Mini relato — Crónicas de Caelyndor

El placer culpable de Lyzi

Lyzi · Rubí · Yuki~15 min de lectura

La casita de Lyzi olía a té dulce, madera tibia y galletas recién sacadas de algún horno que, según Rubí, probablemente no existía en el plano físico. La luz de Sylvalis entraba por las ventanas en hebras verdes y doradas, rozando las flores secas colgadas del techo, las cintas de tela, los frascos con semillas luminosas y una cantidad alarmante de objetos pequeños que Lyzi había recogido porque “parecían estar esperando a alguien”.

Yuki estaba sentada junto a la mesa, leyendo su cuaderno con la espalda recta y una taza intacta a un lado. Cada cierto tiempo pasaba una página con precisión absoluta, como si incluso el papel tuviera que obedecer un protocolo. Rubí, en cambio, ya había agotado su tolerancia a la calma. Encontró dos palitos junto a la ventana, los probó contra la palma de su mano y luego empezó a usarlos como baquetas contra el borde de una taza vacía.

Tac. Tac-tac.

La oreja de Yuki se movió apenas.

Tac-tac-tac.

—Rubí —dijo, sin levantar la vista—, si golpeas esa taza una vez más, la convertiré en un objeto de estudio arqueológico.

Rubí levantó ambos palitos, encantada con la amenaza.

—¿Eso significa que le vas a dar importancia histórica?

Yuki cerró el cuaderno con un dedo puesto entre las páginas. Estaba lista para contestar algo exacto, frío y desagradable en la medida justa. Levantó la mirada, pero la frase se le quedó detrás de los dientes.

Detrás de Rubí, adherida a la viga baja y al muro como una sombra que hubiera aprendido a tener demasiadas articulaciones, había una criatura larga, segmentada, enorme. Su cuerpo ondulaba bajo una coraza de colores imposibles: negro aceitoso, violeta enfermo, amarillo venenoso y rojo apagado. Tonos que en cualquier rincón sensato del mundo significaban dolor, fiebre y muerte.

La madera crujía bajo miles de patas finas, tensas, vibrando con una rapidez minúscula, como si cada una estuviera esperando la orden exacta para lanzarse. La boca se abría y se cerraba detrás de la nuca de Rubí con un movimiento húmedo, paciente, casi degustativo. Un hilo espeso de saliva venenosa cayó desde sus mandíbulas, se estiró en el aire y se rompió antes de tocar el suelo.

Yuki no gritó. Deslizó la mano sobre la mesa, muy despacio. Bajo sus dedos, una línea fina de escarcha empezó a crecer.

—Rubí.

El tono fue tan calmado que a Rubí se le borró la sonrisa.

—¿Qué hice ahora? Si era un ritmo buenísimo.

—Deja los palitos exactamente donde están. No gires la cabeza y, por una vez en tu vida, no conviertas un impulso en estrategia.

Rubí dejó los palitos suspendidos en el aire. Los ojos se le movieron hacia un lado, buscando una pista en la cara de Yuki.

—Yuki… ¿por qué me hablas como si estuvieras desactivando una bomba?

La criatura abrió un poco más las mandíbulas.

—Porque la bomba tiene patas.

Rubí tragó saliva con mucho cuidado.

—Ay no.

—Sí.

—No me digas “sí” así.

—Preferirías que mintiera.

—Preferiría que no hubiera una bomba con patas detrás de mí, pero ya veo que estamos en uno de esos días.

Yuki levantó dos dedos. La escarcha subió desde la mesa y formó en el aire una estaca delgada, transparente, perfectamente alineada con la cabeza de la criatura. Rubí escuchó el crujido leve del hielo y se quedó todavía más quieta.

—Si se mueve antes que yo, te agachas.

Rubí abrió los ojos.

—Me acabas de decir que no me mueva.

—Entonces procura no darle razones para moverse primero.

—Eso no es una instrucción, eso es una amenaza con pasos extra.

La criatura comprimió el cuerpo. Sus patas vibraron con más fuerza contra la viga. Rubí apretó los dientes, respirando por la nariz, con los palitos aún levantados como si una parte absurda de su cuerpo creyera que podía defenderse con ellos.

—No falles —murmuró.

—No tenía pensado inaugurar el hábito contigo debajo.

El aire se tensó justo antes de romperse. Entonces Lyzi apareció desde la cocina con una bandeja de té en una mano y un pedazo de diario enrollado en la otra.

—¡Nooo! ¡Rollito, bájate de ahí! ¡Asustas a mis amigas!

La criatura se contrajo como si la hubieran sorprendido robando galletas.

