Mini relato — Crónicas de Caelyndor

Dragon's Kitchen de Maghnarok

Fulgor · Rubí~18 min de lectura

El cráter ardía como un teatro. Las paredes de obsidiana vibraban, y pronto se encendieron los espejos de magma, burbujeando hasta reflejar no solo el interior del taller, sino replicar la escena en cada volcán y guarida dracónica del continente.

Fulgor, en su forma humana impecable, ajustó sus lentes con gravedad y se dirigió al “público”:

—Damas, caballeros y dragones de todas las eras… bienvenidos a Dragon’s Kitchen de Maghnarok. Hoy, una mortal osará cocinar en la fragua viva.

Rubí se giró, con los ojos muy abiertos.

—¿CÓMO QUE EN VIVO? ¡¿Y TÚ ME AVISAS AHORA?!

Los espejos respondieron mostrando rostros dracónicos en distintos rincones del mundo: colosos escamosos, alas plegadas, cuellos enormes inclinados con curiosidad. Algunos incluso traían copas de vino o bandejas de gemas como si de verdad estuvieran frente a la televisión.

Entre ellos, la imagen de Selyra apareció nítida, reclinada con aire travieso.

—Ohhh, Fulgor, ¡esto es mucho mejor que tus sermones sobre el aura!

Rubí se tapó la cara con ambas manos.

—¡No, no, no! ¡¿Por qué esta maldita lagartija glorificada convierte mi vida en un reality?!

Fulgor, imperturbable, golpeó el yunque como campana de inicio.

—¡Flor Carmesí, el tiempo empieza ahora!

Los dragones observaban desde los espejos, algunos riendo, otros murmurando. Uno de los más viejos tronó su voz como si fuera un comentarista deportivo:

—¡Vamos a ver si esta humana sabe encender algo más que su temperamento!

Rubí bufó, levantó la espada como cuchillo y señaló al espejo de magma donde Selyra la observaba.

—¡Deja de mirar, chismosa celestial! ¡ Voy a servir un jabalí que te cale el viento en los huesos! ¡Abran bien esos ojos reptilescos, que hoy se come respeto!

El público dracónico rugió de risa.

Fulgor, mientras tanto, narraba como un presentador solemne:

—Con ustedes, la prueba definitiva. Si esta guerrera sobrevive a su propia receta, quizá… merezca el título de campeona de Maghnarok.

Los espejos vibraron, mostrando cientos de ojos de dragón expectantes, como un estadio sin fin. Y Rubí, sudando, con un cuchillo improvisado en mano, supo que no solo estaba cocinando para cenar… estaba cocinando para la eternidad.

Rubí casi se cae de espaldas.

—¡¡¡QUE ESTO ESTÁ EN VIVO, DIJISTE!!! ¡¡¡MALDITA LAGARTIJA GLORIFICADA!!!

Un rugido colectivo resonó en los espejos. Dragones de todas partes reían, murmuraban y comentaban como si estuvieran viendo el mayor espectáculo del milenio.

De pronto, uno de los espejos se cubrió de escarcha. El calor del cráter tembló ante esa intrusión.

Glasyra apareció en la transmisión, con sus ojos gélidos brillando como glaciares infinitos. Su voz ominosa atravesó todas las cavernas:

—Así que… una humana… cocina bajo la mirada de los dragones.

El silencio se congeló un segundo. Incluso Rubí tragó saliva.

—Eh… ¿hola? —atinó a decir, con una risita nerviosa.

Glasyra inclinó la cabeza, y aunque no sonrió, dejó escapar una sentencia helada:

—Más te vale que tu fuego sea digno. Porque si tu carne está seca… yo misma te congelaré las manos.

Rubí gritó:

—¡¡¡NOOO, LAS MANOS NO, NO PUEDO COCINAR CON PATADAS!!! ¡Tranquila, reina del invierno! Prometo un jabalí tan jugoso que hasta el hielo se derrita.

Las risas rugieron en coro.

Pero antes de que pudiera retomar la compostura, un espejo parpadeó extraño. La señal se cruzó con runas desordenadas y, de pronto, apareció un viejo bibliotecario en bata, con plumas y pergaminos en las manos.

