograba clasificar. Tenía cuernos, bigotes, tres párpados y una barriga que sonaba como tambor de guerra. Ambos bebieron al mismo tiempo, alzaron los brazos y eructaron dos llamaradas monumentales que iluminaron media feria. La multitud aplaudió.

Rubí dejó caer lentamente el pincho de carne.

—Eso fue una declaración.

—No —dijo Yuki de inmediato.

—Me están desafiando.

—No lo están haciendo.

—Eructaron fuego frente a mí, Yuki.

—Es un espectáculo gastronómico, no un duelo.

Rubí ya se estaba arremangando.

—¡YO TAMBIÉN PUEDO!

Lyzi se le colgó de un brazo.

—Rubí, amor de fogatita, tú no bebiste cerveza.

—¡No la necesito!

Noctalypse la tomó del otro brazo con una paciencia resignada.

—Eso no mejora la frase.

—¡SUÉLTENME! ¡EL HONOR DEL FUEGO ESTÁ EN JUEGO!

El hombre gordo, al verla forcejear, alzó su jarro con solemnidad.

—¡Otra competidora!

La criatura inclasificable golpeó la mesa con emoción y eructó una chispa menor, como una trompeta enferma.

—¡ACEPTO! —rugió Rubí.

—No aceptas nada —dictaminó Yuki, empujándola por la espalda con la fuerza fría de una sentencia judicial—. Queda retirada de la competencia por combustión impulsiva.

Fue exactamente en ese momento cuando Rubí, aún siendo arrastrada, inhaló con orgullo herido.

—¡AL MENOS UNA DEMOSTRACIÓN!

—Rubí, no—

Demasiado tarde. Rubí soltó una llamarada breve, brillante y absolutamente innecesaria hacia el cielo, más parecida a una firma de guerra que a un eructo. La llamarada no alcanzó a nadie, pero el golpe de calor sí.

Yuki, que estaba demasiado cerca por estar corrigiendo la conducta de Rubí en tiempo real, quedó inmóvil. Sus ojos azules parpadearon una vez. Sus cejas ya no estaban. O, más precisamente, estaban presentes como concepto histórico.

Lyzi se llevó ambas manos al flequillo.

—Mi… mi flequillito…

Varias puntas de su cabello habían quedado chamuscadas hacia arriba, formando una pequeña corona triste de pelitos ofendidos.

Noctalypse miró a Rubí, luego al hombre gordo, luego al cielo, sin notar que una lluvia de brasas diminutas había caído sobre su capa de niebla. Tres nuevos agujeros se abrieron en la tela oscura con pequeños sonidos de resignación.

—Creo que debemos retirarnos —dijo.

Yuki giró lentamente hacia él. La ausencia de cejas hacía que su expresión pareciera todavía más severa.

—Tu capa.

Noctalypse miró hacia abajo.

—Ah.

La sombra a sus pies pareció señalar los agujeros con decepción.

—Son nuevos —añadió Yuki.

—Eso explica la ventilación.

Rubí, que intentaba mantener la dignidad mientras Lyzi la seguía sujetando del brazo, miró a Yuki y abrió mucho los ojos.

—Yuki…

—No.

—Tus cejas…

—No termines esa frase.

—Se fueron como guerreras.

Yuki levantó una mano helada.

—Una palabra más y te congelo hasta que vuelva a crecer la evidencia.

Lyzi, todavía tocándose el flequillo, susurró:

—A mí me dejó como zorro recién salido de una chimenea.

Rubí apretó los labios, luchando contra una sonrisa.

—Te ves… aerodinámica.

—Rubí.

—¡Dije aerodinámica con cariño!

El hombre gordo, desde el círculo de espectadores, aplaudió emocionado.

—¡Buen control de garganta! ¡Le falta fermentación, pero hay talento!

Rubí intentó volver a girarse.

—¡¿ESCUCHARON ESO?! ¡ME RESPETA!

Noctalypse y Lyzi tiraron de ella al mismo tiempo mientras Yuki la empujaba por la espalda con una calma asesina.

—¡COBARDES! ¡ME TIENEN MIEDO!

—Sí —dijo Noctalypse—. Precisamente por eso te estamos sacando.

—Y porque mis cejas han sido víctimas colaterales —añadió Yuki.

—Y mi flequillo —dijo Lyzi, muy bajito.