Rubí parpadeó, sin atreverse a girar todavía.

—¿Rollito?

Las mandíbulas de la criatura se cerraron con un clack culpable.

—Espera. ¿Esa cosa se llama Rollito?

Lyzi dejó la bandeja sobre la mesa con cuidado. Luego agitó el diario enrollado, no con violencia, sino con esa autoridad dulce de quien descubre a su mascota haciendo algo indebido por tercera vez en la semana.

—Rollito, eso no se hace. Ya hablamos de mirar personas desde atrás con intención intensa.

Rubí bajó los palitos milímetros.

—Lyzi, esa cosa no me estaba mirando. Me estaba organizando el funeral.

—Había premeditación —dijo Yuki, sin bajar la estaca—. También salivación venenosa, postura de emboscada y una confianza ofensiva en su propia mandíbula.

Lyzi se acercó a Rollito. La criatura retrocedió un poco y bajó la cabeza, aunque sus ojos pequeños siguieron pegados a la nuca de Rubí un segundo más de lo prudente.

—A tu rincón. Y sin mirar nucas. No todas las nucas son invitaciones.

—Ninguna nuca es una invitación —corrigió Rubí.

—En la mayoría de culturas funcionales, no —añadió Yuki.

Rollito bajó por la viga con una lentitud desagradable y se deslizó hacia un rincón lleno de plantas húmedas, troncos huecos y piedras cubiertas de musgo. Solo entonces Rubí giró en la silla. Al verlo completo, se quedó callada. El silencio le duró dos segundos, que para Rubí era una medida clínica de horror.

—Lyzi.

—Antes de que digas algo feo, recuerda que es sensible.

—Tu casa acaba de intentar comerme.

—No toda la casa —respondió Lyzi, ofendida con ternura—. Solo Rollito, y ni siquiera creo que fuera comer completo. Tal vez solo probar.

Yuki bajó por fin la estaca, aunque no la deshizo.

—La precisión no mejora nada.

Lyzi caminó hacia el rincón y se agachó frente al ciempiés gigante, que encogió las patas con una timidez improbable.

—Pobrecito. Se puso nervioso. No sabe cómo socializar.

Rubí dejó los palitos sobre la mesa con demasiado cuidado.

—Eso no es no saber socializar. Eso es tener una lista de objetivos.

—No ha encontrado amiguitos pares.

—¡Porque se los come, Lyzi! O los mata. O los mata y después decide si se los come. Hay un patrón.

Lyzi frunció los labios.

—Esa es una lectura muy poco empática de su historial social.

—Es una lectura estadística —dijo Yuki.

La mística giró hacia ella con un dolor pequeño, casi administrativo.

—Yuki…

La reina abrió el cuaderno otra vez, pero no volvió a leer.

—Con todo respeto: si esa criatura se me acerca con esa boca, la congelo.

Rollito movió apenas las antenas desde el rincón. Lyzi suspiró, tomó un pequeño cuenco de la mesa y lo llenó con unos dulces redondos, blandos, de color miel.

—Creo que tiene hambre. Eso también influye en el ánimo. Toma, Rollito. Champidulces.

La criatura se acercó obedientemente cuando Lyzi le ofreció el cuenco. Con una delicadeza absolutamente falsa, tomó un dulce entre sus mandíbulas y empezó a masticarlo. El sonido fue peor que la imagen.

—¿Ven? —dijo Lyzi, iluminándose—. Solo necesitaba algo suave.

Rubí entrecerró los ojos.

—Me sigue mirando raro.

—No está mirando. Está comiendo.

Lyzi se giró para acomodar la tetera. En ese mismo instante, Rollito dejó de masticar, abrió las mandíbulas y escupió el champidulce hacia un lado con una precisión humillante. Luego giró lentamente la cabeza hacia Rubí y le mostró los colmillos, no como un animal que amenaza, sino como alguien que firma una promesa. Sus patas empezaron a vibrar contra la madera.

Trrrrrrrr.

Rubí señaló con ambos palitos, que había vuelto a tomar sin darse cuenta.

—¡Lyzi! ¡Tu cosa está haciendo eso otra vez!

Lyzi se dio vuelta al instante. Rollito ya estaba masticando otro champidulce, quietecito, redondito de falsa inocencia, con las antenas bajas como si jamás hubiera contemplado convertir a Rubí en parte de su ciclo alimenticio.

—¿Mi cosa? Rubí, por favor. Está tranquilo. Solo tenía hambre. A ti también te cambia el carácter cuando no comes.