—…¿Hola? ¿Quién llama? ¡Malditos estafadores de cristales de larga distancia, otra vez con sus fraudes! —refunfuñó Valthor, mirando de cerca el espejo. Luego entrecerró los ojos.

—¿Rubí? ¿Eres tú?

Rubí, con un cuchillo en la mano y harina en la cara, se quedó helada.

—Eh… sí, hola, Valthor… saludos para Yuki y Kaelión.

Valthor se acomodó los lentes.

—…¿Qué demonios haces en un programa de cocina?

El público dracónico estalló en carcajadas tan fuertes que hasta el magma salpicó.

En otro rincón del mundo, en el corazón del Bosque de Sylvalis, un cuenco de madera tallado en un tronco comenzó a brillar con agua del Lago Estrellado. Lyzi, rodeada de luciérnagas y con sus colas flotando como abanicos, observaba la transmisión en directo.

—Oh, Rubí… —sonrió con ternura y diversión—. Siempre encuentras formas nuevas de encender el mundo.

Fulgor, como si nada, dio un martillazo solemne sobre el yunque.

—¡El tiempo empieza ahora!

Rubí, desesperada, alzó la espada como cuchillo.

—¡YA BASTA DE VISIÓN A DISTANCIA MÁGICA! ¡ESTO ES HUMILLANTE!

Glasyra, desde su espejo, musitó en un susurro helado que hizo crujir las piedras:

—Cocina bien… o congélate.

Selyra, desde otro espejo, rio a carcajadas, agitando el viento como aplausos.

—¡Ohhh, esto es glorioso! ¡Vamos, Flor Carmesí, muéstranos tu fuego!

Rubí, roja de furia y vergüenza, golpeó la mesa de piedra.

—¡¡¡VOY A COCINAR EL MEJOR MALDITO JABALÍ DE ESTA ERA Y TODOS SE VAN A ATRAGANTAR CON ÉL!!!

El coro de dragones rugió como una ovación. Lyzi, desde su cuenco, sonrió. Valthor, confundido, murmuraba al fondo:

—…¿Pero alguien me explica qué demonios es Dragon’s Kitchen?

La transmisión seguía expandiéndose como un incendio. Los espejos de magma se replicaban solos, llevándola no solo a cavernas dracónicas, bibliotecas heladas o bosques estrellados… sino incluso a las casas de mortales curiosos.

En una aldea modesta, sobre una mesa con mantel bordado, un espejo improvisado en un cuenco de cobre comenzó a vibrar. Una niña de unos ocho años, con un vestido demasiado elegante para la ocasión y una coronita torcida en la cabeza, se inclinó frente a la imagen.

—¡Uuuuh! —exclamó, con voz cantarina y segura de sí misma—. ¡Si yo nunca me pierdo este programa!

Rubí, desde Maghnarok, parpadeó confundida.

—…¿Eh? ¿Una niña está viendo esto?

La pequeña se acomodó la coronita, infló el pecho y saludó con la mano como toda una reina.

—¡Ah, ¿estoy en vivo?! ¡Saludos a mi mami, a mi papi… y a Yuki, mi hermana mayor no hermana!

Los dragones en los espejos se quedaron en silencio un segundo, hasta que Selyra soltó una carcajada tan fuerte que hizo vibrar el viento. Lyzi, desde Sylvalis, se tapó la boca para disimular la risa. Yuki, en alguna parte del norte, estornudó sin saber por qué.

Rubí se llevó ambas manos a la cabeza.

—¡¡¡NO, NO, NO, YA ESTO ES UN CIRCO!!!

Fulgor, completamente imperturbable, como si nada lo alterara, carraspeó con solemnidad.

—Señorita Nayara, su entusiasmo es bienvenido… pero recuerde que este es un concurso serio de gastronomía ancestral.

La niña levantó un dedo con autoridad regia.

—¡Pues si es serio, no se olviden de ponerle sal al final, que si no queda desabrido!

El público dracónico rugió de risa. Rubí casi se desplomó de pura indignación.

—¡¡¡YA BASTAAAAA!!! —gritó, golpeando la mesa de piedra—. ¡Voy a cocinar el jabalí más espectacular de la historia y nadie me va a interrumpir!