—Y mi capa —agregó Noctalypse, tras mirar otro agujero que acababa de notar.

Entre los tres lograron arrastrarla lejos del círculo mientras Rubí pataleaba con dignidad absolutamente inexistente. Lyzi le acarició la cabeza para calmarla, aunque todavía miraba su propio flequillo con duelo espiritual.

—Ya, ya. Después te compro algo frito.

Rubí dejó de resistirse un poco.

—¿Con queso?

—Con queso.

—...Acepto el exilio.

Yuki caminó junto a ellas, seria, sin cejas y con una autoridad inexplicablemente aumentada.

—El informe de este incidente tendrá un título simple: «No era necesario».

—¡Pero fue impresionante! —protestó Rubí.

—Eso irá en el subtítulo —respondió Yuki.

Lyzi se detuvo un momento a orientarse entre el gentío, las orejas girando hacia un murmullo grave que venía del fondo.

—Estamos cerca. Debemos ir al sector de los enanos que coleccionan piedritas.

El cambio fue inmediato. La música alegre de la feria quedó atrás y fue reemplazada por un murmullo grave, rápido y obsesivo. El sector enano estaba lleno de mesas bajas, vitrinas blindadas, manteles de cuero y cajitas acolchadas donde descansaban piedras, minerales, metales, fósiles y fragmentos de montaña como si fueran tesoros sagrados. Un murmullo de menos de metro y medio se sintió fluir entre los puestos.

—¡Pasen, pasen! —gritaba un enano con barba trenzada y gorro de comerciante—. ¡Tenemos las últimas gemas-alma del lote nocturno! ¡Corazones de montaña! ¡Cuarzos con memoria emocional! ¡Tres comunes por una rara, si no lloran al negociar!

Otro enano agitaba una piedra grisácea sobre su cabeza como si acabara de invocar un dragón.

—¡Miren esto! ¡Basalto escamado del Volcán Ronoa! ¡Primera extracción, antes del cierre!

Varios enanos giraron la cabeza al mismo tiempo.

—¿Ronoa? —susurró uno.

—No puede ser.

—Ese volcán está fuera de rotación.

—Nadie entra desde que el monstruo lo tomó como territorio.

—Eso es material sellado.

—Eso es puro FOMO geológico.

El enano vendedor hinchó el pecho.

—Exactamente. Edición previa a la ocupación monstruosa. Sin reimpresión confirmada. Sin acceso seguro. Sin stock futuro. Y miren el borde: veta roja natural, no pintada. Condición casi perfecta.

Un enano con monóculo se abrió paso entre la multitud. Vestía un chaleco verde oscuro, guantes blancos y cargaba una lupa colgando del cuello. Tomó la piedra con delicadeza, la acercó a la luz, la olió y luego, ante la absoluta normalidad de todos los presentes, le pasó la lengua.

Yuki parpadeó una sola vez.

—No voy a preguntar.

El enano del monóculo cerró los ojos con gravedad.

—Efectivamente. Volcán Ronoa. Capa profunda. Tercer anillo magmático. Ligero sabor a azufre triste y obsidiana resentida.

Rubí miró a Lyzi.

—¿Eso es ciencia?

Lyzi ladeó la cabeza.

—Es enano.

El enano del monóculo devolvió la piedra al vendedor.

—¿Cuánto o qué pides por ella?

El vendedor sonrió como quien acababa de activar una trampa.

—Una mica lunar holográfica, dos piritas de aniversario y una mena de hierro cantautor.

—Estás loco —respondió el del monóculo.

—Estoy informado.

—Te doy tres cuarzos comunes, una hematita con borde plateado y una ficha de tasación del Gremio.

—Eso no compra ni el olor.

Un tercer enano se metió entre ambos levantando una cajita de terciopelo.

—¡Yo ofrezco una Lágrima de Montaña versión festival! Miren el sello. Día del Laberinto. Tiraje limitado.

El vendedor la miró con desprecio.

—Esa tuvo reimpresión el año pasado.

—¡Pero esta es primera tirada!

—Primera tirada con error de corte. Mira la esquina.

El tercer enano se llevó la piedra al pecho como si hubieran insultado a su madre.

—¡El error de corte la hace más valiosa!

—La hace más fea.

—¡Herejía mineral!

