Mini relato — Crónicas de Caelyndor

El eco de los Varthalion

Kaen Varthalion · Carolina~7 min de lectura

La taberna olía a una mezcla densa de sudor viejo y cerveza derramada. Entre el bullicio, una voz demasiado clara y entusiasta cortó el aire:

—¿Qué pasa cuando un cazador de recompensas entra a un bar y dice: «Mataré a un Varthalion»?

Un silencio repentino, pesado como una losa, cayó sobre las mesas. Después, una carcajada colectiva estalló, pero no era una risa alegre; era el sonido de la burla hacia un condenado. El cazador, un joven de piel impecable y ojos que aún no habían visto suficiente sangre, se ajustó la capa de seda.

—Si el plan es... —intentó continuar el joven, pero una mano enorme, cruzada por cicatrices blanquecinas y con los nudillos curtidos por mil peleas, se cerró sobre el borde de la mesa.

—Sí, sí, todos te escuchamos, muchacho... ¿pero qué? —interrumpió un hombre que parecía tallado en roca vieja.

El desconocido exhaló una nube de humo grisáceo de un puro tan grueso como su mostacho. Su barba, descuidada y salpicada de canas, retenía motas de hollín y el rastro de licores baratos. Olía a una fatiga que ninguna noche de sueño podría curar.

—Eso: buscaré un Varthalion y lo cazaré —insistió el joven, aunque su voz flaqueó un octavo de tono.

—Uff... en serio no puedo creer que alguien nacido en Cindralith sea tan estúpido —masculló el veterano, sacudiendo la cabeza. Una cicatriz en su mejilla se tensó con el gesto.

—¡Soy un cazador de tres estrellas en mi gremio! —El joven señaló su insignia dorada, que brillaba demasiado bajo las velas mugrientas.

—¡Cállate! —gruñó el hombre, y el peso de su voz hizo que los frascos de la estantería tintinearan—. Solo arruinas la reputación de los hombres de verdad con tales tonterías.

El joven retrocedió un paso, perdiendo la compostura. Su mano, que antes reposaba con arrogancia en el pomo de una espada que parecía no haber salido nunca de su funda, empezó a temblar.

—¿Pero qué pasa con ellos? —preguntó en un susurro.

El desconocido se inclinó hacia delante. El calor de su cuerpo, cargado de un rastro de pólvora quemada y amargura, invadió el espacio del joven.

—Te daré un plan gratuito —dijo, su voz volviéndose un murmullo cavernoso—. Busca dinamita. Mucha. Lánzala contra los muros de su mansión, monta el caballo más rápido que encuentres y reza a cualquier dios que escuche para que no te hayan visto. Luego, con el dinero de la recompensa, cómprate una isla y vive bajo tierra. Si tienes suerte... quizá mueras de viejo antes de que te encuentren.

El rostro del cazador se drenó de color. Su inocencia empezaba a resquebrajarse.

—No... —murmuró—. Ya no quiero.

—Paga una ronda —sentenció el gigante, dándole un golpecito al puro sobre la mesa—. Te acabo de salvar la vida.

El joven, con dedos torpes, deslizó una jarra rebosante hacia el hombre. Este le dio un trago largo, cerrando los ojos como si el alcohol fuera la única medicina para sus recuerdos.

—¿No te enseñaron historia en esa academia de tres estrellas? —preguntó tras un sonoro suspiro—. Deja que te hable del último ejército que se atrevió a hablarle feo a un Varthalion.

El desconocido se acomodó en el taburete, que crujió bajo su peso.

»El rey Malik Azam, apodado "El Grande", entendió tarde que los Varthalion no podían ser sometidos. Usaban sus tierras, pagaban impuestos sin rechistar, pero nunca hincaban la rodilla. Esa falta de adoración era como una astilla bajo la uña del rey; de esas que se infectan si no las sacas. Día tras día, Malik mandaba una bestia muerta a las puertas de la mansión Varthalion. Quería infestarlos con el olor de la putrefacción. Pero ellos... ellos parecían nutrirse de ese hedor. Así que un día, un Varthalion le envió una respuesta: una caja de Oud de la más alta calidad. La nota decía: "Veo que su Majestad sufre de plagas, aquí tiene algo para su delicada nariz".

El veterano se detuvo. El único sonido en la taberna era el chisporroteo del tabaco quemándose en su puro. Exhaló una bocanada lenta, mirando un punto invisible en el aire.