Los espejos vibraron, y miles de voces dracónicas respondieron como si fuera un estadio coreando:

—¡QUE COCINE, QUE COCINE, QUE COCINE!

Fulgor levantó una garra como si invocara a toda la montaña. Su voz se amplificó en cada espejo de magma, resonando como un martillo golpeando el yunque del destino.

—¡Atención, público del Dragon’s Kitchen de Maghnarok! —tronó, solemne y teatral—. Ha llegado la tercera prueba de nuestra campeona. La pregunta no es si puede blandir su espada… sino si podrá blandir la cuchara.

Rubí se atragantó.—¡¿QUÉ?! ¡Yo vine a entrenar, no a cocinar en vivo!

El dragón no le hizo caso, prosiguió como si narrara una epopeya ancestral:—Señores espectadores, dragones, sabios y reinas-niñas conectadas desde sus hogares… hoy Rubí, la Flor Carmesí, enfrentará el verdadero reto: manejar la presión. ¿Podrá soportar el juicio de miles de ojos dracónicos… o se reventará como un dique de magma contenido por siglos?

El eco se repitió en cada transmisión: ¿Podrá? ¿Podrá? ¿Podrá?

Fulgor extendió las alas y las llamas del cráter se encendieron como si fueran reflectores.—¡Es hora de votar! El público decidirá qué debe preparar Rubí. ¡Marquen en sus espejos mágicos ahora mismo!

Las opciones aparecieron grabadas en el aire, brillando como runas ardientes:

Jabalí Asado con Hierbas de Umbrenya.

Jabalí Curado en Miel de Abejas Sylvalianas.

Postre de Jabalí Caramelizado.

Rubí dio un salto hacia adelante, agitando los brazos.—¡¡¡¿POSTRE DE JABALÍ?!!! ¡¿QUIÉN DEMONIOS COME ESO?!

La voz de Selyra resonó desde su espejo de viento, entre risas traviesas:—Yo voto por el postre, suena exótico.

Valthor apareció de nuevo, confundido en su biblioteca de Glaciem, sujetando su espejo helado.—¿Hola? ¿Me escuchan? ¡Malditos estafadores mágicos otra vez! …¿Ah? ¡Rubí! ¡JAJAJA, QUÉ RIDÍCULO! Yo voto por el curado, para que aprenda de fermentación.

Lyzi, desde su cuenco estrellado, sonrió con dulzura.—Yo también voto… pero no por el plato, sino por ti, Rubí. Confía en tu fuego, y hasta un postre de jabalí puede volverse poesía.

En la aldea, la pequeña Nayara levantó su manito regia frente al espejo.—¡Postre, postre, postre! ¡Y no se olviden de decorarlo con flores, que queda lindo en las fotos!

Rubí apretó los puños, las venas marcadas en la sien.—¡¡¡N’AAAAAAAAAAAAAH, ENCIMA NO PUEDO COCINAR LO QUE YO QUIERA!!!

El público dracónico rugió de risa, y Fulgor, imperturbable, anunció con solemnidad teatral:—El destino ha hablado. Rubí deberá cocinar lo que el público decida. ¡Que empiece la prueba de fuego!

El silencio fue total en todos los espejos mágicos, desde las cuevas dracónicas hasta los cuencos de agua en Sylvalis. Fulgor bajó la cabeza con solemnidad, sus ojos dorados brillando como hornos antiguos.

—Mmmm… —ronroneó como un volcán pensativo—. Las votaciones están parejas. No hay unánime.

Las llamas del cráter se arremolinaron como si aguardaran el fallo de un juez supremo. Fulgor extendió una garra hacia el espejo de la pequeña aldea y, con una reverencia exagerada, declaró:

—En ese caso… pediremos a la fanática más fiel de nuestro programa que decida. Señorita Nayara, ¿tendría la bondad de dictar sentencia?

La niña de ocho años se acomodó la coronita torcida, infló el pecho y, con la voz de una emperatriz diminuta, proclamó:

—¡Sentencio… que haga MERMELADA DE JABALÍ!

Hubo un instante universal de confusión. Los dragones se miraron entre sí desde sus espejos. Selyra estalló en una carcajada que levantó ventiscas a kilómetros de distancia. Glasyra, con su tono glacial y ominoso, murmuró:

—Eso no… existe.