En otra mesa, dos enanos discutían sobre una colección extendida en filas perfectas.

—No, no, no. El meta actual favorece minerales de alta densidad. Si sigues jugando amatistas blandas, cualquier baraja de metales te pasa por encima.

—Las amatistas tienen sinergia espiritual.

—La sinergia espiritual no detiene un combo de tungsteno ancestral.

—Pero si activo geoda doble, puedo invocar Cuarzo Guardián.

—Solo si tienes campo cavernoso.

—Tengo campo cavernoso.

—Eso está baneado en torneos serios.

—¡Baneado en la Liga del Norte! ¡Aquí jugamos formato libre!

Rubí se acercó, fascinada.

—No entiendo nada, pero siento violencia enana y me gusta.

Yuki observaba una vitrina con absoluta concentración.

—Curioso. Clasifican la rareza por origen, pureza, historia de extracción, peligro del yacimiento y valor sentimental exagerado.

—Como cartas —dijo Noctalypse.

—Como un sistema económico sin supervisión adulta —corrigió Yuki.

Desde un puesto cercano, un enano joven abrió una bolsita sellada con los dientes. Varios se acercaron de inmediato.

—¡Está abriendo un sobre de geodas!

—¡Que salga rara, que salga rara!

—¡No soples, que alteras el polvo!

El joven volcó el contenido sobre la mesa. Cayeron tres piedras pequeñas, una escoria común, un cobre opaco y finalmente una gema azul que brilló con luz interna. El círculo explotó.

—¡UOOOOOOH!

—¡Pull mítico!

—¡Zafiro de vena cantarina!

—¡Encima con reflejo diagonal!

—¡Eso va directo a funda!

El enano joven temblaba de emoción.

—No la voy a vender.

—Nadie te preguntó todavía —dijo otro, sacando ya una balanza diminuta—. Te doy dos granates agresivos y una plata vieja.

—No.

—Tres granates agresivos.

—No.

—Tres granates agresivos y un abrazo de mi abuela.

El joven dudó. Yuki levantó un dedo.

—No aceptes afecto familiar como parte de una transacción minera.

El enano vendedor de Ronoa, mientras tanto, había subido su piedra sobre un pequeño pedestal.

—Última oportunidad. Basalto escamado de Ronoa. Pieza anterior al monstruo. Si mañana el Behemoth se come la entrada del volcán, no lloren conmigo.

—Eso es manipulación por escasez —dijo Yuki.

—Eso es comercio —respondieron cinco enanos a la vez.

Lyzi se inclinó hacia Noctalypse y susurró:

—Gugnir está más al fondo. Pero este sector siempre es así. Una vez vi a dos enanos pelear tres horas por una piedrita que, según ellos, tenía «buen carácter».

Noctalypse miró la multitud de enanos regateando con pasión sagrada.

—¿Y lo tenía?

Lyzi sonrió.

—Mordía.

Rubí, que había tomado una pequeña piedra roja de una bandeja, la alzó contra la luz.

—Esta me gusta. Parece fuego dormido.

Un enano apareció de inmediato junto a ella, como si hubiera sido invocado por la palabra «fuego».

—Ojo experto, señorita. Jaspe Carmesí. Buena pieza para iniciar colección agresiva. Combina con barajas volcánicas, mazos de combate y gente con problemas de paciencia.

Rubí entrecerró los ojos.

—¿Me estás vendiendo una piedra o describiendo mi alma?

—Las dos cosas, si paga en efectivo.

Yuki la tomó suavemente del hombro.

—No vamos a iniciar una colección.

—Pero Yuki…

—No.

—Es roja.

—Lo sé.

—Me entiende.

—Eso me preocupa.

Lyzi se rió tapándose los colmillos con una mano.

—Vamos, Rubí. Si te portas bien, después puedes mirar piedras con rabia durante cinco minutos.

—Diez.

—Siete.

—Trato.

El pasillo se estrechó al fondo, donde los puestos ruidosos daban paso a talleres más tranquilos. Allí el olor cambió: menos cerveza, menos metal caliente, más madera noble, barniz fresco y polvo de piedra pulida. Entre lámparas bajas y estantes llenos de cajas talladas, un letrero anunciaba: GUGNIR ABDÓN — FIGURAS, MAPAS, COFRES Y COSAS QUE SUENAN IMPORTANTES.