—Yo no amenazo gente con la mandíbula cuando tengo hambre.

Yuki la miró.

Rubí levantó un dedo.

—No cuenta si la gente se lo merece.

—Anotación aceptada —dijo Yuki—, con reservas.

Rollito masticó mirando al suelo. Rubí no le creyó ni el parpadeo. Yuki observó el ángulo del cuerpo de la criatura, la posición de sus patas, la forma en que la cabeza giraba siempre hacia Rubí aunque fingiera lo contrario.

—Quizá el problema no es hambre.

Rubí se giró hacia ella.

—No empieces con una frase así cuando el problema tiene veneno.

—Te considera competencia territorial.

Lyzi levantó la vista.

—¿Rollito?

—Es una hipótesis razonable. A mí no me ve como amenaza, cosa que me ofende, pero agradezco. Lyzi funciona como figura de apego. Tú, en cambio, entraste haciendo ruido, golpeando objetos, ocupando espacio y soltando aura de fuego como si el aire te debiera dinero.

Rubí miró a Rollito. Rollito masticó, lento.

—O sea que me ve como alfa.

—Como un alfa que vino a quitarle la casa.

Rubí se hizo tronar los dedos. La expresión le cambió con una rapidez preocupante.

—Ah. Bueno. Debimos partir por ahí.

Lyzi se puso de pie.

—No. Esa cara tuya no. Rollito está en un proceso emocional.

—Perfecto. Yo estoy en un proceso de establecer límites.

Rollito se movió antes de que Lyzi pudiera responder. No avanzó del todo. Se comprimió, se estiró, golpeó la madera con demasiadas patas en una secuencia rapidísima. Las mandíbulas hicieron un sonido húmedo y seco al mismo tiempo.

Clac-clac-clac.

Trrrr.

Clac.

Rubí retrocedió sin quitarle los ojos de encima.

—Yuki, muro. Ahora.

La escarcha ya le trepaba a Yuki por los dedos cuando alzó una ceja.

—Hace cuatro segundos ibas a establecer límites.

—Sí, y acabo de descubrir que mi límite son esos sonidos.

El hielo subió entre Rubí y Rollito con un crujido limpio. La pared cristalina no era alta, pero sí lo bastante gruesa para que Rubí recuperara una porción de dignidad.

—La guerrera volcánica, contenida por un insecto —dijo Yuki.

—Esa cosa no es un insecto. Parece un gatito que se escapó del infierno.

Yuki miró a Rollito. Una hebra de veneno cayó al suelo desde la boca apenas abierta.

—La descripción es imprecisa, pero defendible.

—No le digan gatito del infierno —dijo Lyzi, preocupada—. Se puede sentir encasillado.

Rubí se quedó mirándola como si la frase le hubiera pegado en el esternón.

—Lyzi, te amo. Pero me acabas de dar ternura y rabia en el mismo golpe.

Desde un rincón de la sala, donde nadie había notado su presencia hasta entonces, Noctalypse levantó la vista de un pequeño libro oscuro.

—Es un talento recurrente.

Rubí apuntó hacia él con un palito.

—¿Tú desde cuándo estás ahí?

—Desde antes de que la diplomacia con el ciempiés entrara en fase mandibular.

—¿Y no pensabas decir nada?

Noctalypse miró a Rollito, luego a Rubí.

—Estaba evaluando si intervenir habría creado una segunda cadena de consecuencias peores.

—Eso significa que no.

—Significa que la realidad aún no me entregaba suficiente información para justificar mi sacrificio.

Yuki suspiró por la nariz.

—Una forma elegante de decir que estabas cómodo.

—La comodidad también es una variable.

Lyzi iba a responder, pero se detuvo al ver que Rollito había encontrado algo entre sus patas. Se llevó una mano al pecho, con los ojos iluminados.

—Ay, miren. Hizo un amigo.

Rubí siguió su mirada.

Entre las patas de Rollito había un ratoncito inmóvil. No temblaba. No pestañeaba. No respiraba de una forma que inspirara confianza.

—Lo abrazó fuerte —susurró Lyzi, conmovida—. Pobrecito, está en shock emocional de amistad.

Rubí se inclinó hacia Yuki, sin apartar los ojos del ratón.

—Dime que eso no significa lo que creo que significa.

Yuki estudió la rigidez del animal, la posición de las patitas y el brillo húmedo en una oreja.

—Depende de lo que creas. Si crees que está paralizado por veneno hasta una profundidad ósea preocupante, entonces sí.

Rubí cerró un ojo.

—Qué ganas de haber creído otra cosa.

Lyzi se agachó un poco más, feliz.