Rubí dio un manotazo a la mesa.

—¡¡¿¡QUÉEEE!??!! ¡Encima me hacen cocinar bichos raros y ahora quieren que invente recetas imposibles!

De repente, Valthor apareció en su espejo helado, todavía con un libro abierto en las manos.

—…Hola, ¿quién llama? ¿Malditos estafadores otra vez? …¿Eh? ¡Oh, Rubí! JAJAJAJAJA. ¡Mermelada de jabalí, por todos los dioses, esta sí que no me la esperaba!

Lyzi, en su cuenco de agua estrellada, sonrió con dulzura.

—A veces los niños ven con claridad lo que los adultos no. Quizás sea la receta que nadie pidió… pero todos necesitaban.

Rubí se tiraba del cabello, al borde del colapso.

—¡¡¡¿PERO QUIÉN DIABLOS UNTARÍA PAN CON JABALÍ?!!!

Fulgor, imperturbable, carraspeó con solemnidad.

—Joven Nayara… usted nunca decepciona. Mermelada de jabalí será, entonces.

El eco resonó como un decreto imperial. Y antes de que Rubí pudiera seguir protestando, el dragón explicó con calma aterradora, como un profesor de cocina legendario:

—Aunque no sería una mermelada en el sentido tradicional de fruta y azúcar… el concepto existe. Se le llama confitura salada. Una delicia gourmet. Carne cocida a fuego lento, suspendida en un glaseado espeso y dulce, con notas ácidas y ahumadas. Una alquimia de sabores.

Rubí lo interrumpió, roja de indignación:

—¡¿ALQUIMIA DE SABORES?! ¡ESTO ES UN SABOTAJE, MALDITA LAGARTIJA ESTRELLADA!

Los dragones rugieron de risa. Nayara agitó su manito real frente al espejo y ordenó con todo su porte:

—¡Silencio todos! ¡Dejen que la campeona cocine!

Y, por primera vez en la historia, una niña de ocho años calló a media docena de dragones ancestrales… y hasta Glasyra inclinó la cabeza, como si respetara el mandato.

Fue entonces cuando los ojos helados de Glasyra centellearon desde su espejo gélido. La soberana del hielo inclinó apenas la cabeza, y su voz ominosa se deslizó como escarcha por el aire:

—¿Quién es esta… mocosa con aires de reina?

El ambiente se tensó como un cristal a punto de quebrarse. Fulgor, en cambio, no perdió la calma. Ajustó su moño dorado, carraspeó con etiqueta solemne y respondió con la gravedad de un heraldo ancestral:

—Ella es el corazón de Glaciem. Se llama Nayara, como la ex Reina Escarchada. Bisnieta de Ylliria de las Mil Lágrimas… tu ex campeona ártica.

Los espejos vibraron. Los dragones que conocían la historia ancestral del hielo se removieron inquietos. Y entonces, los ojos de Glasyra brillaron con un resplandor azulado, profundo como un glaciar que se quiebra bajo la luna.

—Nayara… —murmuró, y por primera vez en siglos, la gélida deidad dejó asomar un matiz distinto en su tono—. Me cae bien esta pequeña reina.

El silencio se rompió en un rugido de aprobación. Nayara, ajena al peso histórico de su linaje, agitó su coronita torcida con total desparpajo.—¡Pues claro que sí! Ahora, ¡que siga cocinando!

Rubí respiró hondo, se ató el cabello en una coleta improvisada y plantó las manos en la mesa de piedra volcánica.

—¡Muy bien! ¡Lo haré! ¡Aunque tenga que prender fuego a medio continente, yo voy a hacer esa maldita mermelada de jabalí!

El público dracónico rugió en ovación.

Fulgor, en su forma compacta, caminó de un lado al otro del taller como un juez Michelin. De repente, un mandil de obsidiana apareció sobre su torso (nadie supo de dónde lo sacó). Tomó un cucharón como si fuera un cetro y rugió con voz que hizo temblar la montaña:

—¡¡¡ESCUCHA, RUBÍ!!! Hoy no hablo como Fulgor, Dragón de Maghnarok… ¡hoy invoco el estilo del único humano que gritaba más fuerte que un volcán! ¡El Chef de las Mil Maldiciones: Jordon Romsay!