»El rey, enfurecido, mandó quemar la casa. Pero las llamas bailaron alrededor de la madera sin carbonizar ni una astilla. Semanas después, mientras Malik caminaba por su castillo, un balde de agua helada le cayó encima desde un balcón interno. Un Varthalion estaba allí arriba, mirándolo con ojos vacíos. "Tome, para que no se le escapen las llamas de casa", le dijo.

»Esa misma tarde, con la capa ceremonial aún empapada, Malik mandó a cien soldados de élite contra una sola casa. Pero al llegar, no hubo resistencia. Los Varthalion habían dispuesto una mesa kilométrica en el patio: carne asada, frutos dulces, vino de reserva. Invitaron al ejército a cenar. Los soldados, confundidos pero hambrientos, llenaron sus panzas y regresaron al castillo jurando que los Varthalion eran, en realidad, gente hospitalaria.

El hombre tomó aire, una inspiración profunda que pareció ensanchar sus hombros.

—¿Y qué pasó con el rey? —preguntó el joven en un hilo de voz.

—Los cien hombres cayeron muertos antes de medianoche. Sus cuerpos empezaron a pudrirse a una velocidad antinatural. El hedor a muerte abrazó el castillo de Malik de tal forma que no se podía respirar. Desesperado, el rey corrió a encender el incienso de Oud que le habían regalado para ocultar la pestilencia y...

—¡¿Y qué?! —exclamó el joven, dando un respingo.

—El castillo explotó. No quedó ni una piedra sobre otra.

El hombre de la barba curtida dejó unas monedas de cobre sobre la madera pegada. Se puso en pie, revelando una estatura imponente que parecía llenar toda la estancia. Miró al cazador, que temblaba tanto que el licor de su jarra creaba pequeñas ondas.

—Así que ya sabes, muchacho... si alguna vez un Varthalion te invita a cenar o te regala incienso... corre. Corre hasta que tus pies sangren y reza para que todavía no te hayan considerado "una plaga".

El desconocido se perdió entre las sombras de la salida, dejando tras de sí solo el olor a ceniza y una lección que el joven no olvidaría jamás.

El Encuentro

El mercado de Cindralith era un caos de gritos, moscas y olor a fruta madura, hasta que ellos aparecieron.

Kaen Varthalion y su prima, Carolina, avanzaban hacia la antigua finca familiar con una parsimonia que parecía detener las manecillas del reloj. No vestían armaduras ni portaban armas a la vista, pero la multitud se abría paso antes de que ellos siquiera lo pidieran. Kaen caminaba con una rectitud monacal, mientras que Carolina, envuelta en telas de un negro tan profundo que absorbía la luz del sol, mantenía la mirada perdida en un punto más allá del horizonte.

El joven cazador estaba allí, de pie junto a un puesto de especias. Al verlos, el aire se le atascó en los pulmones. Recordó la advertencia del viejo en la taberna, pero su crianza —esa maldita cortesía de tres estrellas— fue más fuerte que su instinto.

Cuando los Varthalion pasaron a su lado, el joven hizo una reverencia impecable, una que le habría ganado aplausos en cualquier corte.

—Honor a su linaje, señores de Varthalion —alcanzó a decir con voz trémula.

Kaen ni siquiera pestañeó; para él, el cazador era parte del paisaje, como un poste o una piedra. Pero Carolina, que no se había dignado a mirar a nadie en toda la mañana, detuvo su paso. Giró el cuello con una lentitud mecánica y clavó sus ojos en el muchacho. No había odio en su mirada, solo una curiosidad fría y distante.

El joven sostuvo el aliento. Carolina levantó una sola ceja, un gesto mínimo que pareció pesar más que una sentencia de muerte. Luego, sin decir una palabra, retomó su camino, dejando tras de sí un rastro de frío que erizó el vello de los brazos del cazador.

Aquella noche, en la seguridad de su habitación, el joven fue a lavarse la cara. Al levantar la vista hacia el espejo, dejó caer la jofaina de cerámica, que se hizo añicos contra el suelo.

No había sido el miedo lo que lo rompió. Había sido la cercanía.

En el reflejo, su cabellera, antes negra como el azabache, era ahora una masa blanca y marchita. El color no se había ido por la edad; simplemente, el pigmento parecía haber huido de su cuerpo, escapando de su piel antes de que la muerte —o algo peor— regresara por el resto de él.