—Voy a llamarlo Miguita.

—No le pongas nombre al testigo —dijo Rubí.

Yuki le tocó el brazo con el dorso de la mano.

—Rubí.

—Al amigo. Perdón. Al amigo… temporalmente inmóvil por circunstancias afectivas.

Noctalypse ladeó la cabeza.

—Miguita suena a lo que será. Los nombres dan poder.

El silencio que siguió fue tan espantoso que incluso Rollito dejó de masticar.

Lyzi giró hacia él, herida.

—Noct.

—Fue lingüístico.

—Fue una amenaza semántica —dijo Yuki.

Rubí se tapó la boca con la mano.

—Fue horrible. Me dio risa. Me siento peor persona.

Lyzi miró de nuevo al ratoncito.

—Miguita no será miguita. Será amigo.

Noctalypse cerró el libro. Lo dejó sobre la mesa con cuidado y se puso de pie.

—Ven aquí, Lyzi.

La mística parpadeó.

—¿Qué?

Noctalypse abrió los brazos con una solemnidad tan inesperada que incluso Rubí dejó de mirar a Rollito durante medio segundo.

—Necesitas un abrazo antes de que esta conversación dañe algo que después tengamos que reparar con canciones, té o disculpas torpes.

Lyzi se ablandó de inmediato.

—Awww, Noct…

Fue hacia él con las orejas bajas de ternura. Noctalypse la recibió en un abrazo amplio, envolviéndola con la capa oscura como si cerrara una cortina. Lyzi apoyó la frente contra su pecho, feliz, y no vio cómo él levantaba una mano por detrás de ella e indicaba con dos dedos hacia Rollito.

Rubí entendió al instante.

Yuki también.

—Extracción —susurró Yuki—. Sin trauma emocional.

—Operación Miguita —murmuró Rubí.

—No.

—Ya está bautizada.

Rubí tomó uno de los palitos y lo agitó frente a las antenas de Rollito.

—Mira, Rollito. Palito. Palito interesante. Palito con futuro. El palito no invade territorio, no tiene nuca y no sabe denunciar.

Rollito giró la cabeza hacia ella. Sus mandíbulas hicieron clack.

Yuki formó una pinza diminuta de hielo con dos dedos.

—No improvises tanto.

—Estoy manteniendo una conversación profunda con el asesino.

—Estás ofreciéndole madera.

—Funciona con algunos hombres.

Noctalypse bajó la mirada hacia Lyzi, que seguía abrazada a él.

—No preguntaré en qué contexto aprendiste eso.

—Gracias.

Mientras Noctalypse le acariciaba suavemente la cabeza a Lyzi para que no mirara, Yuki deslizó la pinza de hielo bajo el ratoncito paralizado. Lo levantó milímetro a milímetro desde entre las patas de Rollito. La escarcha crujió apenas. Rollito vibró.

Rubí movió el palito con desesperación silenciosa.

—Eso es. Mira el palito. Ama el palito. El palito puede ser tu nuevo enemigo, pero uno saludable.

Yuki retiró al ratón y lo depositó sobre una hoja grande, lejos del radio mandibular. El animal siguió rígido, pero al menos ya no estaba en el centro de una tragedia con patas.

Noctalypse miró por encima del hombro de Lyzi.

—El nombre ha sido aplazado, no revocado.

Rubí apretó los dientes.

—Noct, por una vez en tu vida, lee la sala.

—Estoy leyendo la sala. La sala dice que todos estamos fingiendo.

Lyzi suspiró contra su pecho.

—Qué bonito es cuando todos están tranquilos.

Rubí y Yuki se miraron.

—Sí —dijo Yuki—. Una paz ejemplar.

—De postal —añadió Rubí—. Con veneno.

Rollito tomó otro champidulce del cuenco y lo masticó con ojos de falsa inocencia.

Después del té, cuando Rubí ya había revisado tres veces que Rollito siguiera en su rincón y Yuki había reposicionado discretamente su silla para tener línea de visión directa, Lyzi insistió en llevarlas al patio.

—Quiero mostrarles a mis otros amiguitos.

Rubí se detuvo antes de cruzar la puerta.

—Después de Rollito, esa frase ya no significa lo mismo.

—Son más pequeños.

—Eso no los absuelve.

—Algunos son muy dulces.

Rubí la miró.

—¿Algunos?

Yuki se puso de pie y acomodó su cuaderno bajo el brazo.

—Prefiero conocerlos en un espacio abierto. Si la cadena alimenticia decide incluirnos, al menos tendremos buena visibilidad.