Rubí se quedó helada.

—Fulgor… ¿qué demonios te pasa?

—Desde ahora… ¡me dirás sí chef!

—¡¡¡SÍ, CHEF!!!

Los espejos de magma se encendieron en murmullos sorprendidos.

—“¡Romsay!” —exclamó un dragón anciano desde su caverna—. “Dicen que su estofado podía hacer llorar a un basilisco…”

Fulgor golpeó la mesa con el cucharón, escupiendo fuego como si fueran insultos culinarios.

—¡¡¡ESTO NO ES UNA SOPA, NO ES UN GUISO BARATO, ES UNA MERMELADA!!! Y SI LO HACES MAL, VOY A SUBASTAR TU ARMADURA ENTRE GNOMOS. ¿ME EXPLICO?

—¡¡¡SÍ, CHEF!!! —respondió Rubí, firme como cadete en instrucción.

—¡BIEN! —el dragón giró la garra con solemnidad—. PRIMER PASO: el jabalí. ¿Dónde está?

Rubí señaló al pobre animal ya abatido.

—Aquí.

—¡NO LO VEAS COMO CARNE! ¡ES TU OBRA MAESTRA! Ásalo primero, dora cada lado. ¡Si no huele a gloria ahumada, estás despedida de mi montaña!

Rubí gruñó y comenzó a dorar la carne con llamaradas controladas de su boca.

—¡Perfecto! Ahora corta en cubos y pásalo a la olla. ¡RÁPIDO, QUE NO TENEMOS TODA LA ERA!

El público en los espejos rugía entre carcajadas y vítores. Nayara agitaba su coronita desde su mesa:

—¡Eso Rubí, tú puedes!

—SEGUNDO PASO: ¡las cebollas! —bramó Fulgor, lanzándole un saco enorme.

Rubí lo atrapó y empezó a picarlas, pero mal, con cortes torpes y desparejos.

—¡¡¡¿QUÉ ES ESTO?!!! —rugió Fulgor— ¡Parecen piedras talladas por un ogro con los ojos vendados! ¡Corta fino o me vas a arruinar la textura!

—¡Pues ven tú y pícame las cebollas, lagartija chef! —gritó Rubí, con lágrimas en los ojos (de cebolla y de rabia).

Los dragones espectadores se carcajearon, y hasta Glasyra soltó un suspiro helado que parecía un “hmph” divertido.

—TERCER PASO: el líquido. Vino tinto, miel, café fuerte. ¡Sí, café! —explicó Fulgor, con esa furia pedagógica—. Eso va a darle profundidad. ¿Sabes qué significa profundidad?

—¡Claro que sé, no soy una analfabestia! —replicó Rubí, echando todo de golpe.

—¡¡¡NO TODO DE GOLPE, MALDITA FLOR DE HIERRO, SE AGREGA POCO A POCO PARA QUE SE FUNDA!!!

El eco de la carcajada de Selyra atravesó los espejos de viento.

—Esto es mejor que cualquier festival…

Rubí gruñó, removiendo con toda su fuerza.

—¡ESTOY HACIENDO LO MEJOR QUE PUEDO!

—¡LO MEJOR NO ES SUFICIENTE CUANDO SE QUIERE SER LEYENDA! —bramó Fulgor, con fuego saliendo de sus fosas nasales como efecto dramático.

Los dragones guardaron silencio un instante, intimidados. Solo Nayara rompió la tensión, levantando su manito real:

—¡A mí me gusta cómo lo hace!

Fulgor se giró hacia el espejo, chispas aún cayendo de su hocico.

—Señorita Nayara… usted es la única razón por la que no quemo esta cocina ahora mismo.

Rubí, roja de sudor y rabia, se mordió el labio, y entonces el aroma empezó a cambiar. La carne, la miel, el vino, la cebolla caramelizada… todo se volvió un perfume denso, adictivo, un río de fuego convertido en almíbar.

El dragón bajó la voz. Ya no era un Romsay furioso, sino un maestro orgulloso.