Lyzi respiró hondo, acomodó sus nueve colas con nerviosismo y apretó la bolsita donde guardaba el encargo.

—Es aquí —dijo, bajando la voz—. El regalo de Noct está listo.

El aire del taller olía a serrín y barniz, y amortiguaba el escándalo del sector de las piedras hasta convertirlo en un rumor lejano. Un enano de manos anchas levantó la vista del mostrador al verlos entrar.

—Mi señora Lyzantha, su pedido está listo.

El enano entregó un cofre de nogal que Lyzi envolvió con un lazo violeta. Noctalypse abrazó a Lyzi y, tras su asentimiento, abrió el cofre. Dentro, cuatro piezas de obsidiana, amatista, piedra azul y piedra roja los representaban a la perfección. Había mapas y un reglamento.

—¿Un juego de héroes y mazmorras? —preguntó Noctalypse.

—Para tener aventuras en familia y sonrisas —respondió Lyzi.

—Mira el detalle —sonrió Noctalypse, girando la figura azul hacia la luz—. ¡Hasta se ven las venas en la frente de Yuki cuando se enoja!

Encontraron un rincón tranquilo en una taberna abierta llamada «El Yunque Alegre». Era un puesto de descanso con mesas de roble grueso y bancos cubiertos con pieles de oveja, de las de verdad, no las de pop-corn. La luz de una linterna de aceite proyectaba sombras cálidas sobre el mapa de pergamino que acababan de desplegar. Afuera, la música de la feria llegaba amortiguada, casi como un favor.

Rubí apartó con un gesto enérgico los restos de su quinta empanada y colocó su figura de piedra roja en lo que parecía ser una aldea dibujada en el mapa.

—¡Muy bien! Yo voy adelante. Mi miniatura se ve tan genial que el primer monstruo que vea se va a rendir por puro miedo.

Yuki se colocó de nuevo las gafas Ex Glaciem Max, pero esta vez para leer el reglamento del juego.

—Según el apartado de «Movimiento Terrestre», Rubí, tu personaje no puede avanzar tres hexágonos si el terreno es fangoso. Por favor, respeta la consistencia física del tablero.

Noctalypse tomó su figura de obsidiana y la sostuvo un momento entre los dedos. Por primera vez en años, no buscaban el pomo de una espada, sino la base de un juguete. El polvo «Arregla Todo» que Yuki le había comprado descansaba olvidado en su cinturón. No sintió la necesidad de usarlo. El volumen del mundo no necesitaba bajar; el ruido de las risas de sus amigas era el único sonido que quería escuchar.

—Dice aquí que para abrir esta puerta necesito lanzar un dado de veinte caras —dijo, señalando el manual.

Lyzi sacó de una bolsita unos dados tallados en hueso de dragón que Gugnir había incluido de cortesía.

—Lánzalo, Noct. Es tu cumpleaños. Veamos qué aventura nos espera esta noche.

Noctalypse lanzó el dado. El pequeño poliedro rodó sobre la mesa, saltando por encima de una mancha de chocolate del Banana Split de Yuki, hasta detenerse en un número brillante.

—Un veinte —susurró.

—¡CRÍTICO! —rugió Rubí, saltando del banco y derramando casi toda su hidromiel—. ¡Eso significa que la puerta no solo se abre, sino que explota con estilo!

Yuki suspiró, pero esta vez no hubo vena en su frente. Simplemente movió su figura de hielo al lado de la de Noctalypse en el mapa.

—En ese caso, procederé a cubrir tu retaguardia. No queremos que tu figura de obsidiana sufra daños estructurales en el primer nivel.

Afuera, la feria seguía su curso. Los Feneks continuaban regateando, el Behemoth seguía siendo una leyenda lejana en las montañas y la policía de Sylvalis buscaba cerdos hongo inexistentes. Pero allí dentro, entre cuatro amigos y un juego de mesa, el tiempo se había detenido. Las batallas contra los Lich Lords eran necesarias para salvar el mundo; pero eran noches como aquella las que hacían que el mundo valiera la pena ser salvado.

—Tu turno, Lyzi —dijo Noctalypse con una sonrisa que ya no era una sombra.

Y así, mientras la vida continuaba su curso indiferente, ellos comenzaron una nueva historia, una donde nadie tenía que morir y donde el único riesgo era morir de risa.