El patio de Lyzi era un claro pequeño rodeado de flores negras, helechos altos, piedras húmedas y troncos cubiertos de musgo. Había cajitas ventiladas, frascos abiertos, hojas dobladas como cunas y pequeñas estructuras de ramitas que parecían hogares en miniatura. El aire olía a tierra mojada y a pétalos nocturnos. Una gota cayó desde una hoja ancha y desapareció entre las raíces.

Rubí miró alrededor con los brazos cruzados.

—Esto es un zoológico de decisiones cuestionables.

—Es un refugio —corrigió Lyzi—. Para criaturas que otros juzgan demasiado pronto.

Sobre una hoja descansaba una polilla enorme, peluda, con alas mordidas y manchas que parecían ojos tristes. En una piedra, un escarabajo negro y abollado se movía con lentitud solemne. Bajo una campana de vidrio, una araña de patas largas tejía una telaraña tan elaborada que parecía hecha con paciencia, hambre y resentimiento.

Rubí señaló la araña.

—Esa está haciendo una trampa.

Lyzi siguió su dedo.

—Está haciendo arte textil.

—Está haciendo una trampa textil.

—El arte también puede sostener necesidades.

Yuki se agachó frente al escarabajo. No lo tocó, pero inclinó la cabeza con interés técnico.

—Ese caparazón tiene varias cicatrices. Algunas son antiguas.

Lyzi sonrió con suavidad.

—¿Ves? No es feo. Es memoria de supervivencia.

Rubí miró al escarabajo. El escarabajo chocó contra una piedrita, corrigió su camino con dignidad y siguió avanzando.

—Lyzi, algunos bichos son feos. No lo digo como insulto. Es descripción de campo.

La mística se volvió hacia ella. Tenía una ramita entre los dedos y una expresión más seria que antes.

—Lo feo a veces solo es una armadura que nadie aprendió a leer.

Rubí abrió la boca. La cerró. Luego apuntó hacia la araña sin mirarla del todo.

—Odio cuando dices algo bonito justo después de defender una criatura que claramente está diseñando un delito.

Lyzi dejó que una mosca grande, de alas brillantes, caminara por la ramita. La levantó con cuidado, como si estuviera mostrando una joya pequeña y nerviosa.

—Ellas también sienten. Buscan comida, huyen, se encuentran, viven poquito. Pero viven.

Yuki la miró de reojo.

—Lyzi, dime que no vas a hacer una defensa filosófica de las moscas.

—Voy a hacer una defensa breve.

—Eso no me tranquiliza.

Rubí se llevó una mano a la cara.

—Ya viene.

Lyzi alzó la ramita. La mosca caminó hasta la punta y se limpió las patas delanteras con una concentración ridículamente solemne.

—¿Ustedes cómo vivirían si solo supieran que les quedan dos semanas? Las moscas también tienen derecho a amar y ser amadas.

La brisa movió las flores negras. Rubí miró la mosca, luego a Lyzi, luego la mosca otra vez. En algún lugar del claro, una hoja se dobló bajo el peso de una gota.

—Okey —dijo al fin—. Que se amen.

Lyzi sonrió, victoriosa.

—Gracias.

Rubí levantó un dedo.

—Pero si se posa en mi empanada, se termina todo.

Yuki cerró los ojos, como si acabara de escuchar la primera propuesta sensata del día.

—Una frontera razonable.

Lyzi bajó la ramita, pensativa.

—Podríamos designar una zona de romance mosquil separada de la comida.

Rubí la señaló.

—Eso sí. Eso lo apoyo. Romance lejos de la empanada.

Noctalypse, desde la sombra de un árbol, observó a la mosca con gravedad.

—El amor, como la peste, requiere delimitación territorial.

Lyzi frunció el ceño.

—Noct, eso fue horrible.

—Fue preventivo.

—Fue horrible y preventivo —dijo Yuki—. Ambas categorías pueden coexistir.

Rubí miró hacia la casita justo cuando Rollito apareció en el umbral, apenas visible entre las sombras. Sus antenas se movieron hacia ella. Luego abrió un poco las mandíbulas.

Rubí retrocedió hasta quedar detrás de Yuki y señaló al ciempiés sin dignarse a bajar la voz.

—Ni lo pienses. Muro.

Yuki levantó el hielo antes de contestar. La pared cristalina creció entre ambas y Rollito con una rapidez demasiado ensayada.

Lyzi suspiró con ternura.

—Está intentando despedirse.

Rubí asomó apenas la cabeza desde detrás del muro.

—Dile que le mando saludos desde una distancia emocional saludable.