—Eso es… Rubí. Eso es lo que quería ver. Tu furia… canalizada en sabor.

El público en espejos vibró con aplausos. Lyzi, con sus colas agitándose, susurró desde su cuenco de estrellas:

—No solo cocina fuego… cocina amor.

Rubí levantó la cuchara llena de la mermelada espesa, pegajosa, roja como la lava, y por primera vez sonrió con orgullo.

—Pues… ¡que Noct la pruebe y me diga!

La cocina de magma estaba en silencio absoluto. El vapor rojizo formaba un halo sobre la olla, y Rubí, sudorosa, despeinada pero desafiante, extendió la cuchara rebosante de la mermelada carmesí. El público dracónico contenía el aliento.

Fulgor la tomó con solemnidad, la probó lentamente, cerrando los ojos como un crítico implacable. El eco de sus pasos retumbó mientras se paseaba por la cocina. Finalmente, abrió los ojos, brillando como hornos encendidos.

—Mmmm… —gruñó, saboreando—. Es deliciosa. Intensa. Con capas de sabor. La carne se deshace como seda ígnea. La miel equilibra el amargor del café. El vino aporta carácter. Es… brillante.

Rubí apretó los puños, lista para gritar de triunfo, hasta que Fulgor levantó un dedo.

—PERO…

El eco de ese pero resonó en todos los espejos, y hasta Glasyra arqueó una ceja helada. Rubí se inclinó hacia adelante con ojos desorbitados.

—¿¡PERO QUÉ!?

Fulgor ladeó la cabeza, con esa calma asesina de Romsay:

—Le falta… algo. Una chispa. Un contraste. Un juicio final.

Chasqueó las garras y un portal de fuego se abrió en medio de la cocina. De él emergió Noctalypse, confundido, con el manto aún lleno de polvo de Sylvalis.

—…¿Qué demonios…?

Rubí se puso roja hasta las orejas.

—¡¿QUÉ HACES AQUÍ, MALDITO ESPECTRO SEXY?!

El público dracónico rugió de risa. Valthor en Glaciem escupió el té sobre un grimorio. Nayara en su aldea gritó:

—¡¡¡Yayyy, tío Noct está en la tele mágicaaa!!!

Fulgor extendió la cuchara hacia él con la solemnidad de un sumo sacerdote.

—Discernidor de Sombras, Invitado de Honor. Pruebe la creación de la Flor Carmesí. Solo su juicio puede cerrar esta prueba.

Noctalypse miró alrededor, incrédulo. Miles de dragones observándolo desde espejos ardientes. Rubí temblando entre orgullo y pánico. Lyzi desde su cuenco susurrando una bendición estelar. Yuki en algún lugar helado frunciendo el ceño sin saber por qué.

Con un suspiro resignado, tomó la cuchara.

—…Supongo que si voy a ser arrastrado a este circo, al menos probaré algo.

Se llevó la mermelada a los labios. El silencio fue total. Hasta las brasas parecieron apagarse.

Noctalypse cerró los ojos. Un segundo. Dos. Tres. Cuando los abrió, en ellos ardía una chispa violeta.

—…Rubí.

Ella contuvo la respiración.

Él sonrió apenas, esa sonrisa contenida que siempre la volvía loca.

—Es… perfecta. Como tú.

Rubí gritó tan fuerte que el Maghnarok tembló hasta sus cimientos.

—¡¡¡¡AAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAH!!!!

Los espejos explotaron en vítores. Selyra soltó un viento festivo. Glasyra exhaló un hielo brillante que parecía aplauso. Nayara agitaba su coronita como si acabara de coronar a una reina.

Fulgor, con todo el porte de un Romsay dracónico, asintió satisfecho.

—Prueba superada.

Rubí todavía estaba roja como un volcán en erupción. Se agarraba la cabeza con ambas manos, caminando en círculos frente a la olla vacía, mientras el eco de los aplausos mágicos aún vibraba en el aire.

—¡¡¡NO, NO, NO!!! —bramó, con lágrimas de rabia y risa en los ojos—. ¡Juro que jamás, JAMÁS volveré a cocinar esas malditas recetas ridículas! ¡Soy guerrera, no chef! ¡Quiero entrenar, no andar untando pan con jabalí!

El público en los espejos se carcajeó. Selyra casi se caía de la risa, Glasyra sonrió de manera ominosa, y hasta Valthor, desde Glaciem, anotó algo en su grimorio murmurando:

—Receta interesante… mermelada de jabalí. Debo experimentar.

Rubí lo oyó y gritó:

—¡¡¡NI SE TE OCURRA, VIEJO LADRÓN DE RECETAS!!!

Fulgor, completamente imperturbable, ya estaba de pie en medio del set improvisado, desplegando sus alas como un presentador consagrado.

—Muy bien, público dracónico. La Flor Carmesí ha superado con éxito la prueba de la presión. Pero esto… apenas comienza.

Rubí se giró, pálida.

—…¿Cómo que “apenas comienza”?

Las runas sobre los espejos se iluminaron de nuevo, desplegando el nuevo menú votable en letras de fuego:

Soufflé de Salamandra Glacial.

Pizza de Lava con Queso de Dragón.

Helado de Pimiento Carmesí.

Rubí chilló con desesperación, llevándose ambas manos al rostro:

—¡¡¡NOOOOOO, NO MÁS, MALDITOS LAGARTOS GLORIFICADOS, YO NO FIR…!!!

El rugido de las votaciones ahogó su voz. Miles de dragones gritaban al unísono:

—¡QUE COCINE, QUE COCINE, QUE COCINE!

Nayara, con su coronita torcida y su manito regia levantada, sonrió a la cámara como toda una emperatriz de ocho años.

—Pues yo voto helado. Con toppings de estrellitas mágicas.

Rubí se desplomó de rodillas, golpeando el suelo con los puños.

—…No… esto no puede estar pasando.

Fulgor le dio una palmadita paternal en el hombro, con toda la solemnidad del mundo.

—Señorita Rubí… bienvenida oficialmente a Dragon’s Kitchen de Maghnarok.

El volcán entero rugió de carcajadas.

El Amanecer Tras el Espectáculo.

El Maghnarok despertaba entre brumas rojizas. El eco de las carcajadas y los vítores de la noche anterior se había apagado, dejando en el aire solo el murmullo grave de la montaña. Rubí bostezaba aún con las mejillas encendidas de vergüenza, recordando la transmisión ante medio mundo.

—…Mermelada de jabalí —masculló, cubriéndose la cara con las manos—. ¡Nunca más!

Fulgor, en cambio, se mantenía sereno, con la solemnidad de un anciano maestro. Caminó hasta el filo de la sima y observó cómo la lava se movía en remolinos lentos, como si fueran pensamientos líquidos.

—Señorita Rubí —dijo, sin mirarla aún—. No subestime lo que pasó ayer.

Ella levantó la vista, sorprendida.

—¿De qué hablas? ¡Fue un circo!

El dragón giró lentamente, su mirada dorada brillando como brasas sabias.

—La cocina es el idioma universal. No importa si eres hombre, bestia, dragón o espíritu. Todos debemos comer. Todos entendemos el gesto de compartir un alimento.

Rubí parpadeó, confundida pero atenta.

—La mejor manera de ganarte a un aliado, incluso a un enemigo, es darle comida —continuó Fulgor, con voz solemne—. Lo que ayer parecía solo una farsa fue, en realidad, la primera lección. Cocinar para otros es también una forma de forjar vínculos. Y un guerrero que no sabe unir… solo sabe destruir.

Rubí tragó saliva. Por primera vez desde que lo conocía, sintió que la carcajada del dragón se había extinguido, y en su lugar estaba hablando el sabio que había vivido milenios.

—Así que sí, señorita Rubí. Lo de anoche fue ridículo… pero también fue real.

Ella se cruzó de brazos, intentando ocultar que se le erizaba la piel.

—Tch… supongo que lo entiendo. Yuki diría que eso fue “estructura emocional compartida”… pero yo prefiero llamarlo… bueno, no sé… ¿fuego en común?

Fulgor sonrió, satisfecho.

—Fuego en común. Me gusta.

El silencio se prolongó unos segundos. La mañana ardía en el cráter. Y así, con esa reflexión, daba inicio la siguiente prueba.